Durante mis 40 años de trabajo en el Pontificio Consejo para los Laicos, al servicio de la Santa Sede, primero como jefe de Oficina del dicasterio nombrado por San Pablo VI y después como subsecretario nombrado por San Juan Pablo II, mis relaciones, tanto institucionales como personales, con los movimientos eclesiales y las nuevas comunidades fueron muy intensas y enormemente enriquecedoras para mi vida personal y familiar, así como para mi servicio a los sucesivos pontífices.
Desde que estas nuevas realidades irrumpieron en la escena eclesial, especialmente a partir de la segunda mitad de los años setenta, nuestro dicasterio fue llamado a interesarse por esta novedad imprevista, no programada por ningún despacho ni plan pastoral, como escribió Joseph Ratzinger en su notable Informe sobre la fe (1985). El Espíritu Santo sorprende y trastorna nuestros programas y estrategias.
Y esta irrupción fue tanto más sorprendente cuanto más oportuna, porque se produjo en una fase del inmediato posconcilio en la que un salto cualitativo del proceso de secularización y fuertes oleadas ideológicas provocaban sacudidas críticas en la vida de la Iglesia. Eran tiempos de declive de la gran tradición de la Acción Católica y de una crisis muy generalizada de las congregaciones religiosas, que pasaban de la rigidez de formas tradicionales a una renovación a menudo confusa e incierta.
Hans Urs von Balthasar había escrito que, en determinadas encrucijadas de la historia de la Iglesia, cuando la tradición cristiana permanece bajo asedio y parece debilitada en su capacidad de transmisión, la Providencia de Dios interviene mediante la efusión de numerosos y variados carismas para reformular y revitalizar la fe, suscitando una «nueva evangelización» en respuesta a los «signos de los tiempos».
Primero la sorpresa y curiosidad de Montini y luego la atención y el vivo interés de Pablo VI provocaron los primeros contactos de algunas de estas nuevas realidades con nuestro dicasterio. Pero desde el inicio mismo del pontificado de Juan Pablo II, lo que todavía aparecía como fenómenos algo marginales se convirtió en corrientes de vida cada vez más presentes en la Iglesia.
Ya en su primera encíclica, Redemptor Hominis, el Papa Wojtyła veía surgir «formas asociativas de perfil diverso y de dinamismo excepcional». Desde entonces no dejó de reconocer, alentar y promover lo que llamó «el gran y prometedor desarrollo de los movimientos eclesiales», señalándolos como «un motivo de esperanza para toda la Iglesia y para todos los hombres». Representan, diría más tarde, «uno de los frutos más significativos de aquella primavera de la Iglesia anunciada por el Concilio Vaticano II, aunque desgraciadamente no pocas veces obstaculizada por el avance del proceso de secularización».
En los periódicos almuerzos de trabajo que los superiores del Pontificio Consejo manteníamos con Juan Pablo II, el Papa ponía siempre sobre la mesa su interés por los movimientos y por la relación de estos con nuestro dicasterio. Nos invitaba constantemente —recuerdo bien aquellas indicaciones reiteradas— a una acogida cordial, humilde en la escucha, abierta al diálogo fraterno, para favorecer sus dones y frutos de gracia más que detenernos en sus inevitables límites. Nos prevenía contra los reflejos de sospecha, desconfianza y crítica propios de ciertas formas de clericalismo eclesiástico.
También nos exhortaba a acompañar de modo especial a los movimientos y comunidades que provenían de historias difíciles, ayudándoles a crecer en la comunión o, en los casos extremos, a «salvar todo lo salvable».
A pesar de este fuerte apoyo pontificio, los movimientos encontraron resistencias en no pocos obispos y ambientes curiales. Algunas experiencias negativas aisladas generaban prejuicios generalizados. Otros no soportaban la novedad y la libertad de estas realidades que no conseguían comprender, controlar o dirigir.
Por ello, en la Asamblea General del Sínodo de los Obispos sobre los fieles laicos, el debate sobre los movimientos fue muy vivo. Lo recuerdo bien porque se me confió una conferencia ante el Papa y los padres sinodales sobre Acción Católica y movimientos eclesiales. Alcancé cierta notoriedad mediática cuando inicié mi intervención con una expresión de Mao Tse Tung: «Que florezcan cien flores», naturalmente gracias a la fecundidad del Espíritu Santo en la Iglesia.
Diría que cuatro acontecimientos fueron fundamentales para reafirmar y sostener esta corriente de gracia.
El primero fue la exhortación apostólica postsinodal Christifideles Laici, que reflejaba y relanzaba la nueva estación del asociacionismo católico.
