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Teresa Pueyo: «El sentimiento solo es bueno cuando está orientado hacia la Verdad»

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Bajo el título “Cuando la emoción sustituye a la verdad: autoestima, heridas y la nueva religión del yo”, la profesora de la Universidad CEU Abat Oliba abordó una cuestión decisiva para padres y educadores.

Por qué vivimos en una sociedad en la que el sentimiento parece haberse convertido en criterio supremo de la identidad, y cuáles son las consecuencias de ese desplazamiento para la formación de la persona.

Teresa Pueyo habló no solo desde el ámbito académico, sino también desde la experiencia concreta de la maternidad y la vida familiar.

La tesis central de su intervención fue clara.

El problema contemporáneo de la autoestima no es, en el fondo, solo psicológico, sino antropológico.

Hoy se habla constantemente de ansiedad, depresión, hipersexualización precoz, identidad herida o fragilidad emocional en niños y adolescentes. Pero el núcleo de estas heridas está más abajo, en una crisis de identidad.

Si un niño no sabe quién es, de dónde viene, a quién pertenece y para qué vive, difícilmente podrá quererse bien a sí mismo. Por eso afirmó que el problema de la autoestima es, en realidad, un problema de identidad.

A partir de ahí, formuló la gran pregunta que recorre hoy toda la cultura: ¿la identidad se recibe o se construye? Su respuesta no fue simplista. Por un lado, existe una identidad fundamental que no elegimos; nuestra condición corporal, nuestra filiación, nuestra pertenencia originaria, nuestro ser concreto e irrepetible. Pero, al mismo tiempo, esa identidad se desarrolla dentro de una cultura y mediante decisiones libres.

Es decir, somos al mismo tiempo herencia y tarea.

Lo decisivo es que esa construcción personal no puede hacerse desde la nada, ni contra la realidad, ni al margen de la verdad sobre lo humano.

En ese punto, Teresa Pueyo introdujo una distinción decisiva entre lo que llamó “sistemas tradicionales de significado” y el paradigma ideológico contemporáneo. Los primeros son aquellos ámbitos naturales en los que históricamente el ser humano ha aprendido a responder a las preguntas fundamentales sobre su vida: quién soy, de dónde vengo, para qué vivo. Esos sistemas serían, en su formulación, la familia, la patria o comunidad política arraigada, la tierra y la religión. Todos ellos comparten dos rasgos: son comunidades naturales, de escala humana, y están fundados en la benevolencia, en la posibilidad real de querer el bien del otro.

Cuando estos sistemas se debilitan, explicó, la necesidad de sentido no desaparece. Lo que ocurre es que el vacío dejado por ellos es ocupado por las ideologías.

Y ahí se produce una mutación profunda: mientras las comunidades naturales proponen una identidad arraigada en la realidad, las ideologías la construyen desde la voluntad de poder y desde el sentimiento. De ahí el título de la charla: cuando la emoción sustituye a la verdad, la persona queda sin base firme sobre la que edificar su vida.

Teresa matizó con acierto que el sentimiento no es malo en sí mismo. Forma parte de la naturaleza humana. Pero el problema comienza cuando deja de estar orientado por la razón y por la verdad de la realidad.

Recordó en este punto el célebre inicio de la Política de Aristóteles: el hombre, como los animales, tiene voz para expresar dolor o placer, pero solo él posee logos, palabra y razón. ¿Para qué? Para conocer la verdad y poder elegirla.

Las emociones, por tanto, no están llamadas a mandar solas, sino a ser integradas y gobernadas por una inteligencia orientada a lo real.

La primera gran escuela de identidad es la familia. En ella recibimos nuestra filiación genética, pero también nuestra identidad genealógica y cultural. No solo somos hijos de un padre y una madre concretos; también heredamos una historia, una forma de vivir, una tradición, un estilo, unas heridas y unas fortalezas. Teresa Pueyo recordó incluso cómo en el Evangelio Cristo es llamado no solo “hijo de María” o “hijo de José”, sino también “hijo del carpintero”, mostrando así que la vida concreta de los padres también configura la identidad del hijo.

Sin embargo, advirtió que vivimos en una era del desarraigo también en el plano familiar. Hay menos convivencia entre generaciones, menos memoria compartida, menos conocimiento de la propia historia.

Por eso subrayó la importancia de los abuelos, de la familia extensa, de las historias repetidas una y otra vez en casa, porque son justamente esas historias las que comunican al niño el sentido de pertenencia y de agradecimiento.

