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Nosotros que luchamos con Dios

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Jordan B. Peterson no es teólogo, pero su último libro, Nosotros que luchamos con Dios, se adentra con respeto y profundidad en las Escrituras. Su propuesta central es audaz y a la vez profundamente familiar para quienes viven la fe cristiana: creer no es resignarse ni adormecerse, sino entrar en una lucha diaria por el bien, por la verdad y por el orden. Una lucha que no se libra solo, sino con Dios al lado.

El título del libro evoca el nombre de Israel, que significa “el que lucha con Dios”, tomado del relato bíblico en el que Jacob se enfrenta a un ángel durante toda una noche. Para Peterson, este pasaje no es solo una imagen arcaica, sino un símbolo eterno: la fe auténtica no se vive desde la pasividad, sino desde el combate espiritual.

“He peleado la buena batalla”

El apóstol Pablo, al final de su vida, lo expresó con claridad:
“He peleado la buena batalla, he acabado la carrera, he guardado la fe.” (2 Timoteo 4,7)

Esta frase encierra el espíritu del libro de Peterson. La fe no es una zona de confort; es una tarea exigente. Es resistir al caos interior y exterior, mantenerse firme cuando el mundo se fragmenta, y no ceder ante la desesperanza.

El caos no es solo un concepto: es una amenaza real

Peterson utiliza el concepto de entropía —la tendencia natural al desorden, tomada de la física— para describir no solo lo que ocurre en el universo, sino también en el alma humana y en la sociedad. Sin esfuerzo, todo se degrada. Lo vemos en lo físico: una casa abandonada se derrumba. Lo mismo pasa con una vida sin propósito, una familia sin compromiso, una sociedad sin raíces.

El desorden no requiere energía; simplemente avanza si nadie lo detiene. En cambio, el orden —personal o social— exige intención, sacrificio, disciplina y fe. Justamente los valores que la tradición cristiana ha considerado centrales desde sus inicios.

El Logos: la Palabra que da vida

En el comienzo del Génesis, Dios habla para poner orden en el caos. La tierra estaba “desordenada y vacía” (Tohu wa-bohu), hasta que Su Palabra la llena de luz, forma y propósito. En el Evangelio de Juan, esa misma Palabra —el Logos— es revelada como Cristo:

“En el principio ya existía la Palabra, y la Palabra estaba con Dios, y la Palabra era Dios.” (Juan 1,1)

Para los cristianos, Jesús es el Logos encarnado, la Palabra que ordena el corazón humano, la vida y el mundo. Él no viene a ofrecer una vida fácil, sino una vida con sentido, una vida donde cada acción y cada elección importan. En Él encontramos no solo consuelo, sino también dirección.

Peterson recoge esa idea y la traduce en un lenguaje contemporáneo: si queremos resistir la entropía —el caos del alma, la confusión cultural, el vacío existencial— debemos caminar con el Logos. Es decir, vivir en la verdad, en el servicio, en la responsabilidad. Actuar “como si Dios existiera”, pero más aún: vivir como si nuestra vida tuviera una misión que viene de lo alto.

Luchar con Dios, no contra Dios

La expresión “luchar con Dios” no debe malinterpretarse. No se trata de oponerse a Él, sino de combatir con Él a nuestro lado. Como Jacob en Peniel, como Pablo en sus cartas, como tantos hombres y mujeres de fe a lo largo de la historia, se trata de perseverar incluso en la noche, incluso cuando no entendemos del todo.

Peterson insiste en que estamos hechos a imagen de Dios, lo que significa que también nosotros tenemos el deber de poner orden, de cuidar lo que se nos ha dado, de proteger el bien. Cada acto de verdad, cada decisión correcta, cada vez que nos hacemos cargo de una responsabilidad, estamos participando de esa obra divina.

La civilización como tarea espiritual

La lucha contra la entropía no es solo personal, sino también social. Las sociedades florecen cuando sus miembros se comprometen con algo más grande que ellos. Cuando la familia, la comunidad, la fe y los valores son respetados y fortalecidos. Pero si esos vínculos se rompen, la sociedad se fragmenta. Lo que Peterson llama “desvinculación” es, en términos cristianos, una forma de pecado estructural: el egoísmo generalizado, la indiferencia, la pérdida del bien común.

Y como señala, esta degradación no necesita una conspiración. Basta con que dejemos de luchar. Basta con la tibieza, con la resignación, con el “todo da igual”. Sin una fuente de energía externa —Dios—, cualquier sistema cerrado está condenado a deteriorarse. La civilización necesita fe para sostenerse, no solo en lo privado, sino como alma pública.

La buena noticia: no estamos solos

El mensaje final no es de fatalismo, sino de esperanza. Como cristianos sabemos que no se nos prometió una vida sin pruebas, sino una vida con sentido. La lucha con Dios es, en realidad, una lucha en compañía de Dios. Es la cruz de cada día, pero también la certeza de la resurrección.

Peterson no se presenta como predicador, pero su lectura de la Biblia y de la condición humana coincide con una verdad central del Evangelio: que vale la pena luchar. Que vale la pena amar, servir, hablar con verdad, construir. Que cada pequeño acto de orden, de fe, de justicia, es una victoria contra el caos.

Como dijo San Pablo, “he peleado la buena batalla”. Que esa sea también nuestra oración, nuestra vocación y nuestro destino.

Twitter: @jmiroardevol

Facebook: josepmiroardevol

Sin una fuente de energía externa —Dios—, cualquier sistema cerrado está condenado a deteriorarse. La civilización necesita fe para sostenerse, no solo en lo privado, sino como alma pública. Compartir en X

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