La verdad os hará libres

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Un mal muy dilatado y execrable, que se observa reiteradamente tanto en el ámbito político y social como en el entorno de ciertos medios de comunicación es, sin temor a equívocos, el de la mentira. A pesar de no ser un vicio novedoso, es indiscutible que en la actualidad se ha convertido en una habitual forma de actuar, infamante y vergonzosa, incluso en una manera frívola de envolver las cosas con el sutil celofán de la aromática hipocresía.

Mentir no solamente es faltar a la verdad; también comprende relativizarla para convertirla, sui generis y como propia, en una adaptación dolosa a favor de las circunstancias y las conveniencias más ocultas de quienes se aprovechan de esta práctica indecorosa.

El sevillano Antonio Machado, gran poeta de la generación del 98, de quien se dijo que “hablaba en verso y vivía en poesía”, nos dejó una obra literaria a caballo entre el compromiso humano y la contemplación existencial. Dentro de sus numerosos poemas, destacan frases tales como esta: “¿Tu verdad? No, la Verdad; y ven conmigo a buscarla. La tuya guárdatela…” Son bellas y profundas palabras a las que se les debería prestar más atención antes de volcar las opiniones, pues el nivel de confrontación política y social reinante, posiblemente, sería menor y la credibilidad del argumentario se ceñiría más a la honestidad y a la rectitud de intención que al descrédito y a la estigmatización personal.

En relación con los medios de comunicación, a los que acertadamente se les denomina el cuarto poder, ciertos periodistas, analistas, tertulianos y columnistas adolecen de un defecto común, que no es otro que valorar los hechos bajo el prisma de una subjetividad delirante y enfermiza, como programada para hacer daño. A veces, aquella se vuelve hasta manipuladora, incluso artera si cabe; eso sí, cuajada de un vertiginoso y saturado flujo de detalles que en ocasiones derivan en una confusión oscura y poco edificante.

En la arena política, el orgullo y la vanidad han desplazado vehementemente al espíritu de servicio que debiera prevalecer y animar, en todo momento, para mantener el pulso óptimo de la sociedad. Y es aquí donde la mentira, junto con el engaño, allana el camino para coronar la cima del poder, llegando a su cénit a través de la corrupción, del arbitrio y de la degeneración, porque todo, al parecer, es lícito. Actualmente, en este sentido, España está devastada, humillada y sometida, todo ello gracias a un buen elenco de políticos huérfanos de ideales, de modestia y de honorabilidad, donde la pusilanimidad de unos embravece y enaltece los ardides retorcidos de otros.

Los políticos pueden y deben opinar y debatir con diversidad de criterio, por supuesto que sí, y expresar sus consideraciones y sus propias convicciones. No obstante, la verdad será siempre única, perenne e inmutable, porque lo que es no puede ser otra cosa diferente, y lo que se promete no debe ser alterado so pena de destierro y sanción. Hoy, quienes defienden abiertamente la verdad, sin aditivos, son tachados de fanáticos, de fundamentalistas, incluso de reaccionarios, originándose acres enfrentamientos con la pretensión de doblegarlos en un intento provocador y conducente a la abdicación institucional. Pero aquellos, defensores de la verdad, no cejan en la lucha, perseveran en el combate con la intención sana de preservar la autenticidad de las cosas.

Además, mentir lleva asociada una cascada de atributos contaminantes, tales como la soberbia, la irreverencia, la jactancia, el egoísmo, la calumnia, la difamación, la fruición desmedida, los celos y el resentimiento, unos agentes inicuos que tanto daño hacen a quienes los ejecutan como a quienes colateralmente los padecen. La práctica habitual de los vicios, triste e incomprensiblemente, ha hecho que estos se conviertan en “virtudes” de un valor trasnochado, integrándose en la agenda de la normalidad.

Cuando el ser humano quiebra el timón de su vida, el que le guía hacia el modelo referencial que da verdadero sentido a su existencia y a sus actos, donde la razón no alcanza a comprender, pero los sentidos lo hacen tangible, entonces no solamente pierde el rumbo, sino que lo pierde absolutamente todo.

San Pablo, en su carta a los Efesios (4,31-32), les exhorta diciéndoles: “Que desaparezca de entre vosotros toda agresividad, rencor, ira, injurias y toda suerte de maldad. Sed más bien bondadosos y comprensivos los unos con los otros, y perdonaos mutuamente, como Dios os ha perdonado por medio de Cristo”. Asimismo, en la carta a los Filipenses (2, 3-5) les advertía: “No hagáis nada por rivalidad o vanagloria; sed, por el contrario, humildes y considerad a los demás superiores a vosotros mismos. Que no busque cada uno sus propios intereses, sino los de los demás. Tened, pues, los sentimientos que corresponden a quienes están unidos a Cristo Jesús”.

Quizá estos pasajes del Nuevo Testamento (que es el eterno presente), y dada la coyuntura en la que nos toca vivir, bien pueden ser aplicados a quienes hacen de la mentira un instrumento de su desarrollo personal, y bien pueden ser también el antídoto que enmiende tantos errores y caídas. Existe mucha cizaña sembrada en las instituciones, en los colectivos, por todo el mundo, incluso en nuestros hogares. A todas luces, en la libertad de nuestros actos y en la voluntariedad de nuestra actitud frente a los acontecimientos cotidianos, reside sin lugar a dudas el poder legítimo de sembrar paz, alegría, concordia y honestidad. Las cosas comenzarán a cambiar cuando el cambio empiece por uno mismo.

La decadencia de una sociedad comienza cuando la mentira deja de avergonzar y empieza a justificarse. Compartir en X

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