No son simples posturas

Iglesia

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Ciertos gestos, a fuerza de hacerlos, corren el riesgo de perder significado. Por ejemplo, en Misa nos levantamos. Nos sentamos. Nos volvemos a levantar. Nos arrodillamos. Y quien contempla desde fuera una Misa católica sin conocer demasiado bien lo que allí sucede podría pensar que la liturgia es una coreografía aprendida. Naturalmente, no es eso. O no debería serlo.

Para empezar debemos tener claro que no somos una razón o psique que transporta un organismo de un lado para otro. Amamos con el cuerpo, sufrimos con él, pedimos perdón con él. Y también rezamos con él.

De ahí que las posturas que adoptamos durante la Misa, cada una, sea una expresión de algo. Y, al mismo tiempo, nos enseñe algo.

El cuerpo manifiesta lo que cree el espíritu, pero sucede también al revés. Pues estaremos de acuerdo en que ciertas posturas terminan educando el corazón.

Es decir, uno se arrodilla porque adora; pero, a veces, necesita arrodillarse para volver a aprender a adorar.

El cristianismo, que tiene en la Encarnación uno de sus misterios centrales, no desprecia ni considera el cuerpo una envoltura más o menos incómoda.

Dios mismo quiso entrar en la historia tomando carne, y desde entonces el cuerpo humano quedó también incorporado, de una manera misteriosa y bellísima, al lenguaje de la fe.

Por eso importa cómo nos colocamos ante Dios. Porque las posturas expresan una disposición interior y, al mismo tiempo, ayudan a suscitarla.

Nos ponemos de pie porque queremos estar atentos; nos sentamos porque queremos escuchar; nos arrodillamos porque adoramos. La relación entre el gesto y el corazón funciona, además, en ambas direcciones. Es decir, unas veces el cuerpo exterioriza lo que ya sucede dentro de nosotros y otras veces es precisamente el gesto el que educa poco a poco el alma.

Quien se arrodilla quizá lo haga porque siente profundamente la presencia de Dios, pero también puede suceder que, al doblar las rodillas, recuerde de pronto quién es él y ante Quién se encuentra.

La liturgia no deja al azar nuestros movimientos, sino que los integra en una celebración en la que todo posee un significado.

Estar de pie

Ponerse de pie es el gesto más universal de respeto y disponibilidad.

Generalmente levantamos cuando entra alguien a quien queremos honrar, cuando deseamos recibir a una persona importante o cuando estamos dispuestos a emprender un camino.

No hace falta que nadie nos explique demasiado ese lenguaje. Pues el cuerpo comprende de manera casi instintiva que estar de pie significa estar alerta, despierto, preparado.

Para los primeros cristianos permanecer erguidos estaba también vinculado a la resurrección. El hombre que ha sido levantado por Cristo ya no comparece ante Dios únicamente como un siervo temeroso, sino como un hijo reconciliado que puede mirar al Padre con confianza. Hay, por tanto, una mezcla admirable de reverencia y libertad en esa postura. Estamos delante de Dios, sí, pero no delante de un tirano; estamos ante el Padre.

Durante la Misa adoptamos esta posición en momentos muy significativos.

Nos levantamos al comenzar la celebración, acompañando la entrada del sacerdote y de los ministros; permanecemos de pie cuando el celebrante dirige a Dios ciertas oraciones en nombre de toda la comunidad; lo hacemos también para profesar el Credo y durante la oración universal.

Pero el momento en el que esta postura adquiere mayor elocuencia sea la proclamación del Evangelio. Hasta entonces hemos permanecido sentados escuchando las otras lecturas, pero cuando llega la palabra de Dios nos ponemos en pie. No porque las páginas anteriores de la Escritura carezcan de dignidad, sino porque la liturgia quiere subrayar de un modo sensible que algo decisivo está aconteciendo, Cristo habla a su Iglesia.

Pero no olvidemos que uno puede levantarse perfectamente sin ponerse verdaderamente en pie por dentro. Podemos tener la espalda erguida mientras nuestra atención continúa dispersa entre preocupaciones domésticas, pensamientos pendientes o asuntos que nada tienen que ver con lo que se proclama.

La liturgia no busca fabricar autómatas disciplinados, sino creyentes capaces de comprender el sentido de lo que hacen.

Aprender a recibir antes de responder

La postura de estar sentado puede parecernos la menos solemne y, quizá precisamente por eso, una de las más fáciles de malinterpretar. Sentarse en Misa no es simplemente descansar después de haber permanecido un tiempo de pie, ni aprovechar unos minutos de menor intensidad hasta que llegue el siguiente momento importante.

