Un país feliz

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Navegando en el proceloso mar de la esfera política, esquivando una inflación imparable que asfixia al individuo de a pie, formando parte de una sociedad cada vez más polarizada y crispada, viendo cómo nuestra libertad individual se ve cercenada y maltrecha, cómo derechos fundamentales se ponen en entredicho o cómo la brecha generacional se abre cada vez más, nuestro país no es feliz.

Y no se trata de adentrarnos en la teoría política que diferencia «país» de «nación» o de «patria»; en este caso, cuando hablamos de país, nos referimos a un conjunto de ciudadanos que habitan dentro de sus fronteras, pagan sus impuestos y desarrollan su acontecer vital en su territorio. Los españoles, según dicen las encuestas, no somos felices.

Pero, de repente, cada cuatro años ocurre el milagro. No es que no existan otros deportes ni que España no posea grandes deportistas en muchas categorías. Es simplemente que, cada cuatro años, el deporte rey hace acto de presencia en todo su esplendor mediante el Mundial de la FIFA y, en ese momento, todo cambia.

Vivimos pendientes de un grupo de jugadores a los que llamamos «selección», nos reunimos en familia o con amigos para ver los partidos sin que la prisa o la rutina cotidiana nos hagan posponer el plan, nos mostramos orgullosos de nuestra bandera y nuestro escudo sin adscribirlos a determinadas corrientes políticas, entendemos que pertenecer a una nación es mucho más que vivir en ella: es saberse depositario del legado de nuestros antepasados y ser la base para los que vienen detrás. Rozamos, por ende, la felicidad, ese estado etéreo y fútil que, en estos tiempos, parece escapársenos entre las manos.

En este caso, la felicidad ha venido acompañada de la victoria, pero no de la victoria cegada por las luces del éxito, sino de la victoria que enseña y reconforta, la que se nutre y bebe del trabajo bien hecho. Un grupo de jóvenes jugadores que no se saben imprescindibles, pero sí necesarios; un modesto grupo muy alejado de las grandes estrellas del balón, con nombres, en la mayoría de los casos, desconocidos para los profanos y que, con humildad, han conseguido el mayor reconocimiento del mundo del fútbol.

Y, por supuesto, un gran maestro de ceremonias: un seleccionador nacional que, desde sus profundas raíces religiosas y éticas, se ha atrevido a mencionar las palabras mágicas, esto es, «equipo», «valores» y «bien común».

Así, en la competición de las mejores selecciones del mundo, ellos han conseguido que el triunfador, más que una selección, sea precisamente eso: «un equipo que ha aglutinado valores en torno al bien común».

Ahora, cuando la resaca de la celebración aún nos nubla la mirada, solo nos queda agradecerles todo lo que han hecho por nosotros. Gracias por recordarnos que un país solo se entiende desde la unidad, nunca desde la separación; gracias por demostrarnos que el trabajo duro siempre da fruto; gracias por servir de modelo a una juventud, en muchas ocasiones, desnortada; gracias por hacer visibles valores como la sana competitividad y el esfuerzo y, sobre todo, gracias por hacernos olvidar, por unos días, el blanco y negro de la cotidianidad; gracias por convertirnos en un país feliz.

Entre la crispación, la incertidumbre y el ruido cotidiano, el fútbol nos regaló algo más importante que una victoria: la certeza de que seguimos siendo capaces de caminar juntos. Gracias, equipo. Compartir en X

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