La Asociación Católica de Propagandistas (ACdP) ha dado un paso decisivo para reconocer institucionalmente la figura de su fundador, el jesuita Ángel Ayala Alarcó.
Este 20 de febrero se ha abierto la fase diocesana de la causa de beatificación, inicio formal del camino que podría conducir, con el tiempo y si se cumplen los requisitos establecidos por la Iglesia, a su canonización.
El acto de apertura tuvo lugar en Madrid, en el aula magna del Colegio Mayor Universitario San Pablo, en un ambiente de gratitud hacia quien es considerado el gran impulsor de una forma de apostolado laical orientada a la vida pública.
La historia que desemboca en este momento comenzó en 1908, cuando el padre Ayala convocó en el colegio de Areneros (Madrid) a un pequeño grupo de jóvenes laicos provenientes de la Congregación Mariana de los Luises, inspirada en la espiritualidad de San Luis Gonzaga.
El sacerdote les planteó una pregunta que sería programática: “Veamos qué quiere el Señor de nosotros”. Entre esos primeros convocados se encontraba un joven llamado Ángel Herrera Oria, que con los años llegaría a ser obispo de Málaga y cardenal. Con esa semilla, el padre Ayala no pretendía levantar una estructura burocrática, sino poner en marcha un método: discernir, formar y enviar.
Un año después, en 1909, se fundó la Asociación Católica Nacional de Jóvenes Propagandistas, que más tarde evolucionaría hacia la Asociación Católica Nacional de Propagandistas y, finalmente, hacia la actual Asociación Católica de Propagandistas (ACdP).
Sus estatutos describen a la entidad como una asociación privada de fieles laicos que desean responder a su vocación a la santidad mediante la evangelización de la vida pública y el ordenamiento de las estructuras sociales según las exigencias del reino de Dios.
Refleja, con precisión, el corazón del proyecto de Ayala, basado en la convicción de que la fe no podía quedar recluida en lo íntimo, sino encarnarse en la cultura, la educación, el debate social y la presencia pública.
Esa orientación cobra especial relieve si se recuerda el contexto convulso del comienzo del siglo XX en España. No es casualidad que el nacimiento de la ACdP coincidiera con la Semana Trágica de Barcelona de 1909, una revolución marcada por un clima de fuerte conflictividad social y anticlericalismo, en la que se incendiaron conventos e iglesias y se produjeron martirios. Años más tarde, el propio padre Ayala viviría otras sacudidas: la disolución de la Compañía de Jesús durante la Segunda República y la necesidad de esconderse durante la Guerra Civil (1936-1939). En ese escenario, su apuesta por el apostolado laico resultó, además de audaz, profundamente realista.
La Iglesia necesitaba cristianos formados que pudieran sostener presencia y discurso en espacios donde el clero no llegaba, o no podía llegar.
Según explicó Pablo Sánchez Garrido, secretario nacional para las causas de canonización de la ACdP y postulador, el padre Ayala fue “un gran asceta que se conquistó a sí mismo”. En su lectura, la vocación del jesuita comenzó como una “lucha interior” y, una vez clarificada, fue asumida con determinación total.
El Padre Ayala “toma a laicos y jóvenes, los forma y los lanza a la vida pública” para realizar un apostolado social, cultural, educativo y periodístico, ámbitos que —según esta visión— estaban desatendidos en una España marcada por un secularismo intenso.
Entre los métodos concretos que empleó, destacan los mítines católicos en teatros y plazas de toros, a los que envió a los primeros propagandistas con notable éxito.
Pero el núcleo de su apostolado fue la formación de “minorías selectas”. Hoy la expresión puede sonar elitista, pero el mismo Ayala, en su obra Formación de los selectos, la usaba con una intención distinta: “un líder, un selecto, podía ser tanto un obrero evangelizador como un profesor universitario”. Es decir, no hablaba de clase social, sino de disponibilidad interior y capacidad de servicio: personas preparadas, con vida espiritual sólida y criterio para influir en su entorno.
El impacto histórico de aquella intuición se comprueba también en el tejido de iniciativas que brotaron en torno a la ACdP. De su impulso nacieron organizaciones como la Federación de Estudiantes Católicos, el Instituto Social de los Trabajadores, la Editorial Católica y la Biblioteca de Autores Cristianos.
En el presente, la ACdP es considerada una de las organizaciones eclesiales más dinámicas de España, especialmente a través de su extensa red de centros educativos —la mayor del país— que ha atendido a más de 250.000 alumnos.
Durante el acto de apertura en Madrid, el presidente de la Asociación, Alfonso Bullón de Mendoza, agradeció al arzobispado la posibilidad de iniciar el proceso y destacó la “fama de santidad” que acompaña al padre Ayala, a quien definió como hombre de Dios, educador, director espiritual y formador de generaciones de laicos comprometidos con llevar la fe “a todos los rincones de la sociedad”.
Subrayó además que este paso es un gesto de “gratitud, justicia y responsabilidad” hacia el jesuita, recordando su papel como primer rector del Instituto Católico de Artes e Industrias (ICAI) y del Colegio Mayor de Areneros.
La ceremonia incluyó también la lectura del nihil obstat emitido por el cardenal José Cobo, arzobispo de Madrid, con el anuncio de las personas que conformarán el tribunal encargado de la fase diocesana.
Monseñor Juan Antonio Martínez Camino, obispo auxiliar, agradeció a quienes han hecho posible la apertura del proceso y señaló que el trabajo realizado permitirá que la Iglesia pueda pronunciarse en el futuro sobre la beatificación.
La biografía del padre Ayala ayuda a comprender el alcance de su legado. Nació en Ciudad Real el 1 de marzo de 1867, en una familia acomodada manchega oriunda de Alicante, siendo el tercero de once hermanos. Estudió en el Colegio de Santo Domingo de Orihuela (Compañía de Jesús) y cursó Derecho y Filosofía y Letras en las Universidades de Salamanca y Deusto. En 1892 ingresó en el Noviciado de San Jerónimo (Murcia), donde profundizó en Humanidades, Retórica, Filosofía y Teología. Fue ordenado sacerdote en Sevilla en 1903, realizó los tres votos en Chamartín de la Rosa en 1906, y falleció en Madrid el 20 de febrero de 1960. Quienes lo conocieron destacaron su alegría serena, su optimismo y su confianza en la acción de Dios.
Para el Padre Ayala, el líder era “un apóstol”, alguien con necesidad de llevar la fe a la esfera pública “sin miedo, sin cobardía”.
Con la apertura de esta fase diocesana, la ACdP no solo impulsa un proceso canónico; también pone de nuevo en el centro un estilo de presencia cristiana que marcó el siglo XX español: la convicción de que la santidad puede y debe hacerse visible en la construcción cultural y social. Si la causa prospera, la Iglesia juzgará más adelante su vida y virtudes.
Pero, ya desde ahora, el gesto tiene un valor evidente: recuperar la memoria de un jesuita que quiso formar laicos capaces de vivir la fe con audacia en el corazón mismo de la historia.










