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“Woke, cristianismo y sentido común”: Daniel Arasa analiza la deriva de un fenómeno que “empezó bien” y terminó “en delirio”

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El periodista y escritor Daniel Arasa acaba de publicar Woke, cristianismo y sentido común (Ideas y Libros).

Un ensayo que disecciona el auge de lo “woke” en Occidente y su transformación —según el autor— de impulso inicial por los derechos de minorías a un sistema cultural que tiende a imponer una visión única del ser humano y a cancelar al discrepante.

Daniel Arasa sostiene que aquello que nació como “despertar al débil” ha derivado en “controlar a todos”, y plantea el debate en términos de antropología, libertad y sentido de la vida, con una comparación explícita entre la cosmovisión cristiana y los presupuestos ideológicos del movimiento.

Aunque el término woke se asocia literalmente con “despertar”, Daniel  afirma que su traducción práctica resulta compleja porque opera como una amalgama de corrientes diversas. En su libro identifica una mezcla ideológica donde convergen, entre otros, ideología de género, “feminismos desbocados”, antirracismo, ecologismo radical, indigenismos, animalismo o reivindicaciones de reparaciones históricas.

A juicio del autor, la coincidencia no está tanto en sus puntos de partida como en su dinámica final: “cancelar a los disidentes” y orientar el debate público hacia la imposición de determinados postulados.

El ensayo describe lo woke como una “degeneración por hipertrofia” de la lucha por las minorías. Daniel Arasa sitúa su expansión en las últimas décadas dentro de las sociedades occidentales, y subraya el papel de administraciones públicas, medios de comunicación y partidos —principalmente de izquierda, aunque también menciona a liberales de derechas— en su difusión. Uno de los rasgos que destaca es el coste social del disenso: silenciar, cancelar, insultar, hacer desaparecer del ámbito público a quienes cuestionan esos planteamientos. En esa lógica, sostiene, el adversario queda etiquetado de forma automática con categorías como “fascista”, “homófobo” o “racista”.

Uno de los puntos más llamativos del libro es la idea de una alianza inédita entre liberalismo económico y cierta izquierda en “temas antropológicos clave”. Daniel Arasa considera que lo woke ha actuado como pegamento cultural capaz de unir sensibilidades políticas que en otros terrenos —especialmente el económico— mantienen profundas divergencias.

daniel arasa woke

En su análisis también hay espacio para la dimensión política coyuntural: el autor aborda cómo determinados cambios, como la llegada de Donald Trump a la presidencia de Estados Unidos, y el protagonismo de líderes que se declaran anti-woke —cita a Giorgia Meloni o Javier Milei— han reconfigurado el debate. Con todo, insiste en que lo relevante no es la política inmediata, “mutable y reversible”, sino la “lucha cultural” y sus fundamentos ideológicos.

El núcleo de la comparación aparece cuando Arasa contrasta las visiones de lo woke y del cristianismo —católico o protestante— sobre la verdad, la dignidad humana, la libertad, el bien común, la moral y el sentido de la vida.

A partir de ahí, plantea que el conflicto no es solo político o sociológico, sino espiritual: interpreta que lo woke ha tendido a convertirse en una “religión” civil y denuncia una “obsesión cristianofóbica” por erradicar lo cristiano del espacio público.

En esa “batalla de fondo”, afirma, “la victoria de Cristo está asegurada”.

Pese al tono crítico, Daniel matiza su posición:

Soy enemigo del pensamiento woke, pero no de las personas que piensan así”.

Por eso propone diálogo y “puentes más que trincheras”. Para el autor, dialogar no implica renunciar a la verdad ni buscar un término medio artificial, sino mantener “pasión por alcanzar puntos de encuentro” y evitar el odio y el enfrentamiento.

Finalmente, el libro apunta a un posible cambio de ciclo. Daniel Arasa cree que lo woke está en retroceso en Estados Unidos por el hartazgo social y por el distanciamiento de parte del mundo empresarial, que durante años habría financiado iniciativas y políticas vinculadas a ese marco cultural. En Europa, sin embargo, prevé mayor resistencia al cambio por el apoyo institucional. Y concluye con una apuesta por el “sentido común” como antídoto, especialmente frente a la ideología de género, que —según su argumentación— tenderá a diluirse con el tiempo.

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