«Este mundo nuestro tiene algún propósito; y si hay un propósito, tras él hay una Persona. Siempre he sentido la vida primero como una historia; y si hay una historia, tras ella hay un Narrador». La frase de Chesterton nos sitúa, de golpe, en el corazón de la cuestión literaria: la vida no es una acumulación de hechos es una trama.
Por eso la literatura grande mira al hombre entero, con su gloria y su miseria, con su vocación de eternidad y su facilidad para el abismo.
Tal vez por eso abundan tanto los villanos en la literatura y escasean, al menos en apariencia, los santos. Es más fácil narrar el pecado que la santidad. La caída tiene gestos visibles, escándalo, ruido, violencia en cambio la gracia suele trabajar en silencio. El mal resulta teatral; por ejemplo, pensemos en Macbeth, Iago, Ricardo III, Svidrigáilov, Stavrogin o tantos otros poseen una fuerza dramática inmediata. La santidad, en cambio, suele aparecer menos estridente, más humilde y casi secreta.
Desde Dante hasta Dickens, pasando por Shakespeare, Cervantes, Dostoievski, Tolstoi, Austen, Bernanos, Undset, Mauriac, Greene, Tolkien, Lewis, Chesterton o Flannery O’Connor, la literatura de raíz cristiana ha sabido mirar de frente al pecado sin convertirlo en espectáculo complaciente, y ha sabido mirar la santidad sin reducirla a estampita piadosa.
Dante es quizá el ejemplo supremo. La Divina Comedia comienza en una selva oscura, imagen de la confusión moral del alma, y culmina en la visión de Dios. En su viaje aparecen condenados, penitentes y bienaventurados. Pero lo decisivo es que Dante no presenta el pecado como una simple debilidad psicológica ni como una consecuencia social inevitable: lo presenta como una desviación del amor. Al mismo tiempo, muestra que la santidad no consiste en no haber caído nunca, sino en dejarse purificar. El purgatorio dantesco es una de las grandes escuelas literarias de esperanza, pues allí los pecadores son santos en camino.
Shakespeare, sin ser un autor doctrinal en sentido estricto, participa también de esa imaginación moral. Sus villanos son memorables porque conocen la profundidad del mal; pero sus figuras nobles no son menos poderosas. Cordelia, con su amor fiel y silencioso; Portia, con su misericordia inteligente; o Hamlet, cuya evolución interior lo lleva desde la desesperación hasta una aceptación providencial de la muerte, muestran que la literatura más verdadera no separa el drama humano del combate espiritual.
En Dickens, la santidad adopta formas cotidianas. Cuento de Navidad no es solamente una fábula sentimental, sino una historia de conversión. El verdadero centro es Scrooge, precisamente porque empieza siendo un pecador endurecido. Su transformación conmueve porque es una resurrección moral. Ahí está el famoso “giro gozoso” que Tolkien llamaría eucatástrofe. Ese instante en que la gracia entra en la historia y la cambia desde dentro.
Todo esto resulta incomprensible cuando una cultura pierde el sentido del pecado. Pío XII dijo que quizá el mayor pecado del mundo moderno era haber comenzado a perder el sentido del pecado.
Si el mal no existe, o si se reduce a enfermedad, trauma, estructura social o simple malentendido, entonces el drama se empobrece. Ya no hay culpa, arrepentimiento, perdón ni redención; solo hay reajustes, terapias o denuncias.
T. S. Eliot advirtió que, al desaparecer la idea del pecado original y de la lucha moral intensa, los personajes se vuelven menos reales. Es una observación agudísima.
El hombre sin pecado es menos humano, no más.
La negación del mal no produce inocencia, sino superficialidad.
Ahí reside lo bonito de la imaginación cristiana. Es consciente de que el hombre es capaz de vileza, pero también de gracia; que puede traicionar, pero también arrepentirse; que puede hundirse, pero también volver a casa.
Flannery O’Connor indica que donde no se cree en el alma, hay poco drama. Los mayores dramas implican la salvación o la pérdida del alma. La afirmación puede parecer dura, pero explica por qué tantas obras contemporáneas, incluso técnicamente brillantes, dejan una sensación de vacío. Les falta horizonte eterno y les falta la posibilidad terrible y hermosa de que una vida se gane o se pierda.
La literatura cristiana, o la literatura tocada por una visión cristiana del mundo, no se limita a presentar personajes ejemplares. Se atreve con pecadores, cobardes, adúlteros, asesinos, avaros, orgullosos y desesperados. Pero lo mejor es que los mira como criaturas caídas llamadas a la gloria.
En el fondo, santos y pecadores no son dos especies distintas de personajes. Son, muchas veces, el mismo hombre en momentos distintos de su peregrinación. Dante lo sabía. Dickens lo sabía. Shakespeare lo intuía. Dostoievski lo padeció. Y el Evangelio lo reveló para siempre en la parábola del hijo pródigo.
La gran literatura no nos adula. Nos dice que la vida es lucha y que el mal existe, pero no tiene la última palabra. En definitiva, todos somos pecadores, pero todos estamos llamados a ser santos.











