¿Han renunciado los católicos españoles a evangelizar?

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La pregunta parece severa. Quizá demasiado. Los católicos españoles no han renunciado a evangelizar, pero una parte importante de nuestra Iglesia actúa todavía como si España continuara siendo cristiana por inercia. Conservamos templos, colegios, celebraciones y obras admirables. Lo que no siempre conservamos es la decisión de proponer a Jesucristo a quien no lo conoce.

No sería justo comenzar sin reconocer lo que se hace.

Según la Memoria de actividades de la Iglesia en España de 2024, hay 82.106 catequistas, 14.994 sacerdotes, 9.648 misioneros y más de 407.000 laicos asociados. Sacerdotes, religiosos y seglares dedican cerca de 49 millones de horas anuales a la actividad pastoral. Más de 3,8 millones de personas son atendidas en 9.060 centros sanitarios y asistenciales. Es una realidad extraordinaria que rara vez recibe el reconocimiento debido.

Destaca la dimensión de Cáritas. Sus 4.923 Cáritas parroquiales y 70 diocesanas acompañan a 2,13 millones de personas gracias, entre otros, a 67.966 voluntarios. Es probablemente la presencia más extensa y reconocida de la Iglesia española. Todo esto es Evangelio vivido. La ayuda dejaría de ser cristiana si se condicionara a una respuesta religiosa.

Pero esa enorme actividad tampoco parece traducirse en una aproximación apreciable a la fe o en una incorporación a las comunidades. Millones de personas conocen la ayuda de Cáritas sin llegar a conocer la Iglesia que la sostiene.

No se trata de instrumentalizar al necesitado, sino de preguntarnos por qué el testimonio de la caridad queda tantas veces separado del anuncio, la oración y el acompañamiento espiritual, ofrecidos siempre con libertad y respeto.

Los datos revelan una grave ruptura de la transmisión. Un análisis de Funcas basado en la Encuesta Social Europea muestra que en 2024 el 55% de los adultos se identificaba como católico, pero solo el 17% asistía al culto al menos una vez al mes. Entre los 18 y los 29 años, la identificación católica era del 32% y la práctica regular quedaba reducida al 8%. Quienes no profesan ninguna religión han pasado del 22% en 2002 al 42% en 2024.

No todo este retroceso puede atribuirse a la Iglesia.

Han cambiado la familia, la escuela, la cultura y la concepción de la libertad. Pero la presión ambiental no nos exime de examinar nuestra respuesta. Muchas parroquias están organizadas para atender a quienes ya llegan: misas, sacramentos, catequesis infantil, funerales y despacho. Todo ello es necesario. Pero quien no cruza la puerta apenas entra en su horizonte. La cadena tradicional se ha roto: la familia ya no transmite necesariamente la fe, el colegio no siempre la explica y la parroquia recibe niños cuyos padres no participan de la vida cristiana. Celebra su primera comunión y, poco después, pierde a unos y a otros.

El caso de la escuela católica merece una reflexión igualmente serena.

España cuenta con 2.527 centros católicos, 1.482.503 alumnos y más de 110.000 docentes. Representan una capacidad educativa formidable. Sin embargo, esa presencia no se traduce en vocaciones religiosas proporcionales a su dimensión. No existe una estadística pública que indique cuántos seminaristas o novicios proceden de estos colegios, pero el contraste es elocuente: frente a casi un millón y medio de alumnos, España tenía 1.036 seminaristas en el curso 2024-2025. Fue el primer aumento en siete años, aunque seguían siendo menos que los 1.263 de 2017-2018. No se trata de exigir que cada colegio produzca sacerdotes o religiosos, sino de reconocer que muchos transmiten valores cristianos genéricos sin suscitar con suficiente fuerza la pregunta por la fe, la entrega y la vocación.

Evangelizar no significa importunar, coaccionar ni convertir la caridad en propaganda. Significa explicar con naturalidad por qué creemos; invitar personalmente; escuchar las preguntas reales; acompañar procesos largos y ofrecer comunidades donde la fe pueda ser aprendida, celebrada y vivida.

En una sociedad que desconoce el alfabeto cristiano, los signos necesitan también palabras.

Hay motivos para la esperanza. En 2024 se celebraron 146.370 bautismos y 13.323 correspondieron a mayores de siete años, indicio de decisiones menos automáticas y más personales. La Conferencia Episcopal reunió a más de 700 participantes para trabajar sobre el primer anuncio y el Congreso de Vocaciones de 2025 congregó a 3.000 personas de las setenta diócesis. Surgen retiros, cursos y comunidades capaces de alcanzar a personas alejadas. El informe Jóvenes españoles 2026 de la Fundación SM detecta además una recuperación del interés religioso y espiritual, aunque todavía frágil e individualizada.

La oportunidad existe. Hace falta que cada parroquia se pregunte no solo cuántos asisten, sino a cuántos alejados ha escuchado y acompañado; que Cáritas no aparezca desvinculada de la comunidad cristiana; que los colegios presenten la fuente de lo que enseñan; y que los laicos aprendan a dar razón de su esperanza.

España no necesita una Iglesia más ruidosa, sino más misionera. No partimos de cero ni carecemos de entrega. Nos falta convertir una enorme capacidad de servicio en una renovada voluntad de anuncio. El primer territorio de misión comienza en nuestro rellano, en nuestra mesa y, muchas veces, dentro de nuestra propia familia.

Evangelizar no es coaccionar ni convertir la caridad en propaganda. Es explicar por qué creemos, invitar personalmente, escuchar las preguntas reales y acompañar con libertad y respeto. #evangelización #Iglesiacatólica Compartir en X

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