A un año del fallecimiento del papa Francisco custodiamos en el corazón tanta estima, afecto y gratitud por su servicio como Sucesor de Pedro. Siempre lo traté de Santo Padre, aunque unidos por un muy largo y profundo vínculo de amistad, que es otro motivo de cariño y gratitud. ¡Cómo no puedo emocionarme al recordarlo! Pero mucho, muchísimo más, que ese vínculo personal, la mayor conmoción fue la del primer papa latinoamericano en la historia de la Iglesia. Y un Sucesor de Pedro que ha dejado un testimonio que conmueve aún a multitudes de personas, de todas las latitudes, de todas las creencias, cuyas huellas son muy profundas en el camino de la Iglesia de hoy.
Podríamos recordar y hablar de tantas cosas buenas, hermosas, sorprendentes de su pontificado, con temor a repetirnos. Sin embargo, no estamos hoy y aquí para alimentar nostalgias. Hay un dicho romano un poco brutal, pero verdadero: “Muerto el Papa, viva el Papa”. Hoy toda nuestra atención y escucha, todo nuestro seguimiento, toda nuestra fidelidad y devoción, toda nuestra oración se dirigen al papa León XIV. Y pedimos a Francisco que, desde el cielo, interceda por él.
En mis 48 años de trabajo en la Santa Sede, en la Curia romana, nunca me gustaron las comparaciones y mucho menos las contraposiciones en los comentarios sobre los sucesivos pontificados.
Y hemos sido testigos de una serie notable de pontificados. Cada uno de ellos tan personal, tan singular, en biografía, procedencia, formación teológica y cultural, en espiritualidad y sensibilidad pastoral, cada uno tan diverso del sucesor, pero todos anillos de esa cadena irrompible por donde pasa la tradición de la Iglesia, el depósito de la fe, el credo de los apóstoles, el mandato de evangelizar hasta todos los confines de la tierra, que los acomuna en su indispensable servicio. Y servicio que es enriquecido por la personalidad, el temperamento, los talantes y los dones de cada pontificado, que retoma y actualiza de la tradición de la Iglesia “cosas nuevas y antiguas” en respuesta a los “signos de los tiempos”.
¡Cuántos nostálgicos de los pontificados de Wojtyla o de Ratzinger tuvieron dificultad para acoger, comprender y seguir el pontificado del papa Francisco… ¡Y cuántos apasionados de Francisco terminaron minusvalorando, incluso criticando, a sus notables predecesores! ¡Y no sea que nostálgicos de Francisco tengamos la más mínima resistencia para acoger, comprender, estimar y seguir el pontificado del papa León!
Lo digo de modo duro: hay quienes desearían que el pontificado del papa León fuera una repetición, como un seguimiento, aunque menor, del pontificado de Francisco. Y los hay quienes desearían que, al contrario, el pontificado del papa León sirviera para enterrar y olvidar el pontificado de Francisco.
Pues todos ellos se equivocan. No logran entender que en la Sucesión apostólica prevalece siempre la continuidad –la misma tradición, el mismo credo, la misma misión– desde la diversidad de quienes son sus ministros. Pues qué diversos fueron Juan XXIII y Pablo VI, qué diversos San Juan Pablo II y papa Benedicto, qué diversos Ratzinger y Bergoglio. Todos los Sucesores de Pedro a la luz del grande patrimonio del Concilio Vaticano II, como providencialmente escogidos para desplegar sus enseñanzas en diversas fases eclesiales, culturales, políticas.
Por eso, a mí me interesa sobre todo considerar el legado del papa Francisco desde el actual pontificado.
Creo que el tesoro de ese legado está condensado en el documento programático del papa Francesco, la encíclica “Evangelii Gaudium”. Los contenidos de ese documento, que caracterizan las prioridades, acentos y estilos del pontificado de Francisco, están muy pero muy presentes en el magisterio del papa León desde los comienzos de su pontificado. Basta leer con atención su importante encíclica “Magnífica humanidad”.