El segundo fue el Congreso de los Movimientos Eclesiales, en el que el cardenal Joseph Ratzinger profundizó en la realidad pneumatológica y el significado histórico de los movimientos dentro de la tradición de la Iglesia.
El tercero fue el mensaje pontificio a aquel Congreso, en el que Juan Pablo II ofreció una definición genérica pero muy clara de lo que llamaba «movimientos».
Y el cuarto fue aquella extraordinaria concentración popular de los movimientos con Juan Pablo II el 30 de mayo de 1998.
«En nuestro mundo —dijo el Papa entonces—, a menudo dominado por una cultura secularizada que fomenta modelos de vida sin Dios, se siente con urgencia la necesidad de un anuncio fuerte y de una sólida formación cristiana. ¡Qué necesidad existe hoy de personalidades cristianas maduras! ¡Qué necesidad de comunidades cristianas vivas! Y aquí están los movimientos y las nuevas comunidades eclesiales: son la respuesta suscitada por el Espíritu Santo a este dramático desafío de fin de milenio. Vosotros sois esa respuesta providencial».
El Papa subrayó además la coesencialidad de los dones sacramentales y jerárquicos con los dones carismáticos en la constitución, edificación y renovación de la Iglesia, una intuición ya presente en Lumen Gentium y desarrollada posteriormente en el documento Juvenescit Ecclesia.
Entre paréntesis, en nuestro dicasterio siempre procuramos sugerir a la Secretaría del Sínodo la presencia de representantes cualificados de los movimientos en las sucesivas asambleas. Y así sucedió. Por eso me llamó la atención que en la segunda Asamblea Sinodal sobre la Sinodalidad, con casi 400 participantes, hubiera solamente un dirigente internacional de los numerosos movimientos y nuevas comunidades y muy pocos miembros de los mismos. ¿Puede decirse que esta reducida presencia supuso un empobrecimiento de la representación y de las aportaciones a la sinodalidad? Creo que sí cabe plantear la pregunta.
Nuestro dicasterio recibió el encargo de realizar el discernimiento y reconocimiento canónico de numerosos movimientos y nuevas comunidades. La profundización en su conocimiento, la consulta a los obispos y la aplicación de los «criterios de eclesialidad» de Christifideles Laici fueron esenciales en ese proceso.
Hubo también que afrontar un importante desafío jurídico. El Código de Derecho Canónico ni siquiera mencionaba la palabra «carisma» ni hablaba de «movimientos». Hubo que utilizar el amplio marco de las asociaciones de fieles para acoger estas nuevas realidades.
Preferimos reconocer a la mayoría de los movimientos como asociaciones privadas de fieles. Lo hicimos por varios motivos:
- Porque subrayaba el derecho natural y eclesial a la libertad asociativa.
- Porque respondía a los deseos de los propios movimientos.
- Porque favorecía la educación en una libertad responsable dentro de la comunión eclesial.
- Porque dejaba espacio para todo lo que el Espíritu Santo habría podido desarrollar en el despliegue de los carismas, especialmente en una fase de juventud de los movimientos en que iban surgiendo nuevas formas de vida.
Juan Pablo II confirmó que ese era el camino adecuado. Más de cien movimientos y comunidades fueron reconocidos durante los pontificados de Juan Pablo II y Benedicto XVI.
Hoy, sin embargo, los movimientos y nuevas comunidades, aunque reconocidos como asociaciones privadas, parecen ser tratados de hecho como asociaciones públicas, sometidos a especiales controles y direcciones jerárquicas.
Es evidente que todas las asociaciones están bajo la autoridad pastoral de la Iglesia. Pero algunas disposiciones del Decreto General de 3 de junio de 2021 del Dicasterio para los Laicos, la Familia y la Vida, así como otras intervenciones anteriores y posteriores, parecen reducir considerablemente el amplio e irrenunciable ámbito de autonomía que el legislador canónico ha dispuesto para las asociaciones privadas, que comprende la libertad de autoorganizarse, de elaborar los propios estatutos, de designar libremente el moderador, los oficiales y los propios órganos de gobierno, de elegir el consejero espiritual, de establecer criterios de admisión y dismisión de los miembros, de administrar libremente sus propios bienes.
No es bueno ni sano que un movimiento o comunidad permanezca durante largos períodos bajo intervención de autoridades superiores, salvo en casos de extrema gravedad. El cardenal Marc Ouellet llegó a afirmar públicamente que debía reconocerse y respetarse más la realidad pneumatológica de los movimientos y evitar posibles abusos de poder en la Curia romana. Creo que ese riesgo parece estar ya en vías de superación durante el pontificado de León XIV.
