Misas de niños

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Cuando era niño asistí a alguna de esas llamadas “misas de niños”. No a muchas. Después de dos o tres, pedí a mis padres que no me llevaran más. Lo mismo les pasó a mis hermanos. Éramos niños, no tontos. Y nos dábamos cuenta de que en aquellas reuniones de domingo por la mañana, lo que ocurría era muy diferente a una misa. Sí, había Consagración. Pero cualquier otro parecido con la realidad era pura casualidad.

Más adelante, ya de adulto, alguna vez he caído en una de esas “misas” infantiles, por descuido, sin saber que a esa hora lo que se celebraba era “misa de niños”. Por no poder asistir a otra hora me he tenido que quedar, y el suplicio ha sido indescriptible. Gritos, llantos, carreras, risas, el sacerdote hablando a su “público” de forma muy parecida a la que lo hacen un payaso o un mago infantil al suyo… Una vez más, cualquier parecido con la realidad, mera coincidencia.

La liturgia no es un invento del hombre para dirigirse a Dios, ni mucho menos algo para entretener a los fieles que acuden cada domingo a la parroquia. La liturgia es una revelación y un don divino. Se trata de una participación en la liturgia celestial: Dios toma la iniciativa de comunicarse y salvar, y el ser humano responde a ese don. Benedicto XVI, en su libro “El espíritu de la liturgia”, dice que cuando la liturgia se convierte en algo que «hacemos nosotros mismos», pierde su verdadero sentido y su capacidad de conectarnos con lo divino.

El Concilio Vaticano II define la liturgia como «la obra de Cristo Sacerdote y de su Cuerpo, que es la Iglesia». Una vez más, se insiste en la misma idea: la liturgia no es un invento del hombre, es algo que viene de Dios. Por tanto, el hombre no tiene la potestad, ni el derecho, a hacer lo que quiera con la liturgia.

El Cardenal Sarah, en su libro “El cántico del cordero”, afirma lo siguiente: El santo sacrificio de la Misa no se celebra para un grupo particular de personas (…) Una misa regular y sistemática para una congregación específica destruye, en realidad, el misterio pascual de Jesucristo.

Más adelante, refiriéndose ya en concreto a las misas infantiles, continúa diciendo: la idea de celebrar Misas de niños no tiene ningún sentido, porque infantiliza a los niños y desacraliza la liturgia.

Cuando yo era niño no tenía, evidentemente, la formación cristiana que tengo ahora. Sin embargo, ya me daba cuenta de que lo que ocurría en esas misas no tenía mucho que ver con las misas a las que asistía con mis abuelos cuando me quedaba a dormir con ellos el fin de semana. Pensaba que lo que se celebraba en aquellas reuniones dominicales era más bien un entretenimiento, y no la rememoración del sacrificio de Cristo en la Cruz.

El cardenal Sarah, un poco más adelante, en el citado libro, dice que en lugar de adaptar la liturgia para contentar a los niños, habría que inundarlos del esplendor y la belleza de las celebraciones, de la música sacra y del arte. Si sus padres y maestros les enseñan con paciencia y diligencia, acabarán comprendiendo, valorando y amando una liturgia en la belleza de la santidad.

Aquí se encuentra, a mi juicio, el núcleo de la cuestión. ¿Por qué pensamos que los niños no pueden participar en la liturgia de la Iglesia tal como es, con su solemnidad, sus silencios, sus oraciones y sus signos sagrados?

¿Por qué damos por supuesto que, para que un niño comprenda algo, debemos transformarlo previamente en un espectáculo a su medida?

Hay en esta actitud una concepción profundamente equivocada de la infancia. Parece que consideramos a los niños incapaces de asombrarse ante aquello que supera su comprensión inmediata. Como si sólo pudieran interesarse por lo que conocen, por lo que les resulta familiar, por aquello que se parece a sus juegos y entretenimientos cotidianos. Y, sin embargo, la experiencia demuestra precisamente lo contrario.

Un niño puede quedar fascinado ante la inmensidad de una catedral, la luz de una vidriera, el sonido solemne de un órgano o el misterio de un rito cuyos detalles todavía no comprende. No necesita conocer la teología de la Eucaristía para intuir que está ante algo distinto de lo ordinario. No necesita comprenderlo todo para sentir admiración ni para participar en la sacralidad de lo divino.

Tampoco nosotros comprendemos por completo el misterio de la Misa. Ni lo comprenderemos jamás. Si esperásemos a entender plenamente lo que sucede en el altar para participar en la celebración, no asistiríamos nunca. La liturgia no está destinada a satisfacer nuestra necesidad de comprender, sino a introducirnos en el misterio de Dios. Y esto vale para los adultos tanto como para los niños.