Y no se trata sólo de enumerar los sentimientos de gratitud que expresa el papa León hacia Francisco, y ni siquiera la abundancia de citas del magisterio de Francisco en sus discursos, sino la continuidad y sintonía que se advierte en el anuncio central, esencial y primordial de Cristo Señor, de su misterio pascual, de la inaudita misericordia de Dios, de la autoconciencia de la Iglesia como pueblo de Dios, del abrazo de la caridad a todos, a todos, a todos, sin poner precondiciones morales, de ese amor preferencial a los pobres, a los desamparados, a los excluidos, a las víctimas inocentes que se tradujo en notables gestos cotidianos, de su profecía por la paz en tiempos de la tercera guerra mundial a pedazos, por el paradigma de la fraternidad, por el cuidado de la tierra, de su afán por el despliegue de la catolicidad y de la sinodalidad en la edificación de la Iglesia, por una cultura del encuentro contra polarizaciones, violencias y exclusiones.
No es difícil establecer vínculos más concretos entre ambos pontificados.
Prevost no es un latinoamericano, pero su corazón quedó conmovido en el mundo pobre y sencillo, de mucha raigambre cristiana, de la América Latina profunda, en la Chiclayo periférica. Si Bergoglio tuvo el don y genialidad de llegar al corazón de la gente que encontraba, Prevost aprendió de esa proximidad reclamada por Francisco a los pastores cuando les decía del “olor a ovejas”. Si Francisco destacó la primacía de la gracia respecto a la moral, el papa León es un discípulo de aquel San Agustín que defendió esa primacía contra la reducción moralista de los pelagianos y las elucubraciones fantasiosas de los gnósticos. Francisco anunció el cambio de época, pero tocó a León vivir en todos sus terremotos y derrumbes (como los vivió san Agustín en su tiempo). Ayer Francisco fue a Lampedusa, pues muy pronto volverá León a la isla. No se cansa el papa León de invocar el ejercicio de la sinodalidad del pueblo de Dios que el papa Francisco puso en práctica, aunque será necesario un profundo repensamiento teológico y canónico para distinguir las inescindibles dimensiones de sinodalidad del pueblo de Dios, de colegialidad sacramental y apostólica del episcopado y del ministerio petrino. Cuando León pronuncia desde la loggia de San Pedro lo de una “paz desarmada y desarmante”, cuantos ecos nos llegan de los rezos y clamores interpelantes de Francisco y de sus antecesores. Francisco recibió una campaña de numerosos y venenosos agravios. Ahora León los recibe nada menos que del presidente del país más poderoso de la tierra… Y podríamos seguir con la enumeración.
Y, sin embargo, ya está muy claro que el perfil del actual pontificado no se confunde con el anterior. No ha sido fácil suceder a Francisco, tarea ímproba. Por eso, León ha emprendido su servicio paso a paso, sin apuros, sin sobresaltos, con serena prudencia, muy atento a cuidar la unidad de la Iglesia y a evitar cualquier gesto que pueda ser mal interpretado, que pueda provocar fracturas. La unidad de la Iglesia es don y responsabilidad, hoy tanto más importante en un mundo fragmentado, polarizado.
Un cardenal muy cercano al papa Francisco dijo antes del cónclave: “Hemos tenido un solista al comando, ahora pasamos a un director de orquesta”. Y, en efecto, convoca periódicamente a los cardenales para escucharlos y lo hará en octubre con los presidentes de conferencias episcopales.
Prevost tiene la cabeza bien puesta: es no sólo un matemático, un teólogo y filósofo, sino también un canonista, muy cuidadoso en sus actos de gobierno, en los que el papa Francisco fue muy desenvuelto en su libertad expresiva, no pocas veces improvisada, sin consultas a sus directos colaboradores.
Creo que la genialidad inspirada del papa Francisco abrió muchos caminos dejados a la confianza en la acción del Espíritu Santo, y que ahora el papa León no cerrará, por cierto, pero irá mostrando sus mojones orientativos y los objetivos que se esperan…
Pero ahora quiero concluir pasando a otra perspectiva, la de Jorge Mario Bergoglio como primer papa latinoamericano en la historia de la Iglesia.
