Hace unos días, el Gobierno de Francia presentó un programa para “salir del invierno demográfico”. El anuncio, difundido por la ministra de Salud Stéphanie Rist, propone 16 medidas centradas en mayores de 29 años —edad a partir de la cual, en Francia, se vincula especialmente el acceso a la criopreservación de ovocitos— y pretende afrontar una realidad preocupante: 1,6 hijos por mujer y una de cada ocho parejas con dificultades para tener hijos por problemas de fertilidad.
Sin embargo, al revisar el contenido del plan, aparece un problema de fondo:
se quiere aumentar la natalidad recurriendo a herramientas que han contribuido a debilitarla, tanto por sus efectos sociales como por la mentalidad que alimentan.
La pregunta, entonces, no es solo qué medidas se proponen, sino qué antropología las sostiene.
Qué incluye el programa: más tecnología reproductiva y “pedagogía” sexual
Entre las medidas presentadas se encuentran:
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Ampliar los centros de congelación de ovocitos y llegar a 70 centros en 2028.
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Crear un sistema informativo nacional para gestionar donaciones de gametos y embriones.
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Mejorar la organización de los itinerarios en los centros de reproducción asistida y abrir un portal dedicado a la fertilidad.
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Reforzar la lucha contra endometriosis y síndrome de ovario poliquístico, patologías reales que pueden dificultar la concepción.
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Lanzar acciones formativas en escuelas y una campaña nacional para “mejorar el conocimiento” sobre salud reproductiva y “combatir prejuicios”.
Además, el Gobierno planea un gesto simbólico de gran alcance: enviar una carta, después del verano, a todos los ciudadanos de 29 años, con información “precisa, equilibrada y científicamente fiable” sobre salud sexual, anticoncepción, datos sobre fertilidad y técnicas de preservación como la autoconservación de gametos y el congelamiento de ovocitos.
Y aquí surge una duda legítima: ¿habrá también espacio para informar sobre caminos de cuidado de la fertilidad que no se reduzcan a “posponer” la maternidad y paternidad con bancos de gametos? ¿Se mencionarán alternativas que respeten el cuerpo y su lenguaje natural, o la carta se limitará a un enfoque tecnocrático?
Combatir la baja natalidad con anticoncepción
El primer cortocircuito es evidente: se presenta un plan para aumentar nacimientos que incluye la promoción de la anticoncepción, precisamente uno de los factores culturales que han favorecido la caída de la natalidad en Occidente.
La anticoncepción generalizada normaliza una idea muy concreta —que la fertilidad es un “problema” a controlar— y termina instalando una lógica donde el hijo aparece como opcional, negociable, posponible… y a menudo inconveniente.
Además, no estamos ante un detalle menor: cuando se separa sistemáticamente sexualidad y apertura a la vida, se erosiona el sentido mismo de la paternidad y la maternidad como vocación, don y responsabilidad.
El segundo problema: la fecundación artificial y la “cosificación” del hijo
El plan también impulsa la fecundación artificial (incluida la heteróloga) y la crioconservación. Y aquí aparece una contradicción más profunda: aunque parezca paradójico, el sustrato cultural de estas técnicas suele ser antidemográfico.
¿Por qué?
Porque la reproducción asistida, tal como se gestiona en muchos sistemas, tiende a presentar al hijo como un “producto del concebimiento”: algo obtenido mediante un procedimiento, sujeto a planificación, selección, descarte o congelación. En ese marco, el niño deja de ser un don y corre el riesgo de convertirse en un resultado.
Y, en la práctica, ¿quién recurre más frecuentemente a la “procreación en laboratorio”? A menudo, parejas que llegan tarde a la decisión de tener hijos. No pocas veces no porque no desearan la vida familiar, sino porque el modelo social dominante invita a anteponer proyectos, consumo, estabilidad económica perfecta o autorrealización… y dejar la maternidad y paternidad para “cuando convenga”. Entonces el hijo queda reducido a un complemento del proyecto de pareja: un “adorno” que completa la casa, la biografía o la imagen.
En una cultura así, es difícil que las cunas se llenen. Porque si el hijo es un instrumento de realización personal, se tenderá a querer uno, quizá dos, y a condición de que encajen sin alterar demasiado el estilo de vida.
En cambio, la apertura generosa a la vida nace cuando el hijo se valora por sí mismo, no como accesorio de la propia satisfacción.
Recuperar matrimonio y sentido del tiempo
Si un Estado quiere de verdad combatir la baja natalidad, no basta con clínicas, portales web y campañas. Hace falta un giro cultural y también estructural. Dos caminos, especialmente claros desde una visión cristiana (y razonables también desde el sentido común social), serían:
1) Volver a apostar por el matrimonio y la estabilidad
Los datos en distintos países europeos muestran que la natalidad se sostiene mejor donde hay estabilidad conyugal: la confianza mutua y el horizonte de compromiso facilitan abrirse a nuevas vidas. Si se quiere favorecer nacimientos, es coherente apoyar el matrimonio, no tratarlo como una opción más sin particular valor social.
No se trata de propaganda religiosa, sino de realismo demográfico: la precariedad afectiva y la fragilidad de vínculos hacen que muchas parejas duden ante la llegada de un hijo.
2) Dejar de vender la idea de que “se puede tener un hijo cuando se quiera”
La fertilidad tiene un ritmo. La vida humana tiene estaciones. Convertir la paternidad en un “proyecto siempre aplazable” es una receta para el desplome natalista.
Combatir causas de infertilidad es positivo —por ejemplo, atender patologías como endometriosis—, pero la primera causa social de muchos problemas para concebir es el retraso sistemático de la maternidad. Y eso no se resuelve sugiriendo “congela tus gametos”, porque ese mensaje, de hecho, empuja a ser padres fuera de tiempo, consolidando el mismo patrón cultural que ha generado el problema.
Y la gran ausente: la vida en el vientre y el drama del aborto
Hay, por último, una verdad incómoda que muchos programas demográficos esquivan: la primera causa directa de baja natalidad en Occidente es el aborto. Si un país elimina a un número altísimo de hijos antes de nacer, ninguna campaña informativa ni ninguna red de clínicas compensará ese vacío.
Un plan serio para “llenar las cunas” no puede ignorar a los niños que ya existen —en el vientre de su madre— y que no llegarán a ver la luz.
Una sociedad que pretende más nacimientos mientras facilita que los no nacidos sean descartados se instala en una contradicción moral y demográfica.
Francia busca “temperaturas más suaves” tras el invierno demográfico. Pero el termómetro no subirá solo con tecnología reproductiva y anticoncepción.
La natalidad se recupera cuando se recupera el sentido del hijo como don, del matrimonio como casa estable de la vida, y del tiempo humano como un camino con etapas.
Si se alimenta una cultura donde la fertilidad se controla, el hijo se produce y la vida se puede interrumpir, las cunas seguirán vacías. Si, en cambio, se protege la vida desde su inicio y se impulsa un horizonte social favorable a la familia, entonces —sí— podrá hablarse de una primavera demográfica.










