Hace unos meses veía la bella película «Tres adioses», dirigida por Isabel Coixet. Se inspiraba en varios de los relatos incluidos en el libro «Tres cuencos: Rituales para un año de crisis», escrito por la italiana Michela Murgia. Tanto la autora del libro como la protagonista de los relatos y la película fallecen debido a un cáncer de riñón. De hecho, el libro comienza de este modo: «Usted tiene un crecimiento anormal de células en el riñón».
Y a mí me han detectado un cáncer de riñón. Vi la película antes de saberlo y de que me operasen para quitarme el riñón. Leí el libro antes de conocer el resultado de la biopsia donde confirmaban la presencia de un tumor maligno, un cáncer de células claras. Comienzo a escribir este artículo en vísperas del inicio del tratamiento de inmunoterapia, basado en fármacos que ayudan a las defensas del propio cuerpo a atacar las células cancerosas.
No fue buscada esa coincidencia de situaciones, donde la ficción y lo real han caminado de la mano.
Pero pienso discutir, y mucho, con la autora y la protagonista, pues mi crisis acabará en supervivencia. No va a haber quejas, lamentos, lloros, sino un enfrentarme a la crisis para recuperarme de la misma. Habrá que hacerlo, en muchas ocasiones, por caminos no esperados ni explorados, que probablemente serán el mejor modo de retornar a la vida normal.
Es difícil enfrentarse a esta situación. Pero lo estoy haciendo, como siempre pensé que lo haría si llegase a presentarse una situación como esta: con la fuerza de mi voluntad, la presencia y apoyo de mi familia y la fe en Dios, que sostiene y fortalece en todo momento.
Otros dirían que uno tres fuerzas: la mental, la emocional y la espiritual. Como prefieran Vds. leerlo y pensarlo.
No pienso cometer el error de mi padre, que murió joven, aunque más mayor que yo hoy, pero que, como escribí en un poema en que me despedía de él: «Decidió irse temprano,/ aunque su esfuerzo no valió la pena./ No quiso sentirse abandonado,/ pero vivió sólo la derrota./ El fracaso de su tiempo,/ que se vaciaba de futuro,/ fue un inútil empeño abocado,/ desde un principio,/ a convertirle en un cadáver frustrado.»
Y más adelante escribí que: «Necesitaba comprender/ y hacer;/ trató de liberarse sufriendo/ pero no luchando.» Se equivocó, tanto por él mismo como por nosotros, los suyos. Sufrió, hizo sufrir, y malgastó su tiempo, pues tuvo un «empeño arduo por irse derrotado», como así se acabó yendo.
Por el contrario, durante este tiempo me estoy acordando mucho de dos viejos amigos, José Alberto y Ricardo, que nos dejaron hace muchos años, con poco más de cuarenta años. Fueron dos ejemplos de cómo enfrentar una enfermedad y sus consecuencias, de cómo afrontar una crisis vital con serenidad, sabiendo, ellos y nosotros, que no eran inmunes al dolor ni al miedo, pero habían aprendido a gestionar su respuesta emocional a la enfermedad mediante la aceptación, el enfoque en el presente y el apoyo activo de quienes les rodeaban.
Hace pocas semanas le recordaba a Margarita, la mujer entonces de Ricardo, una conversación que tuvimos los dos y que ella no conocía. Fue en una de las cabinas del teleférico madrileño que lleva hasta la Casa de Campo, pues nuestros hijos, entonces pequeños, iban en otra cabina acompañados de nuestras mujeres. Durante ese trayecto, los dos solos, hablamos de su enfermedad, de su sufrimiento y de su empeño en vivir como si lo que le esperaba no fuese la muerte.
Nunca he olvidado aquella conversación y siempre he tenido presente a Ricardo como un ejemplo que debería seguir si alguna vez tuviese que enfrentarme a una situación grave. Su empeño, como el de José Alberto, fue irse viviendo. Y eso hicieron hasta su último momento.
Llevo años empeñado en profundizar en el conocimiento de la filosofía, aunque es cierto que, como Sócrates decía, y nos relata Platón en su Apología: «Este hombre, por una parte, cree que sabe algo, mientras que no sabe nada. Por otra parte, yo, que igualmente no sé nada, tampoco creo saber algo.»