Durante muchos siglos tuvimos papas europeos, casi siempre italianos. Últimamente, un polaco y un alemán. ¿Por qué el Espíritu Santo quiso que tuviéramos un papa latinoamericano? Por una parte, porque disminuyó mucho el peso del cristianismo en Europa y disminuyó mucho el peso de Europa en el mundo, sumida en esterilidad demográfica, cultural y política. Por otra parte, la V Conferencia General del Episcopado Latinoamericano, que se celebró en el 2007 en Aparecida fue un acontecimiento capital de recapitulación, discernimiento y culminación del camino recorrido por la Iglesia latinoamericana desde el Concilio. Fue como un milagro de Dios por intercesión de su Madre en el Santuario y por el trabajo colegial y sinodal durante la Conferencia. La riqueza de fe, unidad y misión expresada en el documento de Aparecida fue un tesoro no sólo para América Latina sino para toda la Iglesia universal. Por eso, quienes participamos en Aparecida tuvimos como el destello de la certeza espiritual de que Jorge Mario Bergoglio –protagonista de esa Conferencia– estaba destinado a la sede de Pedro. Era evidente que el primer papa no europeo sería latinoamericano. Así lo decía Alberto Methol Ferré en la entrevista a toda página en el diario argentino “La Nación”, en el que se adelantaba indicando a Joseph Ratzinger como próximo pontífice.
En ese sentido, yo bien recuerdo lo que Methol escribía en 1973 y que compartíamos con muchos amigos: “Lo que haga la Iglesia de América Latina tendrá un papel inmenso en el Tercer Mundo… Y, a la vez, América Latina podrá incidir favorablemente en el destino de la Iglesia en Europa (…). América Latina y su Iglesia tiene una gran chance y creo que por nuestra Iglesia pasa de algún modo la chance de la Iglesia mundial (…) y eso nos carga con una grave responsabilidad”. Creíamos, pues, que tocaba a América Latina, la grande área cristiana del sur del mundo, la más capaz de diálogo con la modernidad, asumir esa enorme responsabilidad, no sólo respecto a su propio pueblo sino a todo el mundo, uno y plural, de la catolicidad.
Tener conciencia de ello no se tradujo en estar a la altura de tremenda responsabilidad.
¿Acaso fuimos capaces de considerar todas las implicaciones y consecuencias del hecho inédito, de gran magnitud, del primer pontificado de un porteño –y tan porteño–, de un argentino –y tan argentino–, de un latinoamericano –y tan latinoamericano– y de un jesuita –y tan jesuita–, llamado por gracia de Dios a convertirse en pastor universal? ¿Fuimos capaces de comprender las enormes exigencias y responsabilidades que se plantearon a nuestras Iglesias, a nuestros pueblos y naciones?
¿Fuimos capaces de releer nuestra historia desde ese acontecimiento?
¿Fuimos capaces de un salto cualitativo en nuestra catolicidad?
Por cierto que el pontificado del papa Francisco mucho de bueno ha sembrado en la buena tierra de nuestros pueblos. Es muy querido por nuestra gente, sobre todo por los pobres y sencillos de corazón. Ha habido muchas experiencias, aún en curso, de seguimiento de sus profecías. Su figura incluso se agiganta después de su muerte. Deja por doquier, en todas las latitudes, una empatía positiva respecto a la Iglesia católica.
Y, sin embargo, no hubo durante su pontificado grandes movimientos cristianos, evangelizadores, misioneros a nivel latinoamericano. Faltó un pensamiento político, cultural, eclesial que afrontara la realidad compleja de América Latina y mostrara y abriera nuevos caminos. Si nos reconocemos en lo de “Patria Grande”, no logramos, sin embargo, avanzar en los caminos de la necesaria integración. Vivimos en medio de grandes polarizaciones. La sinodalidad se convirtió en lenguaje eclesiástico privilegiado, pero no generó otra cosa que esa participación de los cristianos en las comunidades eclesiales promovida desde el Concilio Vaticano II (cuando no decayó en experimentos de “populismo eclesiástico”).
Me decía el amigo Rocco Buttiglione: le faltó desde América Latina un gran movimiento que inculturara las intuiciones proféticas de la teología de la liberación despojada de sus mediaciones ideológicas; le faltó un movimiento como Solidarnosc que de movimiento de los trabajadores se convirtió en movimiento popular representativo de la nación.
