El fenómeno del voto oculto en las próximas elecciones a la Casa Blanca

Elecciones a la Casa Blanca
Política

Joe Biden y Kamala Harris ya se ven en la Casa Blanca dentro de unos meses. Al igual que Hillary Clinton hace cuatro años.

Con todas las encuestas a favor (como Clinton) y el 90% de los medios de comunicación de ambos lados del Atlántico (también como Clinton) haciéndoles campaña electoral gratuitamente, nada parece indicar que Donald Trump constituya un peligro serio.

Además, la vasta galaxia de furibundos opositores a Trump se ha ocupado también de hacer correr el rumor de que Trump podría intentar “robar” las elecciones. La Demócrata Sarah Cooper lo verbaliza con una frase que debería hacer temblar a cualquiera que se considere demócrata (en minúscula): “Donald Trump sabe que no puede ganar sin hacer trampas”.

Queda todo el mundo avisado: si esta vez Trump gana, será sin duda gracias a sus trampas. No sea que la sorpresa se repitiera.

Es cierto que Trump ha declarado no comprometerse a reconocer los resultados de las elecciones del próximo noviembre. Pero cuatro años después, habría que conocer el personaje. Ha dicho tantas y tantas cosas que después de dar la vuelta al mundo en el telediario han caído en el olvido…

La realidad es que llegamos al final de su primer mandato sin que haya habido una nueva guerra mundial o que la OTAN haya desaparecido. Curioso: la mayor amenaza a la Alianza ha resultado finalmente ser Turquía, no el presidente de los Estados Unidos. Y si bien es evidente que el orden mundial sigue deteriorándose, se trata de una tendencia muy anterior a Trump, como admiten los estudiosos de las relaciones internacionales.

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El fenómeno del voto oculto se podría disparar

Centrándose como es habitual en las declaraciones textuales de Trump, los demócratas y sus simpatizantes corren el riesgo de que el actual presidente recoja una nueva victoria electoral. Respetando las reglas del juego.

Es verdad que la distancia que separa a Biden de Trump en las encuestas (unos 9 puntos) es mayor que la de Clinton en 2016. Pero en la historia de los Estados Unidos ha habido candidatos que han recuperado distancias aún más importantes. En 1988, no hace tantos años, el demócrata Michael Dukakis estaba 17 puntos por delante de Ronald Reagan en un momento similar de la cuenta atrás electoral, y aun así perdió.

Un fenómeno que podría dar la vuelta a la situación es el voto oculto a Trump. En ciencia política, el problema estadístico del voto oculto define una situación en la que los encuestados evitan dar una respuesta que, piensan, puede generar rechazo social.

Una encuesta realizada en julio pasado concluyó en efecto que el 62% de los estadounidenses están de acuerdo con la afirmación “el clima político actual me impide decir cosas que creo”. Sin sorpresa, los únicos que se sienten mayoritariamente seguros al expresar sus opiniones políticas son los que se sitúan más a la izquierda del espectro político. Asimismo, el 77% de los conservadores afirma no poder expresarse libremente.

También es interesante ver que hay encuestas que dan a Biden como vencedor, pero cuando preguntan a quién cree el encuestado que sus vecinos apoyan, Trump avanza a Biden.

Estos resultados ponen cifras a un hecho conocido pero obviado por la esfera políticamente correcta: el clima social se ha tensado tanto en los Estados Unidos que hay una mayoría silenciosa que no se atreve a expresar su opinión. La libertad se encuentra de facto comprometida.

Que los demócratas siguen sin aprender de sus errores lo demuestra también la dimisión de la periodista del New York Times Bari Weiss. Weiss, considerada “menos a la izquierda” que la línea editorial del diario, fue contratada en 2016 para diversificar la sección de opinión y dar voz a personas más cercanas a los conservadores. Pero este año ha tenido que dimitir debido a los insultos y presiones de sus colegas por el contenido de sus artículos, juzgados de “racistas”.

De hecho, muchos demócratas siguen pensando que alguien que piense votar a Trump es racista o un incapacitado mental. Así lo escribe Gideon Rachman en el Financial Times, poco sospechoso de ser un simpatizante del actual presidente.

Ofuscados por sus prejuicios, los progresistas estadounidenses y sus primos europeos siguen sin hacer el más mínimo esfuerzo para entender las preocupaciones legítimas de los conservadores. Una omisión que les podría salir cara el próximo noviembre.

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