1.- Don Julio ¿Por qué cree que la templanza se ha convertido en la “virtud olvidada” o incluso en una virtud “impopular”?
En realidad, no es solo la templanza, sino cualquier otra virtud, la noción misma de virtud. ¿Por qué? Por el esfuerzo que conlleva adquirirla.
Hace unos años, en un instituto de Madrid, un profesor dijo al iniciar el curso que iba a incentivar y valorar especialmente el esfuerzo, y la madre de un alumno le denunció por ello.
Es un ejemplo de cómo se ha establecido el ideal de la persona que por medio de la técnica ya no necesita -o pronto dejará de necesitar- el esfuerzo para vivir una placentera existencia feliz.
Es doblemente mentira: ni la técnica sustituirá al esfuerzo humano en su maduración, ni la vida placentera sin esfuerzo es por ello feliz.
Y en la educación esto ha calado mucho, incluso de modo subrepticio, como cuando se sustituye la virtud por el valor. Pero educar en valores es algo positivo… Sí, pero falta algo esencial: el esfuerzo, la virtud. Reconocer unos valores no proporciona su práctica, así, sin esfuerzo. Para quien se deje engañar por este espejismo, la templanza será sin duda algo impopular. Pero, en el fondo, no se olvida, aunque se quisiera. Hasta los niños lo reconocen.
Hace unos días, en una plática dirigida a niños de 4º de primaria -el tema era por qué la Cruz de Cristo no suprimió el sufrimiento y el esfuerzo-, pregunté qué preferían: recibir un premio sin más, porque sí; o ganarlo con esfuerzo. La respuesta fue unánime: ganarlo con esfuerzo.
2.- Muchos padres confunden educar en la templanza con el simple “prohibir” o imponer una disciplina rígida. ¿Cómo podemos explicarles que la templanza no busca anular el placer, sino enseñarnos a disfrutarlo de manera más plena y humana?
Centrar la educación en la prohibición pudo deberse en el pasado a un cierto puritanismo, pero en la actualidad lo más frecuente es que se deba al miedo.
Son conscientes de que hay muchos peligros, así como que no entiendan bien algunos de ellos, más ligados a los avances técnicos, y están, por así decirlo, “con el alma en vilo”, para evitar que los hijos caigan en alguno. A esto se suma una generalizada falta de esperanza. Quizás por esto son particularmente útiles los llamados “cursos de excelencia” cuando están bien enfocados; o sea, cuando no se busca crear futuros premios Nobel sino personas maduras en todos los sentidos, lo cual pasa por la virtud. Se busca la excelencia, no la supervivencia.
La imposición de disciplinas rígidas obedece a otros motivos, pero en todo caso es un error. Lo es aunque los padres piensen que lo hacen porque quieren y buscan lo mejor para su hijo o hija. Programar con todo tipo de actividades extraescolares la vida del joven acaba decidiendo todo por él y se impide así que crezca. Y no suele cambiar esa actitud con el paso de los años. Además, separa al chico o chica de sus amistades, y el caso es que las necesitan para madurar bien; la familia sola puede resultar algo más seguro, pero es insuficiente: hacen falta los grupos de iguales. Si los motivos de la rigidez son otros, tampoco son válidos.
La verdadera virtud significa comportarse racionalmente, asimilar la conducta con la razón en vez de pedir cumplimiento mecánico.
Y, sobre lo que se debe o no disfrutar, recogeré aquí una oración utilizada en la liturgia varios días al año. En el latín original se pide tu, inter mundanas varietates, ibi nostra fixa sint corda ubi vera sunt gaudia: o sea, pedimos que entre todas las variadas cosas de este mundo, nuestros corazones queden fijados allí donde las alegrías son verdaderas. Esto es lo que enseña la Iglesia.
3.- Hoy en día, el diseño de las redes sociales y los videojuegos busca precisamente romper cualquier barrera de autocontrol. ¿Qué estrategias concretas sugiere para trabajar la templanza en la tecnología sin caer en el aislamiento social del menor?
En realidad, la pregunta se refiere a los teléfonos móviles. Las redes sociales y los videojuegos “enganchan” muchas veces a los menores, pero no siempre aíslan. En las redes se comparten mensajes y videoclips, y muchos juegos -sobre todo los complejos- se pueden jugar de un modo colectivo. Se puede pensar que, sobre todo en el caso de las redes, la solución está en que el menor no tenga un móvil -los videojuegos tienen a menudo otros soportes-. Pero el problema radica en que cada vez quedan menos teléfonos fijos, y el menor se aísla si no puede comunicarse con sus amigos o amigas.
Hay que escoger bien las amistades, pero debe haberlas. Encerrar al menor en el entorno familiar puede solucionar algún problema, pero crea otros, y a veces mayores. Por eso la solución puede estar en teléfonos móviles “tontos” en vez de smartphones, que sirvan para llamadas y mensajería, y alguna otra aplicación, pero sin internet.
