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La tarea cristiana hoy

Nuestra tarea cristiana hoy es la misma de siempre en cuanto a sus fines, y lo que se modifica en razón de la época son los medios, la organización, la forma de conseguirlo.

Benedicto XVI en su obra Jesús de Nazarety al referirse a los discípulos, dice que son elegidos “para estar con Él y para ser enviados”. Se trata de dos fines muy concretos, muy definidos. Son los nuestros, a los que debemos servir.

Estar con Él  significa adquirir el conocimiento de la vivencia de su persona y los católicos  su obra, que no se adquiere desde “fuera” y se concreta en un punto esencial: Jesús es uno con el Padre; esto es, es Dios. Esta, junto con la llamada a construir su Reino y el amor que Dios nos profesa, son la esencia de esta experiencia cristiana. Esto y el convencimiento de que el Mal campa en el mundo y no puede ser combatido con el único esfuerzo humano.

El otro objetivo o misión es la de ser enviados, es decir,  ser “apóstoles” a fin de llevar su mensaje al mundo, «hasta los confines de la tierra”.

En tan breve referencia queda perfectamente condensada y concretada la tarea de todo cristiano.

La Iglesia es el lugar en la que esta misión se realiza y es posible. Es el lugar privilegiado en el espacio y en el tiempo, constituido por Jesucristo para llevarla a cabo. Esta es la tarea del pueblo de Dios, que se traduce en la extensión de su Reino en este mundo, hasta que al final de los tiempos con la venida de Jesucristo, alcance su plenitud.

La institución eclesial, la organización actual con la que se dota la Iglesia para dar servicio práctico a aquellos dos objetivos, recae sobre todo en la misión pastoral de sacerdotes y obispos, con la ayuda autónoma y necesaria de los laicos. Pero la tarea fundamental es la de los pastores, los obispos que guían son signo visible de los apóstoles y de su continuidad, y la de los presbíteros, iconos de Jesucristo, los únicos con capacidad de consagrar y perdonar los pecados, y por ello quienes poseen los mayores medios espirituales para aportar la dirección y el empuje necesario al Pueblo de Dios. En la media que ambas cosas existan el Pueblo de Dios superará las adversidades.

La cuestión sobre la que reflexionar es en qué medida aquella tarea cristiana del conocimiento y vivencia  de Jesucristo y la preparación e impulso al apostolado se lleva a término, y en qué grado de plenitud; en que medida la dirección es clara y el empuje se percibe, o queda diluido en el interiorismo de las múltiples reuniones y la abundancia de papeles sin acción.

Seguramente en todo esto es muy apropiado aplicar aquello de a cada uno según sus necesidades y a cada uno según sus posibilidades. Esto es lo óptimo, que cada uno de nosotros reciba por parte de la Iglesia aquello que necesitamos desde el punto de vista de estar y  conocer a Jesús, y que nos prepare para ser enviados para llevar su mensaje a todas partes.

La base que hace posible esto es la parroquia y su organización, a su vez enmarcada por la misión del obispo y la organización y misión diocesana.

La cuestión es si el sacerdote se esfuerza en conocer a cada feligrés en la medida que sea posible para proporcionarle lo que necesita de acuerdo con sus necesidades, y si este sacerdote dispone por parte de su obispo y de la organización diocesana de las ayudas necesarias para llevar a cabo su tarea. Y también, desde la parroquia y a partir de aquel conocimiento, si son preparados para ser enviados a llevar este mensaje más allá de las cuatro paredes. Llevar el mensaje al barrio, a la familia, a los amigos conocidos y saludados, al trabajo, a la política, a las actividades de ocio, y como no, muy importante, a la escuela. Porque como señala Benedicto XVI estar con Jesús comporta la dinámica de misión, porque todo Jesús es misión.

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