Ding, dang, dong…

magos

Todos somos niños. Basta ver nuestras caretas caer el día de Reyes, y más aún la víspera, la noche de Reyes famosa en el mundo entero. Nuestras sonrisas postizas dibujan entonces trazos que parecen encender las luces que nos indican el camino de vuelta a los tiernos años de la infancia física. “¿Física, dices?”, me lanzas como afrentado mientras ves a tus vástagos y a los vástagos de tus vástagos multiplicarse en entusiasmos mil, sentidos como no puede ser de otra manera que esperando de los Magos y los magos de los Magos hacer de Magos… sin saber que hacen de Magos.

Pues digo “infancia física”, sí. Porque hay otra que es la espiritual, más preciada que el oro, porque provoca en nosotros el encanto de esperarlo todo (digo “todo”) del Mago por antonomasia, nuestro Dios y Señor Jesucristo, que nos ha abierto el camino hacia la bienaventuranza eterna. Sabemos que Él es nuestro Mago, nuestro Maestro distinto de todo maestro de esos que nos buscan en los astros para llenarse los bolsillos de la paga de los inocentes que caen en sus cartas. Nuestro MaestroJesús, el Cristo que había de venir y vino-, fue Él aquel que se vació de todo para llenarnos el corazón de la felicidad sin fin que le confiere el ser el Hijo del Padre, una de las tres Personas divinas que llamamos Santísima Trinidad: Padre, Hijo y Espíritu Santo.

¿Cómo haremos, pues, para ser niños de nuestro Padre, Dios? El año se acaba, como si fuera un carrillón que va cantando las horas al tuntún del tiempo: “Ding, dang, dong…”, recordándonos que nuestra vida acabará también un día, el menos pensado. Llegará a término el motivo que nos motiva: el amor. Será –inesperadamente para los necios-, lo único que nos llevaremos a la otra orilla, allá al otro lado del horizonte, donde todo acaba… y donde todo empieza. ¿Cantaremos nuestro villancico primero, o nos cantarán las cuarenta? Tú tienes la respuesta.

Prepárate. Inspírate por el cantar de las horas, porque cuando suene la Hora, dejaremos de jugar y sabremos que los Magos tenían razón: Dios ha nacido en Belén para enriquecernos en su rica pobreza inmortal, como cantaban sus ángeles a su alrededor. Canta, pues, porque es hora de cantar. Sueña, porque es hora de soñar. Vive, porque es hora de vivir. Dios nos quiere niños y felices, no aguafiestas. Pero no te olvides de ser niño como el Niño, porque el lenguaje que él habla es el del necesitado: ese poverello que te encuentras sin que tenga donde caer y que espera todo de ti: tu amor.

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