Las cuatro enfermedades del cristiano: ¿y si el mayor problema no estuviera fuera de la Iglesia?

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Hay épocas en las que el cristianismo tiene que defenderse de enemigos externos y otras en las que necesita examinarse a sí mismo. La nuestra pertenece, probablemente, a ambas categorías. Mientras la secularización avanza y la cultura occidental parece alejarse de las raíces que durante siglos la configuraron, resulta casi inevitable concentrar toda la atención en ese cambio de paisaje. Sin embargo, quizá la pregunta decisiva no sea qué le ha ocurrido al mundo, sino qué les está ocurriendo a los cristianos llamados a evangelizarlo.

Durante demasiado tiempo, el debate se ha planteado casi exclusivamente en términos culturales. Se habla de la pérdida de influencia de la Iglesia, del avance del relativismo, de leyes cada vez más alejadas de la antropología cristiana, de la dificultad para transmitir la fe a las nuevas generaciones o del creciente peso de una visión secular de la vida. Todo ello es cierto. Pero ¿basta con señalar lo que ocurre fuera para comprender lo que sucede dentro?

Ese es precisamente el punto de partida de Cristianos en un mundo menos cristiano (Rialp), el último ensayo del filósofo chileno Joaquín García-Huidobro. Profesor titular del Instituto de Filosofía de la Universidad de los Andes y autor de una extensa obra filosófica y política, el pensador no escribe desde la nostalgia de una cristiandad perdida ni desde el pesimismo de quien considera inevitable la derrota cultural del cristianismo. Su propuesta es otra: si el mundo ha cambiado, quizá haya llegado el momento de preguntarse qué clase de cristianos exige ese nuevo mundo.

La historia ofrece una enseñanza que a veces olvidamos. El cristianismo no nació siendo mayoría. Tampoco floreció porque disfrutara del favor del poder o de un entorno especialmente propicio. Muy al contrario, las primeras comunidades cristianas crecieron en una sociedad que no compartía su visión del hombre, de la familia o de Dios. Sin embargo, transformaron el mundo porque poseían una identidad extraordinariamente sólida. Su fuerza no procedía del ambiente, sino de la coherencia de quienes vivían el Evangelio.

Durante siglos, buena parte de Occidente ofreció a los creyentes un respaldo cultural que facilitaba esa tarea. La familia, la escuela, las fiestas, el calendario, las costumbres e incluso el lenguaje conservaban una memoria cristiana que ayudaba a transmitir la fe casi por ósmosis. Ese «manto protector», como lo denomina García-Huidobro, se ha ido desgastando progresivamente. Hoy creer ya no resulta socialmente evidente y educar en la fe exige un esfuerzo mucho más consciente.

Pero el autor rechaza interpretar ese cambio únicamente como una tragedia. Toda crisis obliga también a distinguir entre lo accesorio y lo esencial. Cuando desaparecen los apoyos externos, aflora una pregunta incómoda: ¿era nuestra fe verdaderamente sólida o descansaba, en parte, sobre hábitos culturales que ya no existen?

Un diagnóstico antes que un lamento

La gran originalidad del libro consiste en cambiar el foco. En lugar de elaborar un nuevo catálogo de los males de la sociedad contemporánea, García-Huidobro propone examinar las debilidades que pueden aparecer en la vida de los propios creyentes. Como un médico que antes de prescribir un tratamiento necesita identificar la enfermedad, el filósofo chileno plantea un diagnóstico que invita menos a señalar culpables que a realizar un examen de conciencia.

No lo hace para alimentar el desánimo, sino precisamente para evitarlo. Porque una enfermedad diagnosticada deja de ser una condena y se convierte en el comienzo de una posible curación.

Cuando la fe se queda en casa

La primera enfermedad recibe un nombre provocador: la «esquizofrenia». No se trata, naturalmente, de un diagnóstico clínico, sino de la fractura que aparece cuando el creyente vive como si su fe perteneciera exclusivamente al ámbito privado.