Es mi caso, que no sé nada y no creo saber, aunque trato de aprender. Por eso leo a los estoicos como Epícteto, Séneca o Marco Aurelio. Aprender a vivir bien y a morir bien era la gran preocupación de estos filósofos. Y no podemos eludir que, para los antiguos, la filosofía no era la construcción de sistemas, sino una elección de vida.
En el caso de los estoicos, eso suponía autocontrol, como en los epicúreos suponía renunciar a placeres superfluos. No se trata, por tanto, de algo propio de la antigüedad, sino de una forma de vida que aún nos concierne y que debemos tener presente en momentos de crisis y problemas.
El estoicismo busca el dominio de uno mismo para tener una buena vida, pero también una buena muerte. De hecho, el dominio de uno mismo encontraba su máxima expresión en la impasibilidad ante la muerte. Aprender a morir bien era el objetivo primordial del estoicismo. Eso obliga a una vida coherente, y como decía Zenón: «Vivir de manera coherente, es decir, vivir según una regla de vida unificada y armoniosa». Pero obliga también a algo más: «indiferencia ante las cosas indiferentes», es decir, lo que no depende de nuestra libertad (pobreza, riqueza, salud, enfermedad) no es bueno ni malo en sí mismo; es indiferente y debemos liberarnos de ello.
En momentos de enfermedad como estos que vivo, eso supone aceptación, confianza en mí mismo, mis afanes y esfuerzos, y en el trabajo de los médicos. No puedo obsesionarme con lo que no depende de mí, y menos cuando hablo de dolor y sufrimiento, que son una señal, una condición inherente a la vida, a la finitud y a la vulnerabilidad humana.
No pienso como Heidegger, quien en Ser y Tiempo defendía que la esencia del hombre reside en su existencia y no en un «otro mundo».
Soy cristiano católico, y por eso defiendo que la esencia del hombre reside en ser una unidad sustancial de cuerpo y alma, creada a imagen y semejanza de Dios, y dotada de inteligencia y voluntad para conocer y amar a nuestro Creador. Por eso, con san Juan Pablo II, creo que la enfermedad y el sufrimiento no son simples fracasos o castigos, sino una experiencia profundamente humana que adquiere un sentido espiritual a través de la fe.
De esto hablaba en su carta apostólica Salvifici Doloris (1984) y lo mostró a través de su propia vida durante sus últimos años. La enfermedad para el creyente es una llamada a mirar más allá del dolor, el sufrimiento o la angustia y descubrir la cercanía de Dios en medio de la fragilidad. En el final de la carta apostólica que citamos, afirma que: «El misterio de la redención del mundo está arraigado en el sufrimiento de modo maravilloso, y éste a su vez encuentra en ese misterio su supremo y más seguro punto de referencia.»
La familia es el pilar fundamental y el principal apoyo cuando una persona se enfrenta a una enfermedad.
Como nos ha explicado el filósofo Jorge Freire, la familia no es un espacio abstracto o teórico, sino una realidad compleja que equilibra la protección, el arraigo y una particular forma de renuncia personal. Pero como católico, tengo además que tener presente lo que nos decía el papa Benedicto XVI, para quien la familia, la enfermedad y el catolicismo se conectan a través de la vivencia del amor, la cruz y la fe en Cristo. La familia, Pilar y Daniel, me abraza con amor y todo este proceso se convierte en una preciosa oportunidad que nos une aún más.
La vida sólo se da enteramente cuando se dan también el amor y el sentido que permiten decir sí a esta vida. Por eso, la enfermedad es también oportunidad para profundizar en el amor de los esposos o el amor de los padres con los hijos. Y ese amor es quien sostiene al enfermo y el que ayuda a la familia a apoyarle y fortalecerle. Lo estoy viendo, lo estoy viviendo.
El cáncer, la enfermedad, no es un castigo divino, sino una dura prueba de salud, propia de la vulnerabilidad natural del ser humano, y que se afronta combinando la confianza en la ciencia médica con el apoyo de la familia, primer refugio del enfermo, y la oración y la fe en Dios.