En la tradición de la enseñanza, el discípulo se sienta para escuchar al maestro, y esa imagen encierra buena parte del significado de esta postura. Quien se sienta reconoce implícitamente que no posee todavía todas las respuestas y que necesita recibir una palabra antes de pronunciar la suya.

Nos sentamos durante las lecturas anteriores al Evangelio, durante el salmo responsorial y durante la homilía; también lo hacemos durante determinados momentos de preparación.

Parte de nuestra dificultad para vivir la Misa tal vez proceda haber perdido la capacidad de escuchar sin hacer otra cosa a la vez. Estamos sentados, pero interiormente continuamos de pie, caminando, calculando, organizando. El cuerpo permanece en el banco mientras la imaginación se ha marchado ya al almuerzo familiar, al mensaje que no hemos respondido o al problema del día siguiente.

La liturgia, en cambio, nos devuelve una y otra vez a una disciplina casi olvidada de antes de hablar, escucha; antes de actuar, recibe; antes de construir tus propias respuestas, permite que una palabra distinta de la tuya pueda alcanzarte.

El gesto que devuelve al hombre su medida

Arrodillarse posee una fuerza distinta. Es el gesto más radical de todos porque compromete físicamente nuestra relación con aquello que tenemos delante. Uno puede estar de pie ante otro hombre, sentarse frente a él o caminar a su lado; ponerse de rodillas, sin embargo, pertenece a otro orden.

Es un gesto de adoración, de súplica, de penitencia y de reconocimiento de una grandeza que nos supera.

No resulta extraño que una cultura tan celosa de la autonomía personal contemple esta postura con cierta incomodidad. Hemos aprendido a sospechar de cualquier gesto que pueda parecer sumisión.

Durante la consagración, la Iglesia invita a los fieles a arrodillarse porque allí acontece el centro mismo de la celebración eucarística. La fe católica confiesa que el pan y el vino se convierten verdaderamente en el Cuerpo y la Sangre del Señor. Ante una afirmación de tal calibre, las rodillas dejan de parecer un detalle. El cuerpo participa de la confesión de fe.

Mientras el entendimiento intenta aproximarse al misterio y las palabras quizá se quedan cortas, el hombre dobla las rodillas.

Naturalmente, la Iglesia conoce las limitaciones concretas de las personas. La edad, la enfermedad, la falta de espacio o cualquier otra circunstancia razonable pueden impedir adoptar esa postura, y no tendría sentido transformar la reverencia en una prueba física.

Pero precisamente por eso se propone, cuando uno no puede arrodillarse, una inclinación profunda que exprese exteriormente lo mismo: la adoración. Lo importante no es la perfección gimnástica del gesto, sino su verdad.

La Comunión contiene, quizá más que ningún otro momento de la Misa, el riesgo espiritual de acostumbrarnos a lo extraordinario.

Caminamos en fila, avanzamos hacia el altar, recibimos la Hostia y regresamos a nuestro sitio. La repetición puede hacer que el gesto se vuelva familiar y, si no se cuida, puede deslizarse hacia la distracción.

Pero lo que está sucediendo es de una gravedad y una belleza difícilmente exagerables, el cristiano recibe a Cristo. Hay que saber ante Quién estamos. 

El lenguaje del cuerpo y el del alma están llamados a sostenerse mutuamente.

Durante demasiado tiempo hemos corrido el riesgo de enseñar las posturas litúrgicas como simples instrucciones: ahora de pie, ahora sentados, ahora de rodillas.

Los niños comprenden muy bien este lenguaje porque están especialmente atentos a los gestos.

Al final, nuestras posturas durante la Misa dibujan una especie de itinerario interior. Nos ponemos de pie porque estamos llamados; nos sentamos porque necesitamos aprender; nos arrodillamos porque reconocemos a Dios; caminamos hacia la Comunión porque toda la existencia cristiana es un camino hacia Él.

La próxima vez que en Misa nos pongamos de pie, nos sentemos o nos arrodillemos, quizá valga la pena hacerlo un poco menos deprisa y un poco más conscientemente.

No olvidemos que mientras creemos estar simplemente cambiando de postura, el cuerpo está pronunciando una profesión de fe: escucha cuando debe escuchar, espera cuando debe esperar y se arrodilla cuando reconoce que está ante Dios.

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