La misión cristiana: correr riesgos, salvar almas

En la mayoría de grandes crisis producidas por epidemias desde que el cristianismo está presente, empezando por las dos grandes que asolaron el Imperio Romano y socavaron su poder a largo plazo, el cristianismo, la Iglesia, ha salido fortalecida, porque se ha avivado el sentido religioso en la población, y han sido los cristianos los canalizadores de este proceso, y también formadores de esta mayor conciencia religiosa.

Pero esto no ha sucedido porque sí, sino como consecuencia de la presencia de la Iglesia en la sociedad dañada por el sarampión, la peste bubónica o cualquier otra epidemia. La presencia y el testimonio próximo, la ayuda, el culto y los sacramentos abiertos a todos; en definitiva, una presencia visible y sensible, tanto en la dimensión material como la espiritual y sacramental. Esta ha sido con pocas excepciones la norma cristiana.

Pero si esta presencia eclesial se difumina, pierde mucho de su efecto, y con él pierde su capacidad redentora, qué es la razón de su existencia. Por ello, aunque sea muy humano y perfectamente comprensible, no es del todo satisfactorio para la fe, cuando en algunas diócesis se cierran, por ejemplo, la mayoría de comedores parroquiales para los más necesitados, o resulta realmente difícil poder acceder a la eucaristía, a la confesión o simplemente al consuelo, porque parte de las parroquias sencillamente han cerrado.

Y todavía resulta más llamativa esta ausencia, cuando al mismo tiempo por internet algunas diócesis reclutan a jóvenes para que acudan como voluntarios para ayudar a distribuir alimentos u otras cuestiones a los servicios gubernamentales. Esto es solidario, y está muy bien, pero no parece nada clara esa bondad, cuando al mismo tiempo que se recluta para el estado, se cierran los servicios propios, algunos de ellos de carácter  sagrado. La Iglesia es una comunidad perfecta en si misma, poblada de humanos imperfectos, si se olvida aquel carácter, y se supedita al estado, se cede a él, el testimonio, y se difumina la percepción de lo que ella significa

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Se ha de hacer lo que realmente pueda hacerse. Pero ese “poder” es cristiano no mundano, y por tanto incluye el asumir un mayor riesgo en el ámbito secular. El riesgo es desde el momento 0 una condición inherente a nuestra fe. Es la que corrió en circunstancias muchísimo más duras y crueles el propio Jesús, sus apóstoles, los mártires, a lo largo de la historia. Nadie está obligado al martirio, pero todos debemos tenerlo como referencia, más cuando se trata de riesgos razonables, como es el caso. El primer fin del cristiano, hay que decirlo con claridad, de la Iglesia, no es salvar su vida, es salvar almas. Cuando la vida pasa por delante del alma como concepto, algo muy importante está fallando.

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