Es el cristiano que reza, participa en la vida parroquial y procura vivir el Evangelio… siempre que permanezca dentro de determinados espacios. Cuando entra en la universidad, en la empresa, en la política o en el debate público, parece aceptar que las convicciones cristianas deben quedar suspendidas.

No se trata de imponer la fe a nadie, sino de vivir con unidad de vida. El Evangelio no puede convertirse en una actividad de fin de semana mientras el resto de la existencia se rige por criterios completamente distintos.

Creer sin saber explicar por qué

La segunda enfermedad es la anemia intelectual. Durante generaciones bastaba, en muchos casos, con recibir unas nociones básicas de catequesis para desenvolverse en una sociedad donde la fe era compartida por la mayoría. Hoy esa situación ha desaparecido.

El cristiano contemporáneo necesita conocer mucho mejor aquello que cree. No para ganar discusiones, sino para comprender la profunda racionalidad de la fe y poder dialogar con quienes piensan de manera distinta.

Una fe adulta necesita también una inteligencia adulta. Si el creyente deja de formarse mientras la cultura continúa planteando nuevas preguntas, tarde o temprano acabará sintiendo que no sabe responder ni siquiera a las objeciones más elementales.

El silencio como refugio

La tercera enfermedad es la afonía. No consiste en perder la voz, sino en renunciar a utilizarla.

El miedo al rechazo, al ridículo o a ser etiquetado lleva a muchos creyentes a ocultar sus convicciones incluso cuando podrían expresarlas con serenidad y respeto. Poco a poco, esa autocensura termina empobreciendo también el debate público, porque la sociedad deja de escuchar una tradición intelectual y moral que ha contribuido decisivamente a configurar nuestra civilización.

No se trata de hablar más alto que los demás, sino de no dejar de hablar por miedo.

La nostalgia como tentación

La última enfermedad quizá sea la más comprensible. Es fácil mirar atrás y pensar que cualquier tiempo pasado fue mejor. Sin embargo, la nostalgia puede convertirse en una trampa cuando paraliza la capacidad de afrontar el presente.

El cristianismo nunca ha vivido únicamente de recordar una edad dorada. Ha vivido, sobre todo, de anunciar una esperanza. Por eso García-Huidobro invita a abandonar tanto la ingenuidad como el derrotismo. La sociedad ha cambiado profundamente, sí. Pero precisamente por eso necesita creyentes más convencidos, mejor formados y capaces de vivir su fe sin depender del respaldo de un ambiente favorable.

Una llamada a la madurez

Quizá esa sea la principal aportación de Cristianos en un mundo menos cristiano. Frente a quienes contemplan la secularización únicamente como una derrota, el filósofo chileno propone leerla también como una llamada a la madurez. Durante siglos, el ambiente sostuvo en buena medida la fe de millones de personas. Hoy ese apoyo cultural se ha debilitado. La consecuencia puede ser el desánimo, pero también una oportunidad: redescubrir que el cristianismo nunca ha dependido, en última instancia, de unas circunstancias favorables, sino de hombres y mujeres convencidos de aquello que creían.

Las primeras comunidades cristianas no evangelizaron porque el Imperio romano compartiera sus principios, sino precisamente porque no los compartía. Tampoco transformaron el mundo porque fueran mayoría, sino porque vivían de una manera distinta.

Quizá esa sea la invitación de García-Huidobro: dejar de preguntarnos cuándo volveremos a tener una sociedad cristiana y empezar a preguntarnos cómo volver a ser cristianos capaces de transformar la sociedad.

Porque una enfermedad correctamente diagnosticada deja de ser una condena para convertirse en el comienzo de una curación. Y ese es, en el fondo, el mensaje que atraviesa todo el ensayo: no invita a lamentar el mundo que hemos perdido, sino a formar los cristianos que necesita el mundo que tenemos.

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