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La necesidad de una respuesta cristiana en Europa

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Es evidente que la Unión Europea, en sus planteamientos y órganos de gobierno, vive de espaldas a la herencia cristiana.  Su tendencia visible de unos años a esta parte se dirige, incluso, en sentido opuesto. El dominio de la ideología de género, el homosexualismo político que de ella se nutre, sobre todo en cuanto a las identidades homosexuales y transexuales, la conversión de lo que es una cuestión personal, relacionada con la  preferencia de con quien se mantienen las relaciones sexuales, en una identidad política, inventando una colectividad teóricamente homogénea, cuando los homosexuales son tan diversos como los heterosexuales, porque todos somos los mismos seres humanos, señala una de las grandes y extrañas derivas de la Unión Europea, que confronta con la antropología cristiana.

Un primer ministro francés, líder socialista Lionel Jospin, como mínimo agnóstico, ya dejó escrito hace años que “el género humano no está dividido entre heterosexuales y homosexuales -ahí se trata de una preferencia-, sino entre hombres y mujeres”. Y no fue el único socialista francés en manifestarse en este sentido. Y precisamente es sobre este tipo de cuestiones que el gobierno  de la Unión ejerce una función policial, y clasifica  a los países entre “buenos” y “malo” y se persigue sancionar a los “malos”, pongamos Hungría y Polonia, por acciones que son sumidas con indulgencia cuando las cometen los “buenos”, pongamos Dinamarca, Alemania y España,  sobre emigración, prevalencia de la constitución en aquello que no es competencia de la UE, o elección politizada de los jueces, respectivamente.

Este escenario y esta deriva contrastan con el silencio de la Iglesia a escala europea en Europa. Existe ciertamente la COMECE la Comisión de Episcopados de la Comunidad Europea, pero su actividad como tal es difícil de percibir porque es muy débil. En el pasado esto quedaba ampliamente suplido por el impulso europeo que se imprimía desde la cátedra de Pedro, pero con Francisco esta atención Europa ha dejado de existir, y esto pone todavía más en evidencia el vacío previo, y no sirve de justificación, porque los obispos en América Latina sí que alcanzaron un gran desarrollo conjunto, sin necesidad de un especial empuje del papado.

La comparación de la situación en Europa con el Consejo Episcopal Latinoamericano ( CELAM), permite constatar, lo que podría ser y no es, así como la paradoja de que siendo mínima la integración en Iberoamérica y la dispersión muy grande, es precisamente la Iglesia la que posee un mayor grado de coordinación entre las diferentes conferencias episcopales de cada estado.  Basta con conocer su organización, sus actividades a escala latinoamericana y de soporte a los diferentes episcopados locales, para constatar que no existe punto de comparación con la situación europea. También los proyectos colectivos que se acostumbran a expresar cada vez que se reúne su Conferencia General. Fue el caso de Medellín, o el de la quinta Conferencia General de Aparecida en Brasil en mayo del 2007, con su extraordinario Documento Conclusivo, tan excelente que merecería su traducción conceptual a las coordenadas españolas y europeas

 Por esta razón, por la levedad del ser católico institucional europeo pedimos una reflexión a quienes concierne.  

Además, los laicos cristianos, y esto no se limita al campo católico, tenemos el deber de aportar respuestas porque vivimos inmersos en el día a día de aquellas crisis y de aquellos problemas, y del malgasto de fuerzas que en muchas ocasiones implica la actual orientación de la Unión. Un ejemplo evidente son Polonia y Hungría, que desarrollan políticas francamente buenas en el plano social y económico de la vida y la familia, y la mejor constatación de ello es el resultado electoral de los partidos, que gobiernan con mayorías que no tienen equivalente en el resto de Europa.  A pesar de esto,  hay un proceso de demonización de estos gobiernos, que tiene como principal caballo de batalla las diferencias en las políticas sobre la teoría de género y homosexualismo político, que borran del imaginario europeo todo lo bueno que aquellos gobiernos han realizado y llevan a cabo. Esto no es bueno para Europa.

Ahora mismo hay abierto un proceso participativo a escala europea, con una débil participación cristiana y católica. La ausencia de un sujeto colectivo europeo se hace  una vez más evidente. Por esto es necesaria una respuesta cristiana los tres fundamentos de toda buena política: la verdad, es decir el reconocimiento de la realidad, que empieza con los hechos; la justicia que consiste en hacer posible que cada uno reciba lo que le corresponde en todos los planos, no solo en lo económico; y la libertad, que no radica tanto en la multiplicidad de opciones si todas son malas, como en  la capacidad de ofrecer opciones de bien, de lo que se deriva que, por lo tanto, el debate político fundamental es sobre el bien, lo justo y lo necesario.

Los laicos cristianos de todas las confesiones hemos de organizarnos, debatir y aportar una declaración, un texto que sirva de común denominador a las principales actuaciones, más allá de las etiquetas de los partidos, porque estas, en realidad, en demasiadas ocasiones, lo que hacen es acentuar la división cristiana. en lugar de unirnos.

A esta tarea también queremos contribuir desde ForumLibertas, de la misma manera que en la construcción de la alternativa cultural cristiana lo hemos empezado a hacer a escala intercontinental entre España e Hispanoamérica.

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