Educar en la fe no consiste en reducir lo sagrado a las dimensiones de nuestra experiencia cotidiana, sino en ayudar a elevar nuestra mirada hacia aquello que nos trasciende. No hacemos más accesible una realidad por el mero hecho de trivializarla. A veces, al contrario, la despojamos precisamente de aquello que la hace digna de ser conocida y amada.

Pensemos en la educación musical.

¿Se nos ocurriría afirmar que un niño no puede apreciar la música clásica porque no entiende su estructura, sus armonías o las intenciones del compositor? ¿Concluiríamos que debemos sustituirla por canciones infantiles en cualquier circunstancia?

Lo razonable sería acercarle esa música, despertar su sensibilidad y darle tiempo para descubrir su belleza. ¿Por qué, entonces, actuamos como si la liturgia exigiera un criterio pedagógico completamente distinto?

La cuestión no es que los niños deban permanecer inmóviles durante toda la celebración ni que haya que ignorar sus necesidades. Es natural que se distraigan, que lloren los más pequeños o que les cueste mantener la atención. La Iglesia siempre ha sido Madre también de los niños. Pero una cosa es acogerlos con paciencia y otra muy distinta convertir la celebración eucarística en una actividad de animación infantil, en una suerte de circo dominical.

Esta mentalidad se manifiesta de manera especialmente evidente en la música. Durante siglos, la Iglesia cultivó un patrimonio musical extraordinario, nacido de la fe y puesto al servicio de la oración. El canto gregoriano, la polifonía sacra y la música de órgano no son simples vestigios de una época pasada, ni adornos estéticos que puedan intercambiarse indistintamente por cualquier otra forma musical. Son parte de una tradición espiritual que ha contribuido a expresar y transmitir la fe cristiana a lo largo de generaciones.

El Concilio Vaticano II, tan invocado a menudo para justificar innovaciones de todo tipo, afirmó expresamente en Sacrosanctum Concilium que la Iglesia reconoce el canto gregoriano como propio de la liturgia romana y que, en igualdad de circunstancias, debe ocupar el primer lugar en las acciones litúrgicas. También destacó la importancia de la música sacra y reconoció al órgano de tubos un lugar de honor entre los instrumentos musicales tradicionales de la Iglesia latina.

No parece, por tanto, que los padres conciliares estuvieran pensando en que la música propia del culto debía ser reemplazada por cualquier estilo popular que pudiera resultar más atractivo para el público de cada época.

Y, sin embargo, en no pocas celebraciones hemos asistido a una sustitución progresiva de la música sacra por canciones de inspiración pop, melodías sentimentales y composiciones que parecen concebidas más para amenizar una reunión que para acompañar el sacrificio eucarístico. Se cambia el órgano por las guitarras, el canto litúrgico por ritmos propios de la música comercial y, en ocasiones, se toman melodías de canciones de Bob Dylan o de los Beatles para colocarles una letra religiosa. Como si bastara con mencionar a Dios en una canción para convertirla en música sagrada.

Conviene aclararlo: una guitarra no es, por sí misma, un instrumento indigno del culto, ni toda composición contemporánea es necesariamente inadecuada. La cuestión no se resuelve contraponiendo mecánicamente instrumentos antiguos y modernos. Se trata de discernir qué música corresponde a la naturaleza de la liturgia, a sus textos, a sus momentos y a su finalidad sagrada. Una melodía puede ser hermosa, emocionante e incluso inspiradora sin que por ello sea apropiada para la celebración de la Eucaristía.

El problema aparece cuando se confunde la música religiosa con la música litúrgica, y ambas con la música que simplemente gusta a la gente. Son realidades que pueden coincidir, pero no son equivalentes. La música litúrgica no tiene como finalidad principal entretener, despertar emociones agradables o crear un ambiente de familiaridad. Está al servicio del culto a Dios. No es un concierto interrumpido por oraciones, ni una banda sonora para hacer más llevadera la ceremonia. Es oración, alabanza y adoración.

Cuando se toma una canción popular y se le cambia la letra para introducir referencias a Jesús, a María o al amor de Dios, cabe preguntarse qué se está ganando y qué se está perdiendo.

¿Acercamos realmente a los niños al misterio de la fe o les enseñamos, sin darnos cuenta, que lo sagrado no tiene un lenguaje propio y que cualquier melodía de su mundo cotidiano sirve indistintamente para dirigirse a Dios?

La Iglesia no necesita imitar a la cultura comercial para hacerse presente en el mundo. Tiene un tesoro propio, recibido y transmitido durante siglos, que no debería avergonzarse de ofrecer. ¿Qué sentido tiene enseñar a los niños que la Misa es algo extraordinario si, al mismo tiempo, eliminamos de ella los signos que manifiestan su singularidad?

