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Vivir con mentiras

¿Qué quieres que te diga? Yo pienso que sí que podemos hacer más. Me resisto a creer que Dios, el Padre de todos que nos ha creado por amor (Amor), nos haya metido en este berenjenal para tenernos amordazados con bozales a lo indi sin más cometido que lanzar gritos e improperios gemebundos para denunciar el mal en nuestro mundo. ¡Que no! ¡Por supuesto que lo que está esperando el Cabeza de familia es nuestra implicación en el desarrollo de los acontecimientos, que van a ser de ¡ay! en el corazón, dicho de manera más dura por su Hijo, que es nuestro Hermano Mayor, cuando nos habla del Fin de los Tiempos. Y lo hace ni más ni menos que Él, que vino a participar en esa redención con una muerte de Cruz. ¿Acaso piensas que no es Él quien debería quejarse de nuestra falta de colaboración en su Plan?

Mira. ¿Sabes por qué no avanzamos? ¡Sencillamente, porque estamos todos (o casi todos) acoquinados sin más ejercicio que cruzarnos de brazos! (si es que el cruzarse de brazos puede considerarse ejercicio). ¡Es hora de hacer pesas como hacen los fisioculturistas para sacar músculo! El gallinero (que es donde se reúnen las gallinas tremebundas) está alborotado (porque son tremebundas). Y el huerto tufa a mil demonios porque hemos dejado que lo convirtieran (e incluso en eso hemos colaborado) en un muladar.

¿No ves cómo se queja nuestro Hermano Mayor en la piel rasgada y crucificada de tantos hermanos nuestros y de nosotros mismos,  que estamos todos sudando sangre para poder sobrevivir a tan magno acontecer? ¡Si seguimos así, el devenir está cantado! Nuestro Hermano Mayor (que vino a hablarnos de la Voluntad del Padre) está esperando a que arreglemos el patio y cultivemos esas berenjenas del berenjenal apestoso. Y además, sin miedo y con todo el amor que seamos capaces de dar. Un amor y una fuerza que si estamos en paz con Él, irán in crescendo a medida que la tierra se reseque y el sol abrase cultivos y almas (nuestras almas inactivas y las activas también). Unos acontecimientos que sabemos que serán implacables e inapelables por otro grito que no sea nuestra oración (empezando por la acción, que es o puede ser otra forma de oración).

¿Sabes qué oí hace un tiempo a un trabajador que trabaja con esmero? “Porque en el trabajo, quieras o no, te lo tomas todo diferente”. Lo dijo él, que a pesar de trabajar con esmero, había descuidado su amor de familia hasta el punto de llegar a fugarse un día de casa ante las reiteradas desavenencias con su esposa. ¿No te sorprende? “Quieras o no”, dijo. ¡Pero si precisamente se trata de querer, hermano mío! Y en ese querer, se pide amor, que es otro término para referirse al querer. Y eso… ¿por qué? Porque le falta unidad de vida: “allí hago lo que me piden, aquí hago lo que me rota”. ¡Menuda la hemos!

Esa inacción, como ves, nos lleva al desvarío. Provoca que esa repulsa que tenemos ante el esfuerzo se convierta en vacío de la nada más absoluta, y fíjate en que la nada absorbe hacia sí con violencia, como un agujero negro en el firmamento. Esa invasión del Enemigo (Satán personificado en tantos hermanos nuestros) nos está acercando a la revolución. Pero no a aquella revolución que queda bien cuando la novelamos en un papel con más o menos gracia, sino aquella otra de las armas, la inquina y el odio a la Verdad.

“¿Y qué es la Verdad?”, podrías preguntarme con Pilato. Te lo dije ya en un artículo: la Verdad es lo que no es la Mentira, la Verdad es la realidad, que no es meramente virtual. Y ya ves que hasta en la vida virtual como en la de las redes sociales, el odio campa a sus anchas. Ciertamente, es más cómodo ignorar la Verdad. Pero ignorándola, justificándonos siempre dejando pasar “el mal menor”, estamos permitiendo que el Enemigo avance. Porque nos engañan. Nos mienten. Nos hacen creer que somos libres porque soltamos el vientre, como si la libertad se redujera al sentir fisiológico o emocional. Pero como la Verdad acaba imponiéndose siempre, la revolución está asegurada, por más “líquida” o “soft” que sea, por usar términos guay que emplean Rod Dreher en su libro Vivir sin mentiras y Zygmunt Bauman en su filosofía sociológica. ¡Aunque de guay no tendrá nada!

Y es que viviendo con compromiso, podemos cambiar el mundo, solo con que cada uno de nosotros haga lo que tiene que hacer y no haga lo que no tiene que hacer. Y no tengo ya más que decirte. Solo que… ¿te apuntas?

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