Me ha quedado la preocupación de no advertir mayores impactos transformadores en la política, en la cultura y en la misma Iglesia en América Latina durante el primer pontificado latinoamericano, lo que hubiera requerido un gran sobresalto de responsabilidad católica y un seguimiento de mucha inteligencia y creatividad por parte de sus diversos actores.
Será Dios quien juzgue las diversas responsabilidades compartidas. Es una pregunta que puede plantearse el CELAM, los obispos y episcopados, las congregaciones religiosas y movimientos eclesiales, los dirigentes políticos y líderes sociales, los intelectuales… Incluso yo mismo desde la Comisión Pontificia para América Latina. Me pregunto si no ha habido una concentración en las cuestiones sociales, ambientales y políticas planteadas por el pontificado más que en su invitación urgida a recomenzar por un renovado encuentro con Cristo, el Señor, vía, verdad y vida, que da un horizonte de sentido y un camino de crecimiento en humanidad a la vida personal y a la vida de los pueblos. Todo lo demás se da por añadidura.
Todos los pontificados han tenido sus genialidades, asistidos por el Espíritu Santo, y también sus límites. En mi libro de memorias: “Medio siglo de un latinoamericano en la Roma de los Papas” destaco esas genialidades del pontificado del papa Francisco, ya señaladas en la “Evangelii Gaudium”, pero también considero, con mucho respeto y amor, algunos límites de su gran pontificado (que, por otra parte, los compartí y a veces debatí antes con él, en un clima de gran libertad, cariño y confianza, en los más de 25 almuerzos periódicos que tuve con el Papa en una sala reservada de la casa Santa Marta). Y hoy es bueno también recordarlos para saber ponerse mejor en comunión afectiva y efectiva con el pontificado del papa León, para servirlo mejor y para mejor servicio al pueblo latinoamericano.
Papa Wojtyla tuvo una intuición profética muy importante, cuando prospectaba que, caídos los muros de la contraposición entre Este y Oeste, ahora habría que derribar el muro que separaba el Norte del Sur del mundo, con sus estridentes asimetrías, desigualdades e iniquidades. Por eso, convocó un Sínodo de todas las Iglesias en el continente americano. Parece hoy como si Prevost encarnase esa intuición profética, que es también seguimiento del pontificado de Francisco.
Prevost es un norteamericano que ama su patria nativa, que la conoce mucho más a fondo que Bergoglio, que sabe de su complejidad, de sus polarizaciones, de su potencia y de sus crisis –y que convoca a sus obispos a una unidad más allá, más en alto, de todas las radicales contraposiciones que la desgarran–, pero es alguien que tiene su corazón de pastor conmovido por sus largos años en los que compartió la vida, sufrimientos y esperanzas del pueblo pobre, sencillo, creyente de la América Latina profunda.
En tiempos en que se cierne sobre América Latina la actualización de la Doctrina Monroe en su prepotencia imperial, la relación de América Latina con Estados Unidos será cuestión crucial del pontificado desde muchos puntos de vista: migraciones, carteles narcotraficantes, amenazas políticas y militares, intereses económicos en tiempos de revolución industrial y tecnológica, corrientes de “evangélicos” que sacralizan el poder, fragilidad de las democracias, atención prioritaria a los pobres, “monroísmo” y “latinoamericanismo”, relaciones multilaterales en un mundo convulso. Cuestiones cruciales para un pontificado constructor de puentes y no de muros, constructor de Jerusalén y no de la torre de Babel –como dice en la reciente encíclica–, promotor de comunión, de solidaridad, de auténtica reconciliación, contra todas las polarizaciones, injusticias y violencias,… expresivo, ante todo, de la fuerza de la Resurrección del Señor, que abate los muros de la iniquidad y llama a todos a reconocernos como hijos y hermanos.
Montevideo-Buenos Aires, mayo 2026
Legado del papa Francisco y continuidad de León XIV: diversidad de estilos, una misma fe, una misma misión al servicio de la Iglesia y del mundo. Compartir en X







