Hace ya algunos años que se ha constatado en Occidente el advenimiento de una era en la que la sensibilidad —o, más bien, su exaltación— ha erigido un trono desde el cual procura gobernar nuestras palabras, gestos y pensamientos.
El infame fenómeno de los «ofendiditos» se ha tornado ya, me parece, insuficiente para capturar la magnitud del asunto.
Habría que hablar hoy de un nuevo colectivo: el PMPQ+, esto es, las Personas Muy, Pero Que Muy Altamente Sensibles.
Este grupo no solo ha ratificado el derecho a la ofensa ante cualquier discurso que no se adapte a sus estándares; exige, además, la normalización de sus muy, pero que muy altamente sensibles reacciones ante lo que consideran una afrenta imperdonable, que no suele ser más que una opinión fuera del marco de la alabanza automática.
El problema no radica tanto en su sensibilidad —al fin y al cabo, todos tenemos derecho a nuestras emociones—; ni siquiera en la expectativa de que el resto de la sociedad se pliegue constantemente a ella.
Lo novedoso, lo realmente inquietante, es la falta de sensatez que demuestra su imperiosa necesidad de compartir ideas, proyectos y opiniones ante el público, teniendo en cuenta que cualquier análisis, comentario, crítica u omisión constituye, visto a través de sus acomplejados vidrios, un ataque personal.
Únicamente la soberbia premisa de creerse progenitores de ideas, opiniones y proyectos definitivos salva la contradicción: al exhibir sus pensamientos como joyas para la admiración colectiva, ha de rechazarse con fervor cualquier cuestionamiento que no sea una celebración sin reservas.
En la exaltación de sus propias sensibilidades, este colectivo parece olvidar que el diálogo implica, por definición, la posibilidad de disentir. Hay incluso quien afirma que la disensión, para el diálogo, no es solo una posibilidad, sino a veces una necesidad: «Llévame la contraria, para que seamos dos».
Este orden discursivo del lobby PMPQ+ impone una tiranía sutil pero poderosa: la obligación de medir cada gesto, cada palabra y cada omisión para evitar rozar la sensibilidad de cada uno de los individuos que forman la tribu.
Obligación, digo, por esa terrible urgencia de que sus reflexiones sean atentamente escuchadas.
Así, lo que antes era terreno para un debate enriquecedor hoy se ve reducido a un ejercicio de prudencia extrema.
Es cierto que las sociedades evolucionan y adaptan sus normas, pero ¿hasta qué punto debemos sacrificar la espontaneidad, la ironía o incluso el desacuerdo legítimo para no contrariar a los PMPQ+?
Tal vez, en lugar de aceptar esta dictadura de las sensibilidades, debamos emplearnos en ensalzar el valor de la resiliencia para su redescubrimiento. Porque, en un mundo donde todo puede ofender, el verdadero acto de coraje podría ser aprender a no ofenderse.









