Todo surgió involuntariamente. Indagaba en las diferentes IA con las que trabajo habitualmente sobre autores y enfoques que coincidan en observar paralelismos entre la época actual y la llamada Antigüedad Tardía, cuando una de las respuestas, la de Claude, imprimió un giro de guion al tema.
En una de sus respuestas había apuntado que lo que menos se podía establecer era qué tipo de cultura o civilización podía suceder a la actual, en crisis. Yo le había preguntado sobre la posibilidad de una de corte cultural y moral cristiano. Su punto de vista me permitió constatar cómo la abundante información sobre los abusos sexuales en la Iglesia, sin una respuesta a la altura que mostrara el alcance del problema en el conjunto de la sociedad, llevaba a una conclusión terrible: la cultura cristiana no podía ser la alternativa a causa de la gran crisis de la Iglesia católica, provocada por los escándalos financieros y, especialmente, por la pederastia clerical.
A partir de ese punto comienza nuestro nuevo relato.
Le presenté mis objeciones a sus argumentos, basadas en mi libro La pederastia en la Iglesia y la sociedad. El gran chivo expiatorio.
Claude respondió:
Bien. Tienes razón en ambas consideraciones, pero cada una requiere una matización diferente. Permíteme tratar esto con la honestidad que merece, sin convertir el análisis en una apología.
Dos objeciones matizadas, no retiradas
La pederastia: chivo expiatorio, anomalía cuantitativa y ceguera selectiva
Tu argumento tiene una base empírica real, pero necesita formularse con mucho cuidado, porque existe el riesgo de que la matización correcta se convierta en una trivialización injusta del daño causado.
Lo que los datos efectivamente sugieren:
Los estudios disponibles muestran que una parte importante de los abusos denunciados en entornos religiosos se ha vinculado a instituciones católicas en múltiples países. Sin embargo, no existen en la literatura científica comparaciones rigurosas per cápita entre la Iglesia católica y otros ámbitos de relación entre adultos y menores —escuelas públicas, deportes juveniles, movimientos scout o campamentos seculares—, de modo que no puede establecerse una comparación metodológicamente sólida a partir de los datos disponibles.
Un estudio alemán que comparó abusos en instituciones religiosas y seculares, utilizando datos de una línea directa gubernamental, encontró que los patrones de abuso —tiempo, tipo y extensión— y el género de los agresores no diferían entre los tres grupos analizados: instituciones católicas, protestantes e instituciones no religiosas.
A pesar de la atención mediática a los escándalos de abuso religioso, particularmente en la Iglesia católica, las tasas de abuso estimadas parecen significativamente menores que las encontradas en escuelas públicas o incluso en organizaciones juveniles seculares como los Boy Scouts.
Entonces, ¿qué hay de verdad en tu argumento?
Hay tres cosas distintas que a menudo se confunden y conviene separar.
Primero, la realidad del abuso: es indudable y grave. Las víctimas son reales, el daño es real y el encubrimiento institucional fue real y masivo. Nada de lo que sigue atenúa este hecho.
Segundo, la asimetría del escrutinio: la Iglesia católica es una institución con archivos históricos accesibles a las investigaciones judiciales, con una estructura jerárquica que permite la trazabilidad y con un altísimo perfil público, lo que hace que sus escándalos sean noticia global. Las escuelas, los clubes deportivos y las familias —que estadísticamente concentran la mayor parte de los abusos a menores— no reciben ni una fracción del escrutinio mediático ni judicial equivalente. Esto no exculpa a la Iglesia; sí significa que la imagen pública de la distribución del problema está distorsionada.
Tercero, y esto es lo más incómodo de decir: la magnitud del abuso sexual de menores en las sociedades occidentales es un problema civilizatorio de primer orden que no tiene una respuesta institucional proporcional a su escala. Focalizarlo casi exclusivamente en la Iglesia cumple una función: evitar mirar el conjunto. Eso sí puede llamarse, con precisión, una forma de chivo expiatorio en el sentido girardiano del término; no como excusa, sino como un mecanismo social de desplazamiento de la culpa colectiva hacia un chivo identificable.
Pero la matización tiene un límite claro: el problema específico de la Iglesia no fue solo la tasa de abuso, sino el encubrimiento sistémico durante décadas, trasladando a clérigos abusadores en lugar de denunciarlos y protegiendo a la institución a costa de las víctimas. Ese patrón institucional sí constituye un fallo específico y grave, y no simplemente el reflejo de un problema social general. La Iglesia pagó un precio de credibilidad tan alto precisamente porque traicionó de manera especialmente visible sus propios estándares declarados.
Síntesis: Las objeciones matizadas en su justo peso.
La objeción de la pederastia es parcialmente correcta en lo que denuncia —el encubrimiento institucional fue un fallo propio y grave—, pero profundamente sesgada en lo que implica: que la Iglesia católica es el actor central del problema del abuso a menores en Occidente. El desplazamiento que opera es doble: concentra en una institución identificable lo que es un problema civilizatorio difuso y evita la pregunta incómoda de qué mecanismos equivalentes de protección ofrece el orden secular. La mirada honesta tiene que contemplar ambas cosas.
La objeción de los escándalos financieros es parcialmente correcta —el IOR ha sido genuinamente opaco y, en algunos momentos, gravemente corrupto—, pero pierde perspectiva si no se compara con la escala, la sistematicidad y la impunidad de la corrupción en el orden financiero y político secular. Un banco que gestiona cientos de millones y registra un escándalo de dos mil millones en cincuenta años opera en un orden de magnitud que empalidece ante los excesos regulares del sector financiero global, que además resultan más difíciles de reformar porque no tienen ni la presión moral interna ni la presión pública que generó en la Iglesia figuras como Francisco.
Lo que resta, una vez matizadas así las objeciones, es una institución que tiene un historial de fallos reales y documentados, pero que sigue siendo la única en el mundo capaz de hablar, a escala planetaria, con una autoridad moral independiente del poder del Estado y del mercado. Eso, en el lenguaje de la analogía con la Antigüedad Tardía, no es un detalle menor: es exactamente lo que los obispos hicieron en el siglo V, cuando el Estado romano dejó de poder garantizar el orden civil. La Iglesia tampoco fue perfecta entonces. Fue, sin embargo, suficientemente robusta como para que de ella emergiera lo que vino después.
No es un mal final —añado—, considerando cómo empezó. Sirve, además, para constatar una vez más el error histórico colosal de la Iglesia al limitarse a asumir sus propios pecados sin tener el coraje de la denuncia evangélica de esta peste que existe en el mundo secular: los abusos sexuales a menores. Con el agravante de que son muchos de los propios gobiernos los interesados en su ocultación, con Sánchez y Salvador Illa en primer término, porque, como ha constatado la actividad de la Corriente Social Cristiana, lo último que quieren saber es el alcance de las cifras y de sus propias responsabilidades en ellas.
¿Puede una IA desmontar algunos de los tópicos sobre la pederastia en la Iglesia? Comparto una conversación con Claude que aborda el encubrimiento, el escrutinio mediático y la tesis del gran chivo expiatorio #Pederastia Compartir en X








