Minucia

Familia

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Sus pequeños ojos reposaron aquella tarde y, por primera vez, en el maravilloso espectáculo que tenía en frente. Nunca antes lo había visto. Nunca antes se había percatado de ellos, aunque ya había estado allí infinidad de veces…

Una hilera, una columna, un escuadrón de cientos de álamos uno al lado de otro en posición de guardia imperial, con sus trajes amarillos repletos de insignias por cada batalla librada en aquellos campos, le parecían de una belleza inaudita. Sus cascos puntiagudos y el grueso de sus brazos se asemejaban a los de aquellos valientes guerreros de sus cuentos de hadas.

Soñaba algún día ser armado caballero y enfrentar los más temibles enemigos con tal de alcanzar la tan ansiada corona de gloria.

Y allí los tenía, frente a sus ojos, el último bastión, el último tercio…

Mudo de admiración y casi obnubilado, se percató por un instante que su madre seguramente había comenzado a preguntarse donde estaría.

Inclinó su cabeza con la más parsimoniosa de todas las reverencias y emprendió la vuelta a casa.

Los postreros rayos del sol que penetraban hasta el más profundo escondrijo de aquel bosque encantado ubicado a las afueras del pueblo, empapaban de gloria y majestad el ambiente de aquella eterna tarde otoñal…

Y Dios, viendo que todo esto era bueno, convino en que debía darle una nueva oportunidad a los hombres.

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