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Diálogo, el alma de la sinodalidad (y II)

Retomando nuestro razonamiento del viernes pasado, podríamos cuestionarnos: ¿No será que con la sinodalidad esa se pierde autonomía? Pero no es en absoluto así, porque lo que mueve el éxito de la sinodalidad es precisamente la consecución de un bien mayor para los agentes en interlocución, de manera que ambos acabarán encantados con su acatamiento libre y entusiasta, teniendo en cuenta que a veces ceder un tanto la autonomía no significa perderla, sino que incluso será posible desarrollarla más, como aquello de “ataduras que liberan” (hay un buen libro así titulado que habla de una nueva psicología tan vieja como entregar la vida por amor: Ataduras que liberan. C. Terry Warner. Ediciones Palabra. Madrid, 2016).

Pero de todas formas a menudo hay quien tiende a engañarse, y siempre está intentando escabullirse entre las pajas para seguir imponiéndose. Eso ya es otra cosa. De hecho, para que la sinodalidad conlleve éxito, debe comportar precisamente la superación de los egos, puesto que la proposición que trasciende a ambos es de todo menos egotista, pues se mire por donde se mire tiene un carácter eminentemente social y democrático. Así que la actitud previa que se necesita para que la sinodalidad surta un éxito será aquella por cuyo fin los agentes en conflicto pueden llegar incluso a aceptar la participación de un moderador, cuya independencia respecto a los agentes en contraposición deberán respetar todos escrupulosamente.

Hay más. Ya mencionamos en el artículo anterior la subsidiariedad. Lo haremos aún para poner de manifiesto que para que la sociedad planetaria a la cual tendemos en la actualidad sea capaz de encajar los cambios que se precisa para que una cultura dominante no arrase a las locales, será necesaria siempre la participación de todos, y siempre desde el nivel más bajo posible e ir subiendo, de manera que el corpus global “sea superior a la suma de las partes”, según expresión que gusta de usar el Papa Francisco. Eso comporta educación, que habrá de llevarse a cabo siempre con el debido respeto de todas ellas, y ser vista no como un entorpecimiento provocado por intereses partidistas, sino reconociéndolas como riqueza colectiva. Unidad en la pluralidad.

Y ¿cómo reconocemos el valor de cada una de las culturas por parte de cada uno de nosotros? Hemos llegado al concepto de verdad. Porque para que el diálogo, en última instancia, sea efectivo y hasta sincero, deberá siempre respetarse la Verdad por todas las partes implicadas. Es realmente difícil, sobre todo porque exige de nuestra parte la aceptación de un sistema de hacer las cosas que supera nuestra tendencia animal de imponer lo que consideramos necesidad nuestra para sobrevivir, tanto si es de manera consciente como si no. Porque, en efecto, muchas proposiciones contienen una parte de verdad que hay que asimilar para hacer el salto cualitativo a una proposición superior.

No nos engañemos. La asunción de la Verdad significa la aceptación de la realidad de las cosas tal como son, y el lugar que le corresponde a cada una en la existencia. La Naturaleza, de hecho, brilla por ser una armonización global de la suma de especialidades en una unidad intrínseca cuyo sabio equilibrio, si el ser humano acaba rompiendo como está a punto de hacer, no ofrecerá la solución a la que damos vueltas, y ya habremos llegado tarde para encontrar la proposición superior, porque habremos arrasado toda la Existencia.

Vemos, pues, tras nuestra disertación, que el diálogo es el garante de la Vida, y que por tanto el ser humano es el vértice de los eslabones de las cadenas que conforman la Naturaleza, como imagen y semejanza que es aquél del Creador, por una misteriosa voluntad misericordiosa de Éste. Amor. ¿Quién nos hablará, pues, del Creador y la Creación? La Iglesia es, en efecto, la mano puesta por Dios para administrar su Amor. Y no es sino por este motivo que la Iglesia se erige y se erigirá siempre como el moderador por excelencia dada su independencia, pues su Reino no es de este mundo (Cfr. Jn 18,36). Por eso el desarrollo de la sinodalidad de la Iglesia influirá por fuerza en la posible adopción de la sinodalidad por parte del mundo. ¡Escuchémosla antes de que sea tarde!

Diálogo, el alma de la sinodalidad (I)

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