El órgano, el gregoriano, el silencio, la orientación de los gestos, los ornamentos, el lenguaje de las oraciones y la solemnidad de los ritos, ¡el latín!, no son necesariamente barreras que debamos derribar para llegar a los niños. Pueden ser, precisamente, puertas de entrada al misterio.

Es aquí donde conviene reivindicar la belleza de la liturgia tradicional católica. No por una nostalgia sentimental, ni por el deseo de regresar a una época idealizada en la que todo supuestamente funcionaba mejor, sino porque en esa tradición encontramos una comprensión particularmente elocuente de la relación entre Dios y el hombre.

La liturgia tradicional, con su riqueza de oraciones, sus silencios, su canto gregoriano, su polifonía, sus gestos reverentes y su sentido de lo sagrado, recuerda al fiel que no es él quien ocupa el centro de la celebración. El centro es Dios. El sacerdote no está llamado a convertirse en un animador que busca mantener entretenida a la asamblea; es el ministro que sirve a una acción sagrada que lo precede y lo supera.

Los fieles no acuden a consumir una experiencia religiosa diseñada a su gusto, sino a participar en el culto de la Iglesia y a recibir el don de la gracia. Quizá por eso, con los años, me di cuenta de que tiene mucho más sentido que el sacerdote, al decir la Misa, dé su espalda a los fieles. Porque la Misa es algo que se dirige a Dios, no a los hombres.

La belleza de esta liturgia no depende de que cada asistente comprenda intelectualmente todos sus elementos. Su fuerza reside también en que permite percibir, a través de los sentidos, que estamos ante algo que no hemos fabricado nosotros. La solemnidad de los gestos, la riqueza de los símbolos y la distancia que establece respecto de lo ordinario nos recuerdan que Dios no es una prolongación de nuestras preferencias, ni la religión una forma de entretenimiento espiritual.

Esto no significa que la belleza litúrgica sea patrimonio exclusivo de una única forma del rito romano, ni que toda celebración contemporánea carezca de ella. La liturgia reformada después del Concilio Vaticano II puede celebrarse con profunda reverencia, fidelidad a los libros litúrgicos y auténtico sentido de lo sagrado. La propia tradición litúrgica de la Iglesia es más rica que cualquier simplificación polémica. Pero precisamente por eso resulta tan lamentable que, en nombre de una supuesta adaptación pastoral, se haya llegado en algunos lugares a empobrecer las celebraciones y a convertirlas en algo que depende excesivamente del gusto particular de quien las organiza.

La tradición no es un obstáculo que debamos superar para hacer atractiva la fe. Es un patrimonio que hemos recibido y que tenemos la responsabilidad de custodiar y transmitir. Nadie puede dar lo que no posee, y una generación que desprecia la riqueza espiritual recibida difícilmente podrá entregársela a la siguiente.

La liturgia no nos pertenece. No somos sus propietarios, sino sus servidores. No tenemos que inventarla de nuevo cada domingo para que resulte interesante. Tenemos que aprender a recibirla, celebrarla dignamente y transmitirla con fidelidad.

Hay, además, una paradoja en todo este asunto. Con la intención de acercar la religión a los niños, podemos acabar transmitiéndoles una imagen empobrecida de ella. Les ofrecemos una celebración más parecida a sus actividades escolares o a sus espectáculos de entretenimiento y después nos sorprendemos cuando, al crecer, dejan de encontrar en ella algo que les atraiga. Curiosamente, y es algo que he comprobado cuando descubrí, hace años, la misa tridentina, muchos de esos que se alejaron vuelven al descubrir en esa forma extraordinaria del rito latino el misterio de lo sagrado.

Tal vez no hemos comprendido que los niños no necesitan que todo sea infantil. Necesitan que los adultos les muestren las cosas importantes como lo que son. Necesitan que les enseñemos a guardar silencio, a escuchar, a contemplar y a descubrir que existen realidades que merecen respeto y reverencia. Necesitan aprender que no todo gira en torno a ellos y que el mundo es mucho más grande que sus deseos inmediatos.

También en la vida cristiana hay que aprender a esperar, a perseverar y a dejarse educar. La fe no se transmite exclusivamente mediante explicaciones comprensibles para cada edad, sino también a través de los hábitos, los símbolos, la oración compartida y el ejemplo de los mayores. Un niño que acompaña a sus padres a Misa, que ve a su padre arrodillarse ante el Santísimo, que escucha a su madre rezar y que contempla una celebración digna está recibiendo una educación religiosa que va mucho más allá de las palabras.

