Cada 15 de mayo, Madrid vuelve a su raíz. A aquella villa de agua, barro, oración y trabajo donde un labrador llegó a ser santo sin dejar de ser labrador.
La santidad de San Isidro nace en lo pequeño. Tal vez, por eso Madrid, ciudad tantas veces tentada por la prisa y la vanidad, sigue reconociéndose en él.
Entre los milagros más populares de san Isidro, junto al célebre episodio de los ángeles labradores que araban mientras el santo rezaba, hay uno especialmente conmovedor: el milagro del pozo.
La escena parece tomada de una tragedia doméstica. Santa María de la Cabeza se encuentra trajinando en casa cuando su hijo cae al pozo y se ahoga. Al regresar Isidro de la labranza, encuentra a su mujer desgarrada por el dolor. Ambos, en lugar de abandonarse a la desesperación, invocan a la Virgen de la Almudena para que interceda ante Cristo.
Entonces ocurre lo imposible: las aguas del pozo comienzan a subir hasta el brocal y, sobre ellas, aparece el niño, vivo, rescatado de la muerte.
Así lo narraba Jerónimo de la Quintana en 1629, con una belleza sobria que todavía conserva su fuerza: «las mismas aguas del pozo fueron creciendo hasta el brocal, y subiendo en la superficie de ellas el niño, a quien sus padres, gozosos, asiéndole de la mano, le sacaron sano y libre».
Pocas imágenes resumen tan bien la espiritualidad madrileña antigua: la fe sencilla de una familia, la presencia maternal de María, el agua como signo de vida y la certeza de que el cielo no está lejos de las cocinas ni de los patios.
Ese milagro fue el elegido por Alonso Cano para una de las obras más admiradas de la pintura española del siglo XVII: El milagro del pozo. El cuadro fue realizado hacia 1640 para el retablo mayor de la antigua iglesia de Santa María de la Almudena. No era un encargo menor. Detrás estaba nada menos que la reina Isabel de Borbón, esposa de Felipe IV, gran devota de la Virgen de la Almudena y una de las principales impulsoras de su culto en la corte.
Conviene detenerse aquí, porque el cuadro no nace únicamente de una devoción privada, sino también de un momento decisivo en la historia religiosa de Madrid. En aquellos años, la Virgen de la Almudena y la Virgen de Atocha disputaban, por así decirlo, la primacía devocional de la ciudad y de la corte. Isabel de Borbón deseaba que se levantara una catedral bajo la advocación de la Almudena. Aquella catedral tardaría todavía tres siglos en hacerse realidad, pero la reina dejó sembrado el gesto: favoreció la iglesia de Santa María y costeó un nuevo retablo mayor, en cuyo ático se colocó la pintura de Alonso Cano.
La elección del tema era extraordinariamente inteligente. El milagro del pozo unía en una misma escena al santo patrón de Madrid y a la Virgen de la Almudena.
Madrid se contemplaba a sí misma en aquel lienzo: una ciudad protegida por María, fecundada por la santidad de un hombre del pueblo y sostenida por una religiosidad familiar, concreta, encarnada.
Alonso Cano respondió al encargo con una obra de una ambición pictórica deslumbrante. No estamos ante una simple ilustración piadosa. Estamos ante una de esas pinturas en las que la narración, el color y la emoción se abrazan sin estorbarse. Alonso Cano se comporta aquí como un gran director de escena. Cada personaje tiene su lugar, cada gesto cumple una función, cada detalle ayuda a comprender el milagro.
En torno al brocal del pozo, los niños y el perro no son adornos. Su presencia confirma, de manera casi teatral y a la vez naturalísima, que el agua ha subido hasta la superficie. Las mujeres que acuden con cántaros actúan como testigos del prodigio. Los padres, sobrecogidos, se inclinan hacia el niño salvado.
Y hay un detalle precioso, muy mariano: el pequeño se agarra al rosario que le tiende su padre, aludiendo a la intercesión de la Virgen. El milagro no se explica con grandes alardes celestes, sino con un objeto humilde de oración familiar.
Ahí reside parte de la grandeza del cuadro. Alonso Cano no necesita abrir los cielos ni llenar la escena de apariciones. Le basta con mostrar la realidad transformada por la gracia. Todo sucede en el espacio cotidiano de una casa, como si el milagro hubiera querido entrar por la puerta de servicio.
Los contemporáneos comprendieron enseguida la importancia de la obra. Jusepe Martínez llegó a decir que «solo con este cuadro bastaba a honrarse cualquier pintor, aunque no hubiera hecho más». Lázaro Díaz del Valle transmitió también la admiración de fray Juan Bautista Maíno, quien afirmó que aquella pintura era la más cabal que habían visto sus ojos. No son elogios menores. En el exigente mundo artístico del Siglo de Oro, donde convivían Velázquez, Zurbarán, Ribera y tantos otros gigantes, que una obra recibiera semejante consideración habla de su potencia.
Y es que El milagro del pozo sorprende no solo por su composición, sino también por su colorido y su libertad de factura. Alonso Cano había llegado a Madrid apenas dos años antes. Venía de Sevilla, donde se había formado en un estilo más dibujístico, seguro y contenido. Pero en la corte entró en contacto con Velázquez y con las colecciones reales. Allí pudo respirar otra pintura, más suelta, más atmosférica, más atrevida. En este lienzo se advierte esa transformación: los tonos cálidos, la pincelada libre, la materia pictórica casi deshecha en algunos pasajes, especialmente en los niños y el perro, muestran a un Cano audaz, moderno, sorprendentemente libre.
Hay en el cuadro una vibración de vida que lo aleja de la pintura devota rígida o meramente edificante. La fe aparece aquí como acontecimiento vivo, como conmoción familiar.
La historia posterior de la pintura también habla de Madrid. La obra permaneció durante siglos en la iglesia para la que fue concebida, hasta que el templo de Santa María de la Almudena fue demolido en el siglo XIX. Parte de su ajuar pasó entonces a la cercana iglesia del Sacramento. Allí estuvo también el lienzo de Alonso Cano, hasta su ingreso en el Museo del Prado en 1941. Su traslado al museo lo salvó para la contemplación pública, aunque también lo separó de su lugar originario: aquel retablo donde dialogaba con la devoción viva de una ciudad.
Contemplar hoy El milagro del pozo en la festividad de san Isidro es, por tanto, asomarse a la memoria espiritual de Madrid.
En ese niño que emerge de las aguas está la esperanza de una ciudad que sabe que la vida puede ser devuelta cuando todo parece perdido. En esos padres que rezan está la fe doméstica de generaciones enteras. En ese rosario tendido hacia el hijo está la Almudena, madre antigua de la villa. Y en la pincelada valiente de Alonso Cano está la certeza de que el arte, cuando es verdadero, hace visible la fe.
San Isidro sigue recordando a Madrid que la santidad no consiste en huir del mundo, sino en abrir en medio de él un pozo de gracia. Y Alonso Cano, con esta pintura admirable, nos dejó precisamente eso: un pozo donde todavía hoy se reflejan el cielo, la historia y el alma creyente de la ciudad de Madrid.





