Los niños salvarán al mundo: la inesperada lección que aprendí asistiendo a una Primera Comunión

Educación

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Un 24 de mayo se me ocurrió escribir este texto para compartir una sorprendente reflexión que vengo teniendo al trabajar durante el horario de primaria en mi antiguo colegio. Es algo que se ha ido gestando con el tiempo y que no solo se ha dado este año, sino desde hace ya varios años.

Puedo decir que la primera imagen que más me impactó fue la de ver a los niños en la misa de su Primera Comunión, a la que pude asistir gracias a Dios por formar parte del coro en el año 2022. Es difícil explicar la gran devoción que se vive en esa celebración, acompañada por una homilía espectacular del padre Guillermo Varela Oro. Realmente había en aquellos niños una inocencia, un corazón, una alegría y una sencillez que cautivan el alma.

Aquello trajo a mi memoria mi propia Primera Comunión. En su momento fue algo muy especial para mí, como lo es para cualquier niño. Sin embargo, a medida que fui creciendo, le di cada vez menos importancia y constancia. Tanto fue así que, cuando intentaba recordarla, eran pocas las imágenes y sensaciones que acudían a mi memoria. Incluso, después de los dieciocho años, recién me percaté de la fecha en que la había realizado. ¡Qué horror! ¡Cuánta mundanidad había ocupado mi pensamiento!

Entonces comprendí que asistir a una misa tan especial como la de las Primeras Comuniones supone una renovación de aquella primera vez. Pude volver a sentirla presente en mi corazón al contemplar los rostros de esos niños, como si fueran el mío propio. Todo gracias a ellos, que vivían intensamente cada momento de la celebración con una alegría desbordante, vestidos con sus trajes de fiesta. Aquella experiencia me llevó a tomar una actitud más firme y comprometida respecto a la participación en estas celebraciones.

Asimismo, pude percibir que, en un gran número de familias, la Primera Comunión parecía convertirse en una especie de acto protocolario: un trámite que el niño realiza y que luego queda guardado en el cajón de los «bonitos recuerdos». No puedo juzgar a nadie por ello, porque yo mismo atravesé ese mismo proceso de envejecimiento interior.

Y sí, esa fue la conclusión a la que llegué: el envejecimiento del alma. Un envejecimiento que no viene determinado por la edad, sino por la pérdida de esa actitud de vivir plenamente cada momento, tal como lo hacen aquellos niños. Son tantas las cosas que podemos aprender de ellos. Allí pude contemplar el triunfo de la sencillez sobre lo que me atrevería a llamar la «intelectualidad».

Ese fue el primer momento, en mucho tiempo, en el que pude volver a notar esta manera de evangelizar tan sencilla y natural, característica del niño.

En 2023, ya trabajando en la fotocopiadora durante los horarios de primaria, además de sus ocurrencias y travesuras en los recreos, lo que más me impactó fueron los actos escolares. En todos ellos se percibe un matiz muy diferente al de los actos de secundaria.

Siempre se me enseñó que al niño le atrae todo aquello que resulta vistoso, y los actos reflejan perfectamente esa realidad. Siempre hay escenografías cuidadas, siempre hay algún pequeño que deslumbra con su disfraz y su actuación. Siempre aparecen signos y recursos que les ayudan a comprender mucho mejor lo que se les quiere transmitir. Son actos preparados con gran dedicación.

Desde luego, la vivencia de estos actos es completamente distinta a la de los actos de secundaria. Ambas etapas, con sus respectivas formas de abordar las fechas importantes, son necesarias y valiosas. Sin embargo, qué buena dosis de frescura y entusiasmo aportan los actos de primaria. Uno se queda con ganas de seguir viéndolos.

Más aún se me erizó la piel cuando, en el acto del 25 de mayo, llegó el momento de entonar el Himno Nacional Argentino. Cada uno de los chicos cantaba con una potencia que dejaba humillados a todos los mayores que los veíamos, incluyéndome. Fue emocionante. ¡Qué dedicación, qué gran sentimiento patriótico! Daban un testimonio muy fuerte y, al mismo tiempo, muy natural.

Ninguna maestra les pidió en ese momento que cantaran así, aunque evidentemente la enseñanza recibida influye. Luego me tocó acercarme un rato al acto de secundaria y… no hay con qué darle. Sentí mucha pobreza. Tal vez sea por el ambiente, por la formalidad del acto, no sé. Porque, cuando juega la Argentina, el himno, cantado por todos, se siente hasta el cielo.

No vengo a resolver eso, sino a dar testimonio de la gran diferencia que existe entre el alma del niño, la del adolescente y, también, la del adulto. Fue en aquel acto de primaria cuando dije en mi interior: «Los niños salvarán al mundo».

Tampoco olvido las palabras de Jesús: «Volverse como niños». Palabras que, en la teoría, están muy bien estudiadas, pero que, en la práctica, muchas veces envejecen. Y cuando uno se encuentra de frente con la realidad, se le ponen todos los pelos de punta.

No hay duda: seremos salvados por los niños. Gracias por sus testimonios. Seguiré escribiendo sobre ustedes.

Salvados por niños

Testimonios naturalmente fuertes
cargados con ímpetu de demencia
Demencia portada de imaginación
Imaginación marcada por esencia
semilla de la que brota la ilusión
Un futuro noble habitado por gigantes

Por gigante no llamamos al cuerpo
sino al alma robusta de Humildad
lo llamamos sencillez inocente
remedio implacable para el tuerto
quien se envejece en mundanidad
por su mirada amargada del presente

Pocos ven al gigante escondido
pocos encuentran el tesoro que reluce
Hay más por admirar que solo ternura
aún enseñan la verdad de lo perdido
viviendo intensamente lo que se cruce
con sensación de disposición pura

Que poco concebido pero necesario
es ver un adulto, que del niño aprenda
y que sea revivido en corazón, sanados
Héroes extraordinarios de lo ordinario
Con más hazaña de las que parece
en ellos está la clave para ser salvados

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