Gracias a Dios, me considero, en este sentido, un privilegiado. En casa he recibido, desde niño, ese ejemplo, tanto en mis padres como en mis abuelos, que me ha ayudado a ir creciendo en la fe y, a medida que iba madurando, sentir la necesidad de profundizar en ella.

Por supuesto, habrá momentos en que los niños se cansen, se distraigan o no comprendan lo que sucede. Para eso están la paciencia de los padres, la catequesis y una adecuada preparación. Se les puede explicar, con palabras sencillas, qué significa el altar, por qué el sacerdote eleva la Hostia, por qué guardamos silencio después de la comunión o por qué nos arrodillamos ante el Señor. Se les puede enseñar a reconocer los momentos de la Misa y a seguir sus oraciones. Se les puede ayudar a participar de acuerdo con su edad, sin convertir la celebración en una representación destinada a mantenerlos ocupados.

La Iglesia dispone, además, de recursos litúrgicos específicos para determinadas circunstancias, incluida la celebración de la Eucaristía con la participación de niños, siempre dentro de las normas y orientaciones establecidas por la propia Iglesia. No se trata de negar toda adaptación legítima ni de hacer imposible su participación. Se trata de recordar que la adaptación pastoral tiene unos límites: no puede alterar la naturaleza de la liturgia ni subordinarla a la necesidad de entretener.

El objetivo no es conseguir que los niños se diviertan en Misa, sino que aprendan a amar a Dios. Y para ello no hace falta disfrazar el misterio, sino introducirlo pacientemente en él.

Al final, la pregunta es sencilla: ¿confiamos de verdad en la capacidad de la liturgia para educar en la fe? ¿Creemos que Dios puede tocar el corazón de un niño mediante la belleza, el silencio, la música sacra y la solemnidad de los ritos? ¿O pensamos que todo eso resulta demasiado complicado para una generación acostumbrada a estímulos constantes y entretenimientos inmediatos?

Si la respuesta es lo segundo, quizá el problema no esté en la liturgia, sino en nuestra manera de entender la educación y la propia fe. En lugar de enseñar a los niños -y a los no tan niños- a levantar la mirada, rebajamos aquello que les ofrecemos hasta hacerlo coincidir con lo que ya conocen. En lugar de ensanchar sus horizontes, reducimos el horizonte de la Iglesia a las dimensiones de una actividad infantil.

La liturgia es un don de Dios a su Iglesia. No es una invención humana, ni una obra de teatro, ni una reunión social, ni un producto que deba adaptarse a los gustos del consumidor. Es la acción de Cristo, que se hace presente en medio de su pueblo y nos introduce en el misterio de su muerte y resurrección. En la Eucaristía no vamos simplemente a escuchar cosas bonitas sobre Jesús: participamos sacramentalmente en el sacrificio de Cristo y recibimos el alimento de la vida eterna.

Ante una realidad tan grande, lo verdaderamente extraño no es que un niño se distraiga alguna vez, sino que los adultos hayamos llegado a pensar que necesita una versión descafeinada de aquello que celebramos. El problema es que también demasiados adultos parecen necesitar, cuando van a misa, algo que les entretenga… porque no alcanzan a comprender la importancia de lo que ocurre en el altar. Por desgracia, Occidente ha perdido, hace mucho tiempo, el sentido de lo sagrado.

Cuando era niño, sin saber formular ninguna de estas consideraciones, intuía que había algo que no encajaba en aquellas misas infantiles. En cambio, en las celebraciones a las que asistía con mis abuelos encontraba una seriedad, una belleza y un sentido del misterio que no necesitaban explicaciones constantes. No entendía todo lo que sucedía, pero percibía que allí se celebraba algo importante, algo que no dependía de mis gustos ni de mi capacidad de atención.

Quizá esa sea una de las lecciones que deberíamos recuperar: no tenemos que hacer la liturgia más infantil; tenemos que ayudar a los niños a crecer dentro de ella.

Porque los niños crecen. Los espectáculos pasan. Las canciones de moda cambian. Pero la liturgia de la Iglesia, recibida como un don y celebrada con fidelidad, puede acompañarlos durante toda su vida. Y acaso, cuando sean adultos, recuerden no las bromas del sacerdote ni las canciones que intentaban entretenerlos, sino el silencio de una iglesia, el sonido de un órgano, la belleza de un canto sagrado y la certeza, todavía difícil de expresar con palabras, de que ante el altar estaban en presencia de Dios. Yo, por ejemplo, recuerdo, y siempre recordaré, lo que mis abuelos me enseñaron a decir, en voz baja, en el momento de la Consagración: ¡Señor mío, y Dios mío!.

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