Cualquier tipo de sacudidas, sean más o menos violentas, siempre y en cualquier caso producen infortunios. En la actualidad, y en progresión exponencial, vamos viendo la afluencia de unos pésimos escenarios que abocan, irremediablemente, a nuestra sociedad hacia un final catastrófico. Los abusos de poder y la dureza de corazón, el engreimiento personal y la irresponsabilidad colectiva han eclipsado con demasiados errores nuestras expectativas nobles y nuestras esperanzas ilusionantes.
Todo cuanto acontece no solamente ha sido activado por una quiebra institucional tan coyuntural como patente, dando origen con ello a un proceso de descomposición política y social, camuflado asimismo por un inestable y sobredimensionado estado de bienestar. Además, este panorama ha sido impulsado por la ausencia de una ordenación cívica, ética y moral en lo más hondo de las personas. ¿Cómo corregir el rumbo para evitar el naufragio? A decir verdad, la solución debe pasar por adquirir interiormente una orientación trascendental de la vida.
Nos encontramos en un contexto en el que la (des)información, las estadísticas y los datos pretenden regir con su alienación nuestras vidas, fabricar nuestros propósitos y proyectar nuestro futuro. Lo triste es que, en demasiados casos, lo consiguen.
Ciertos canales de información y algunos portales en redes sociales son el santuario de quienes por comodidad o pereza no quieren pensar, lo que supone en la mayoría de los casos aceptar a ciegas lo que ilustran aquellos sin previo sometimiento a filtro alguno. Existe un peligro latente de seducción manipuladora por parte de quienes ambicionan el dominio absoluto de la información, una actitud que trae como causa la confusión y la anarquía informativa.
Debemos persuadirnos, y si no vamos mal, de que estamos en guerra, en una batalla a caballo entre el bien y el mal que se bate entre los pliegues de nuestras conciencias. Nos encontramos en un combate donde el globalismo social, apoyado por tecnócratas y sostenido por instituciones y organizaciones mundiales, pretende ávidamente apartar a Dios de nuestras vidas.
Con todo, el fin consiste en saturar nuestra razón en virtud de una paganización espiritual, un adoctrinamiento dirigido a la adoración de fútiles dioses materiales, con el objeto de secuestrar la libertad de quienes coquetean con la tibieza y la superficialidad.
Por otro lado, una vez sembrada esta irreligiosidad, intentan ultrajar a quienes, por sus propias convicciones, no se dejan amilanar por aquellos que pretenden decidir por ellos. Cuando se deja de creer en Dios, se puede creer en cualquier cosa (decía Chesterton), algo que es francamente muy peligroso.
Ante esta tesitura, advertimos la acción de una idolatría tan híbrida como luciferina, cortejada por erráticas argumentaciones en donde son transgredidos reiteradamente los derechos y las libertades fundamentales de las personas.
Ejemplos los encontramos en la obsesión por ese halo medioambiental defendido con ahínco por quienes al mismo tiempo desprecian al ser humano por medio del aborto y la eutanasia, declinando a todas luces la ecología humana.
O la postrera rebelión del hombre contra su identidad sexual, doblegando las inmutables bases de la antropología, de la biología y de la genética, en un alarde revolucionario y hostil. O el dogmatismo animalista, donde la deshumanización y el descarte de los débiles rinden tributo y preeminencia a la irracionalidad de las bestias.
El huracán social se produce cuando los gobiernos se obstinan en controlar y embaucar a sus ciudadanos; cuando el entretenimiento manufacturado y el exceso de bienes materiales inyectan pasividad y tedio en sus consumidores; cuando la tecnología atrapa y se adueña de las voluntades humanas; cuando el ateísmo enfermizo y la fobia a Dios producen un odio agresivo hacia el culto, los creyentes y el clero; cuando el capitalismo amasado por un elenco de perturbados desestabiliza el tejido empresarial, empobrece a las clases medias y arruina las economías emergentes; o cuando el miedo es utilizado como factor represor que socava la mente de quienes permiten ser sometidos y subyugados.
Claramente, este conflicto genera caos, injusticia y destrucción. Para remedio de estos y otros males, un “reseteo” espiritual e intelectual sería conveniente, aunque me temo que no sería suficiente. Quizá el panorama actual pueda cambiar si quienes detentan el poder y quienes son administrados son capaces de “formatear” en profundidad sus conciencias por medio de una prospección íntima, la cual informe de los valores éticos y morales, así como de las virtudes públicas que sirvan para no cometer los mismos errores que nos han llevado al peligro y a la adversidad de la situación presente.
San Juan Pablo II nos dejó escrito que: «En los años futuros, cuando las palabras de odio y los actos de violencia hayan sido olvidados, serán las palabras de amor y los hechos de paz y de perdón los que serán recordados. Esto es lo que inspirará a las generaciones futuras. No hay paz sin justicia, no hay justicia sin perdón”.
Sin duda son sabias palabras que de poco servirán si el perdón del bueno no es secundado por el arrepentimiento del perverso. De otro modo, la iniquidad, la violencia y la falta de paz subsistirán, alimentando con ello el rencor y la maldad. No dejemos ensanchar el sendero que conduce al declive y a la decadencia del género humano, ahogando con ello su vis espiritual. Bien al contrario, observemos en todo momento y lugar una conducta recia e intachable en lo público, en lo social y en lo personal.
Sin regeneración moral no habrá regeneración política. Ninguna sociedad puede sostenerse sobre la desinformación, el relativismo y la pérdida del sentido del bien común. #Ética #Valores #Sociedad Compartir en X









1 comentario. Dejar nuevo
Para regenerar la sociedad hay que empezar por las familias y los niños