Otros planes para tu mejor versión

Familia

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Dudo equivocarme si digo que todos queremos ser felices, queridos, respetados, razonablemente solventes y, si es posible, conservar las caderas en buen estado hasta una edad avanzada. Desearíamos llegar a viejos con la cabeza en su sitio, la familia cerca, buenos amigos y alguien que nos invite a comer los domingos.

Sin embargo, bajo la lista del genio de la lámpara, subyacen buena parte de unas aspiraciones que revelan el temor a convertirse en otro. Tememos fracasar, caer, envejecer, perder atractivo, resultar insignificantes o equivocarnos. Mísero, humano y natural.

Y así, llenos de dudas, nos deslizamos continuamente por la vida entre lo que deseamos ser y lo que nos aterraría llegar a ser.

Vivimos, además, en una época muy obsesionada y centrada con la construcción del yo. Cada vez me da más repelús eso de «la mejor versión de uno mismo».

¿Cuántas versiones tenemos? ¿Y quién decide cuál es la buena?

Con tanta reinvención y superación para descubrir nuestro potencial y alcanzar la mejor versión de nosotros mismos,  nos olvidamos de una ocupación mucho más interesante, de ser alguien para los demás.

Bertrand Russell, que no era precisamente un entusiasta del catecismo, observó lo siguiente. En La conquista de la felicidad recordaba a un hombre que cavaba pozos y que, sin saber apenas nada de política ni de las grandes cuestiones intelectuales, disfrutaba enormemente de su existencia. También hablaba de un jardinero cuya felicidad consistía, entre otras cosas, en mantener una guerra interminable contra los conejos que invadían su terreno.

Me encantan ambas imágenes. Porque mientras nos rompemos la cabeza sobre optimización, superación y autorealización, un señor de setenta años encuentra motivos para levantarse cada mañana porque los conejos, esos malditos, han vuelto a entrar en el huerto. ¿Es o no es genial?

Russell destaca algo muy importante y es que la felicidad no depende necesariamente de la importancia que el mundo conceda a nuestras ocupaciones, sino de la capacidad de entregarnos a algo que merece nuestro esfuerzo.

No basta con tener algo que hacer, ni siquiera basta con tener una causa. Ojo, que los fanáticos tienen causas y los tiranos se levantan cada mañana con una agenda bastante apretadita.

La cuestión es si aquello a lo que entregamos nuestra vida merece realmente nuestra entrega.

El tema es que hay una dificultad que cualquier persona mínimamente sincera reconoce en su día a día.

Sabemos bastante bien cómo deberíamos vivir y, aun así, nos empeñamos en vivir de otra manera.

Por ejemplo, queremos ser generosos, pero calculamos;  queremos ser pacientes, pero estallamos por una migajita. También queremos perdonar, pero custodiamos las pequeñas ofensas como si fueran las joyas familiares.

Se llama pecado. Y se trata de una realidad incómoda para todos, ciertamente, porque introduce la posibilidad de que el principal obstáculo para nuestra felicidad no esté siempre fuera de nosotros.

Cristo no responde a «qué quiero llegar a ser» o donde tengo que llegar para ser feliz, proponiéndome un ideal de autosuperación. Cristo me revela para qué he sido creado.

Hemos sido creados para participar de la vida de Dios. Hemos sido creados para la santidad.

No estamos aquí para optimizarnos y auto superarnos y así convertirnos en individuos admirables, perfectamente equilibrados y capaces de gestionar nuestras emociones con maestra eficacia. Ni siquiera hemos venido a este mundo para simplemente convertirnos en buenas personas.

Ten presente que Dios no te abandona cuando te enajenas, entre el tráfico diario, de las siete de la mañana, ni cuando necesitas tres cafés para empezar a comportarte como un ser civilizado. Ahí está la belleza cristiana.

La santidad no consiste en fabricar por nuestros propios medios una versión impecable de nosotros mismos. Consiste en dejar que Cristo transforme nuestra vida.

No se trata simplemente de imitar formas de actuar extraordinarias. San Pablo lo expresó muy claro: «Ya no soy yo quien vive, es Cristo quien vive en mí».

Por tanto, ¿Qué estoy dispuesto a dejar que Dios haga conmigo? Lo se, da un pelín de miedo.

Sospecho que preferimos mejorar antes que convertirnos. Pues mejorar permite conservar el control. Y convertirse exige entregarlo absolutamente todo.

Somos bebes espirituales pues nos encanta un Dios que consuele, que acompañe, que bendiga nuestros proyectos pero nos resulta más difícil aceptar a un Dios que nos pida abandonar ciertos planes o que nos obligue a salir de nosotros mismos.

Queremos ser santos, desde luego, pero sin que Dios se precipite.

No perdamos de vista que la vida cristiana no funciona como una empresa de perfeccionamiento individual, sino que es una historia de amor y de gracia.

Hace muy poquitos meses, en España, León XIV nos recordaba una verdad muy importante «Dios te ama como eres, pero te sueña mejor».

Dios nos ama como somos, pero nos llama a ser mucho más de lo que somos capaces de imaginar.

Lo extraordinario del cristianismo es que Dios no nos pide que escapemos de nuestra vida para encontrarlo. Nos pide que lo dejemos entrar en ella. La gracia de Dios no anula nuestra libertad ni nos dispensa de luchar. Nos permite participar en una obra que nos supera.

Franco Battiato cantaba en «Un’altra vita» que queremos otra vida, tiene razón. No necesitamos simplemente otra manera de vivir, sino una vida nueva. Una vida en Jesucristo.

De manera que, si alguien me preguntara qué quiero llegar a ser para ser feliz, podría responder con cierta tranquilidad que deseo crecer en virtud, alcanzar la madurez y envejecer rodeada de familia y amigos.

Pero la respuesta de verdad, sería otra. Quiero llegar a ser aquello para lo que fui creado. Quiero llegar a ser santo.

Y ¿qué temo llegar a ser?

Temo, en definitiva, haber pasado por la vida sin haberme dejado amar lo suficiente por Dios como para aprender a amar.

No espero llegar al final de la vida convertida en una obra maestra de fabricación propia.

Más bien, espero llegar, con toda mi pobreza, a las manos de Aquel que lleva toda la vida intentando hacer de mi diario desastre, la vida de un santo.

Y por fortuna, Dios tiene bastante más paciencia que yo.

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