Por lo demás, lo primero que hay que calibrar es la situación concreta: de qué juegos hablamos, en qué redes sociales nos metemos… No buscan romper barreras: buscan vender, como cualquier producto que se pone a la venta. No les podemos echar la culpa por ello. En el caso de los videojuegos, se trata de juguetes y, si somos honrados los mayores, recordaremos que cualquier juguete bueno creaba su propia adicción. A la vez, no es lo más conveniente gastar el tiempo jugando en solitario en la habitación propia (el contrincante es el juego mismo), ni entretenerse siguiendo a influencers sin prestar atención a las personas cercanas. ¿Qué se puede hacer? No hay una regla fija. Cuando sabemos cuáles son los peligros concretos, cuáles son las influencias que se reciben, qué impacto tienen -¿hay malas notas?, ¿hay falta de sueño?, ¿hay falta de relación?, ¿hay algún problema que empuja a refugiarse en un mundo virtual en vez de afrontarlo?-, se puede estudiar la mejor solución. Pero en todo caso el tiempo empleado en estas cosas debe ser limitado, y para ello los padres deben ejercer su autoridad cuando sea necesario.
4.- Como experto, usted sabe que las virtudes se contagian más de que se enseñan. ¿Hasta qué punto es posible educar a un hijo en la sobriedad y el dominio de sí mismo si los padres vivimos atrapados en el activismo o el consumo impulsivo (por ejemplo, pérdida de tiempo de los padres con los móviles)?
Bueno, la verdad es que la pregunta se contesta a sí misma. El ejemplo de los padres ha sido, es y será siempre decisivo. Tienen que convencerse de que son insustituibles, y que quien tiene el deber de educar a los menores son ellos, no el colegio, que ayudará en lo que pueda. Pero limitar la respuesta al impacto del ejemplo sería incompleto. Hay que añadir que, si los padres dejan que desear en esta virtud de la templanza, es más que probable que les falte la fortaleza para exigir a sus hijos. Y eso en el mejor de los casos; en el peor, puede que no entiendan la necesidad de una vida templada, o que lo empiecen a entender cuando ya es demasiado tarde.
5.- La templanza es, en última instancia, una vía hacia la libertad. ¿Cómo podemos ayudar a un adolescente a entender que saber decir “no” a un impulso momentáneo le otorga un poder y una independencia mucho mayores a largo plazo?
De entrada, aunque pueda parecer un tanto teórico, conviene tener una idea clara de qué es la libertad.
Ciertamente, el hombre puede elegir una cosa u otra porque es libre, pero lo que define la libertad no es eso, sino el dominio sobre los propios actos, el dominio de sí mismo.
De todas formas, el adolescente conoce los riesgos de la destemplanza. Sabe que las adicciones esclavizan, pero con frecuencia no reconocen la adicción propia hasta que ya es tarde. O sea, piensan que controlan, que tienen control sobre su conducta, hasta que se hace evidente hasta para ellos mismos -muchas veces son los últimos en reconocerlo- que no es así, que han sido enganchados, y que puede con ellos.
Se han hecho algunos estudios y encuestas sobre el uso del teléfono móvil por los adolescentes, y la mayoría reconocen que lo utilizan demasiado tiempo, a la vez que se sienten incapaces para reducir ese uso. Por eso, la primera ayuda que se puede hacer a un adolescente va por el lado de que sean conscientes de su vulnerabilidad, antes de que la evidencia de las adicciones lesione seriamente su autoestima.
Y, junto con ello, deben ser conscientes de que la voluntad sola no basta: hace falta también el hábito, que debe forjarse; o sea, la virtud. Luego, si hay un sentido cristiano de la vida, se debe enseñar a pedir ayuda a Dios y los que están con Él, empezando por su madre, la Virgen María.
6.- Don Julio, por último, nos gustaría que profundizase en la idea de la diferencia entre abstenerse por miedo y moderarse por amor a un bien mayor.
La virtud pide siempre un comportamiento racional -incluidas la fe, esperanza y caridad, cuya racionalidad es elevada por la gracia-, no consiste sin más en controlar las pasiones. Quien la practica sabe que busca en ella su bien.
Abstenerse por miedo, ante lo agradable, puede significar temor a los posibles peligros de algunas conductas, lo cual en sí no es malo, pero la vida misma suele enseñar que no es suficiente: hace falta querer el bien.
Pero también puede significar el temor a un castigo que viene de fuera. Tampoco es malo si el supuesto castigo es justo, pero hay que advertir a los padres una cosa importante.
Educar no es conseguir unas conductas correctas en los hijos, sino enseñar, poco a poco, a los menores a valerse por sí mismos, y estar así bien preparados para asumir las responsabilidades del adulto. En este sentido, el miedo no es buen educador, ni en los padres ni en los hijos.
Hay un cierto papel para los temores de unos y otros, pero debe ser algo secundario. O se inculcan unos ideales -y, sinceramente, no veo cómo pueden ser esos ideales si no son cristianos, suele significar soñar despiertos- o los resultados, aunque de momento encontremos la tranquilidad del “no pasa nada”, no van a ser buenos. ¿Para qué vivimos?
Si no hay un sentido trascendente de la vida, el fin de la existencia es la posesión de bienes, o el brillo profesional, o el simple vivir tranquilos.
Si se analiza esto con serenidad y honradez, no se tarda en descubrir que en estos fines hay un embrión de destemplanza, porque todo se sacrifica al disfrute personal, y el amor, aquello que debe regir nuestra vida para que sea noble y valga la pena, es otra cosa.










