¡Cuántas opiniones vacías! No solo de criterio, sino de criterio propio, pues las guían los respetos humanos. Procuramos, con nuestras palabras, no ofender, y, así, al tratar de comulgar con todo, no se comulga con nada.
Este pudor fingido –que no es más que la vergüenza a que nos vean como realmente somos; desnudos– nos convierte en aquella chica del pueblo que a todos satisface, pero que a nadie gusta realmente –no porque no pueda querer, sino porque, dejándose “querer” por todos, no quiere a ninguno y nadie la quiere a ella–.
Flaco favor le ha hecho a esta sociedad creer que nuestra libertad comienza donde acaba la del prójimo, pues, cerca tras cerca, el mundo se ha llenado de minúsculas parcelas –apodadas libertad– de las que ya ni nuestras palabras pueden escapar.
Parece que, para poder visitar el cubículo vecino, el invitado debe primero desvestirse de sus doctrinas y valores para ponerse el uniforme rayado de quien le hospeda. ¿Qué quedará pues para escuchar, si nadie dice realmente lo que querría decir?
Vivimos con un nudo en la garganta y una lengua que, más que hablar por nosotros, pronuncia lo que el miedo a ofender al prójimo le susurra.
Producto de este totalitarismo del mutuo –y nulo– acuerdo es el adulterio de la naturaleza sacra de las relaciones humanas. El cariño honesto del que antaño se desprendían vínculos, ahora –coaccionado por los respetos humanos– no es capaz más que de malparir engendros a los que el lenguaje posmoderno ha bautizado como interacciones sociales. Intercambios, tan artificiales como intrascendentes, sometidos bajo el yugo del relativismo y la igualdad, en los cuales todos tienen la razón y esta se divide a partes iguales. Este ruidoso fenómeno, en el que nadie dice nada, ha reubicado las antiguas tumbas de los mártires y las ha colocado allí donde cualquiera pueda ser convertido en víctima.
Si pudiese, dejaría una flor en cada oficina y en cada palestra universitaria, en memoria y augurio del valor mostrado por aquellos dispuestos a poner el grito en el cielo cuando lo políticamente correcto y la verdad no se alinean; como suele ocurrir –salvo en las ocasiones en las que, a los caudillos de la tolerancia, les interese poner de moda la verdad, con la esperanza de que, como todas las modas, esta acabe pasando–.
Los respetos humanos son la guillotina de los santos. Siempre ha sido así y siempre lo será. Pero no solo mueren los que callan, sino aquellos a quienes iban dirigidas las palabras que nunca se pronunciaron.
Si andamos faltos de santos es porque andamos sobrados de silencios resignados.
¿Cuántas amistades impactan contra el iceberg porque cambiar el rumbo habría supuesto la molestia de los pasajeros? ¿Cuántos padres viven amordazados por el miedo a una rebelión filial que, por naturaleza, se dará antes o después, independientemente de que la autoridad se haya propuesto o impuesto?
Si el baremo con el que vaticinamos la buenaventura de nuestras relaciones es la incomodidad de las partes, la cuchilla nunca dejará de caer sobre nuestras cabezas.
Sin embargo, no solo hay nubarrones en el cielo, pues como bien dijo un sabio más entendido que yo “puede que nos quiten la vida, pero jamás nos quitarán la libertad”. Libertad para hablar desde la verdad –que si escuece es porque cura– ; y si el martirio es nuestra condena, será igualmente nuestra gloria, nuestro eterno y ensordecedor mensaje, y nuestra libertad; pues no hay mayor Libertad que la alcanzada por el sentido común… aunque, como sentenció Voltaire, este parece ser el menos común de los sentidos.