Aunque reconoció que no toda familia concreta funciona bien, insistió en que, incluso cuando hay heridas, el amor familiar sigue siendo una posibilidad real y natural, algo que ninguna ideología puede sustituir.

Después se detuvo en la patria, entendida no en sentido ideológico, sino como arraigo concreto en una tierra, una cultura, una historia y un lenguaje. La patria es “la tierra de los padres”, la prolongación de la familia en el espacio y en el tiempo. En ella uno descubre que no empieza de cero, que recibe una historia y una herencia que le preceden. Frente a la abstracción del “ciudadano del mundo”, Pueyo reivindicó la pertenencia concreta a un lugar que se pueda conocer y amar. Por eso lamentó la pobreza cultural que supone que muchos adolescentes no sepan nombrar ni siquiera el paisaje en el que viven.

El tercer gran ámbito de identidad es la religión, porque es la que termina de responder a la pregunta por el sentido último: para qué vivimos.

La fe, señaló, no es un añadido privado ni una opinión opcional, sino una dimensión constitutiva de la vida humana.

En todas las culturas, la religión se transmite de forma encarnada, dentro de las familias y de las comunidades. Y en el catolicismo esto se ve con especial claridad: es una fe universal, pero siempre arraigada en un lugar, en una historia, en una devoción concreta.

No es folclore, es una forma profundamente humana de conocer y vivir la verdad.

La gran crítica de Teresa Pueyo a la cultura contemporánea es que, al debilitar familia, patria y religión, no ha liberado al hombre, sino que lo ha dejado más vulnerable frente a las ideologías. El siglo XX fue, a su juicio, el gran laboratorio de esta deriva. Nazismo y comunismo, aunque distintos, compartieron la pretensión de definir al hombre desde una idea y no desde la realidad. San Juan Pablo II, que sufrió ambos totalitarismos, supo responder no solo con crítica, sino afirmando la verdad de la persona. Ahí situó Pueyo una clave también para nuestro tiempo.

¿Qué significa entonces educar hoy?

Significa, dijo, volver a poner al niño frente a la realidad. No se trata de nostalgia ni de restauracionismo sentimental, sino de devolverle el acceso a lo real. Eso implica, en primer lugar, educar las manos: sacar al niño de la pantalla y ponerlo en contacto con la tierra, con la materia, con el agua, con el trabajo, con la resistencia de las cosas. Recordó aquí una expresión repetida por el Papa Francisco: hay que educar la cabeza, las manos y el corazón. Y defendió con fuerza que el contacto físico con la realidad es decisivo para salir de la ficción de una voluntad que cree poder dominarlo todo.

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Pero también hay que educar la razón. Conocer la realidad exige aprender a nombrarla, a pensarla, a reconocer su orden. De ahí la importancia de los relatos, de la tradición, de las grandes historias infantiles y juveniles, que ayudan al niño a distinguir entre bien y mal, verdad y mentira, valentía y cobardía. Educar también es narrar, porque la razón humana comprende el mundo mediante palabras, historias y significados compartidos.

Y finalmente hay que educar el corazón. No basta con razonar correctamente; hay que aprender a amar bien. Por eso Pueyo defendió la exposición de los niños a la belleza: la literatura, la música, la pintura, la arquitectura, la poesía, la danza. El arte verdadero no alimenta el sentimentalismo, sino que despierta emociones orientadas hacia la verdad. En este punto evocó la figura de san Juan Pablo II, que en medio de contextos ideológicos terribles respondió cultivando la poesía, el teatro y la contemplación de la belleza.

La conclusión de su conferencia fue profundamente cristiana y pedagógica a la vez.

El corazón humano no está hecho para girar sobre sí mismo ni para absolutizar sus propias emociones, sino para abrirse a la verdad, al bien y al amor. Y esa apertura tiene, para el cristiano, un nombre: Jesucristo.

Educar consiste, en último término, en ayudar al niño a salir de la confusión de sus sentimientos para descubrir que la realidad es buena, que la verdad puede conocerse y que su corazón está hecho para algo mayor que sí mismo: está hecho para la entrega, para el amor verdadero y para Dios.

La charla de Teresa Pueyo fue, en suma, una defensa lúcida de la realidad frente al sentimentalismo, de la verdad frente a la autoconstrucción ideológica, y de la educación como camino de arraigo, pertenencia y sentido. En definitiva, devolver a las nuevas generaciones la familia, la verdad, la belleza y la fe como lugares donde aprender de nuevo quiénes son y para qué viven.

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