He escrito en otras ocasiones que la primera fase de fuerte impulso carismático, comunitario, educativo y misionero de los movimientos experimentó cierto declive durante el pontificado de Benedicto XVI y más aún durante el de Francisco.
La desaparición de los fundadores se hizo sentir. Muchos se sintieron huérfanos. Ya no era lo mismo seguir a sus sucesores. Tampoco hubo una mayor asunción de responsabilidad de parte de todos los miembros de los movimientos, que habrían tenido que sentirse más activamente corresponsables de los carismas compartidos.
Aquellas invitaciones del papa Juan Pablo II –“¡Id por todo el mundo!”– y del papa Benedicto –sed “colaboradores del ministerio universal del Papa”– no encontraron ahora respuestas tan prontas, entusiastas y generosas como las de años pasados. Parecía que disminuía el interés de la Santa Sede y de las diócesis respecto a los movimientos.
He sostenido también que los movimientos no tuvieron dificultades para adherirse al pontificado de Francisco, pero sí para dejarse interpelar más profundamente por sus enseñanzas. Francisco introducía una saludable sacudida contra el conformismo, la rutina, las repeticiones, el contentarse con lo que se consideraba ya adquirido, el reducir el dinamismo de los movimientos a una lógica meramente asociativa, el riesgo de que los carismas se transformaran simplemente en esquemas institucionales y que la libertad y corresponsabilidad de sus miembros se limitasen a formas cristalizadas e impuestas. Llamaba a una renovada frescura carismática mediante el discernimiento, a una mayor atención a la libertad de los fieles y a una lectura más profunda de los signos de los tiempos.
Por otra parte, los movimientos percibieron un cambio de acento en el magisterio de Francisco respecto a ellos, acompañado con frecuencia de observaciones críticas.
Tuve numerosas conversaciones privadas con el Papa sobre este asunto. Siempre me repetía que apreciaba los movimientos y las comunidades, aunque mantenía cierta distancia respecto a ellos. Quizá quiso evitar cualquier forma de autocomplacencia. Quizá deseaba una mayor exigencia. Quizás urgía desplegar más la riqueza y la belleza que los carismas traían consigo. Quizá esperaba de ellos una renovada presencia misionera en las periferias existenciales y sociales. Tal vez también influyeron los abusos cometidos por algunos fundadores y dirigentes, generando generalizaciones injustas y controles excesivos.
En cualquier caso, conviene recordar que el documento Juvenescit Ecclesia fue aprobado durante su pontificado y que Francisco dirigió importantes discursos a los movimientos, especialmente el pronunciado el 15 de octubre de 2022 al pueblo de Comunión y Liberación en la Plaza de San Pedro.
Hoy parece percibirse ya un renovado enfoque de León XIV hacia los movimientos y las nuevas comunidades, animado por aquella «primacía de la gracia» tan característica de San Agustín y por su gobierno, que aparece prudente y sabio, orientado a pacificar tensiones, fortalecer la unidad y profundizar la comunión.
Son significativos su discurso a las comunidades neocatecumenales, su rápida aceptación de la invitación al Meeting de Rímini, sus palabras al Regnum Christi y, especialmente, el discurso dirigido a los moderadores de asociaciones y movimientos, a los que definió como «importantes para la Iglesia» y portadores de una «misión fundamental en la evangelización».
«Gracias por lo que sois y por lo que hacéis», les dijo.
Es un discurso que merece ser releído atentamente, tanto en la Curia romana como en los propios movimientos, no para apropiárselo de forma partidista, sino para crecer en la comunión y en la magnanimidad al servicio del bien común de la Iglesia. Unidad y misión son las dos cuestiones fundamentales en la vida de los movimientos.
No dudo de que los movimientos, como siempre los ha caracterizado, viven ya en plena comunión afectiva y efectiva con el nuevo Sucesor de Pedro. Más importante que esperar palabras elogiosas del Papa sobre ellos –y todo lo que diga será acogido como un don– es importante que sepan suscitar, acoger y servir las múltiples experiencias de gracia, conversión, catecumenado, seguimiento de Cristo, comunión fraterna, crecimiento en la fe, atracción por la santidad y ardor misionero que se viven en los diversos pueblos, culturas y circunstancias históricas.
Roma, mayo de 2026.
Más de cien movimientos y comunidades fueron reconocidos durante los pontificados de Juan Pablo II y Benedicto XVI. Compartir en X







