Cuando hablamos del final del siglo XVIII, la Ilustración y el cambio de época que provocó, siempre se alude a la supremacía de la razón, a la adoración, consciente o inconsciente, a la diosa Razón. Todo debe estar sometido a la comprensión de nuestra razón, y lo que está fuera de ese ámbito es mera opinión, sin ningún peso real para la sociedad.
En nuestro siglo actual, esa supremacía se la otorgamos a otra diosa, la “diosa libertad”. Todo está justificado en nombre de la libertad, de la propia decisión libre. Ahora bien, ¿qué entendemos por “libertad”? Más aún, ¿qué entendemos por “mi libertad”?
En el sentir popular, libertad se identifica con hacer lo que uno quiere, lo que yo quiero, sin ninguna limitación externa o interna. Esa primera definición ya encuentra muchos peros. Aunque defienda mi libertad absoluta, experimento limitaciones externas que me “obligan”: la limitación de la ley de la gravedad, la limitación del duro muro que tengo delante y me impide el paso, la limitación temporal de mi realidad concreta…
Mi libertad está también “limitada”, siempre según este esquema, por la libertad de los demás. Soy libre, se dice, pero no puedo violentar la libertad de los demás. Difícil equilibrio, que la mayoría de las veces se inclina hacia uno y, por tanto, contra otro.
Se habla de tolerancia, pero en la práctica se entiende como una mezcla de indiferencia y asco ante lo que hagan los demás. ¿Realmente me da lo mismo lo que haga y decida el otro, mi padre, mi hijo, mi amigo, mi hermano? ¿O solo es un argumento para expresar, de modo elegante, mi profunda indiferencia y mi miedo ante el vínculo natural que siento hacia el otro?
¿Es esto la libertad, la ausencia de toda limitación? ¿Somos de verdad libres, o esta libertad, mejor dicho pseudolibertad, nos está tiranizando?
Estas reflexiones pueden parecer abstracciones de un pensador, pero en las últimas semanas nos hemos encontrado de bruces con dos noticias que nos deben hacer pensar, y que reflejan la deriva tiránica de esta pseudolibertad.
El caso de Noelia Castillo
Esta joven decidió optar por la eutanasia en la primavera misma de la vida. Han pasado varias semanas desde su ejecución (cada quien que interprete esta palabra según su propia conciencia) y se sigue reflexionando y analizando este caso como un paradigma de la realidad de la eutanasia, un intento de aclarar muchos puntos oscuros de este caso concreto, de nuestra ley de eutanasia, y de la realidad humana de este acto.
¿Su situación física era de enfermedad crónica, terminal? Han trascendido vídeos de que su incapacidad no era tan incapacitante, valga la redundancia, y tenía más libertad de movimiento de lo que parecía. Más aún, ella misma hablaba de que se podía duchar sola. Todos recordamos las imágenes del equipo médico ayudándola a caminar, poco a poco, pero mejor que muchos enfermos terminales.
Y el escollo principal: ¿su decisión fue libre, incluso libre según esta pobre definición de libertad? Estudiosos que viven y conviven con enfermos terminales saben que la decisión de “querer morir” fluctúa mucho en sus enfermos. En pocas semanas, incluso el mismo día, pueden haber expresado ese deseo y su contrario varias veces. ¿Cuál de esos deseos ha sido libre, y a cuál nos debemos ceñir, para justificar una actuación que no tiene vuelta atrás? ¿No son deseos condicionados fuertemente por la situación física y vital de ese momento? Ante la vulnerabilidad de estas personas, de su capacidad de decisión, debe prevalecer el bien, incluso el bien físico, de estas personas.
La tiranía de la libertad, aparte de otras situaciones sociales y personales de este caso, acabó con la vida de esta joven. Y este final no es indiferente para sus padres, para sus amigos, para sus conocidos, para el resto de la sociedad.
La manipulación ideológica y el supuesto derecho al aborto
Segundo botón de muestra: Ante el deseo de “blindar constitucionalmente” el aborto, el gobierno ha ideado una reforma encubierta de la Constitución: pretender reformar el número 45, centrado en el derecho a la salud, incluyendo allí el derecho al aborto.
El aborto, aunque es un acto relacionado con la salud (así lo venden), tiene una repercusión directa sobre la vida, la vida del nasciturus y la vida de la mujer. ¿Por qué entonces los expertos constitucionalistas que tiene el gobierno (se supone) lo quieren meter como un detalle del derecho a la salud? ¿Acaso no saben que nuestra constitución tiene un número dedicado expresamente al derecho a la vida, el número 15?
Lo saben, estoy convencido. Pero plantear la reforma del número 15 de la Constitución implica un debate mucho mayor, además de disolver las Cortes y convocar elecciones, y posiblemente convocar también un referéndum. La tiranía de la libertad, nuevamente esta diosa tiránica, lleva a estos expertos a privilegiar la decisión ideológica antes que la decisión correcta.
Es una crítica que muchos expertos han realizado a esta decisión, incluso sin entrar en el fondo del problema, el derecho a la vida de aquel que, científicamente, sabemos que es una persona. Cuando se empiezan a hacer sacrificios en el altar de esta “diosa libertad”, los sacrificios cada vez son mayores; y terminamos sacrificando la vida, toda vida, para alimentar las ansias de esta diosa.
Cuando todo se justifica en nombre de la libertad, quizá hemos dejado de entender lo que significa ser libres. Compartir en X








