5 razones para hacer deporte según el Papa León XIV

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El verano suele presentarse como un tiempo para descansar, desconectar y recuperar fuerzas. Pero quizá también pueda ser una ocasión privilegiada para volver a educar el cuerpo y el alma. No se trata solo de adelgazar, quemar calorías o llegar más fuertes a septiembre.

El deporte puede convertirse en una pequeña escuela de virtud, en un camino sencillo y cotidiano para aprender a vivir mejor.

Así lo ha recordado recientemente el Papa León XIV, que ha calificado el deporte como un “medio precioso para la formación en las virtudes humanas y cristianas”. La salud y la fuerza, lejos de ser simples capacidades físicas, son dones de Dios. Y cuando se ponen al servicio del bien, de la convivencia, del esfuerzo y de la alegría, también pueden convertirse en una forma de alabanza.

En su homilía con motivo del Jubileo del Deporte, el Papa explicó que “toda actividad humana buena y valiosa es, de algún modo, reflejo de la belleza infinita de Dios”, y añadió que el deporte lo es de una manera especial. Porque el deporte, cuando se vive con rectitud, no encierra al hombre en sí mismo, sino que lo abre a los demás, a la realidad y a Dios.

1. El deporte enseña a cooperar

La primera razón que ofrece León XIV es especialmente actual. Vivimos en una sociedad cada vez más marcada por la soledad, el individualismo y la tentación de convertir el “yo” en medida de todas las cosas. Frente a esa cultura del aislamiento, el deporte —sobre todo el deporte en equipo— recuerda una verdad elemental: nadie llega lejos solo.

El Papa lo expresó con claridad: en una sociedad donde el individualismo radical ha desplazado el “nosotros” por el “yo”, el deporte enseña “el valor de cooperar, trabajar juntos y compartir”. No es poca cosa. En un equipo se aprende a pasar el balón, a ocupar el lugar que corresponde, a confiar en el compañero, a corregir sin humillar y a obedecer una regla común.

El deporte nos enseña a salir de nosotros mismos y a colaborar con otros, nos acerca también a una forma más verdadera de vivir.

En verano, una pachanga en la playa, una ruta en familia, un partido entre amigos o una tarde de piscina pueden ser mucho más que entretenimiento. Pueden convertirse en una pequeña escuela de reconciliación, encuentro y fraternidad.

2. El deporte nos devuelve al mundo real

La segunda razón tiene que ver con una de las grandes heridas de nuestro tiempo: la evasión digital. Pantallas, redes sociales, videojuegos, notificaciones y mundos virtuales ocupan cada vez más espacio en la vida cotidiana. La tecnología nos acerca a quienes están lejos, pero muchas veces nos aleja de quienes tenemos al lado.

León XIV advierte que el deporte es un medio “valioso y concreto” para unir a las personas, porque devuelve al ser humano el sentido sano del cuerpo, del espacio, del esfuerzo y del tiempo real. Frente a la tentación de refugiarse en mundos virtuales, el deporte nos obliga a pisar la tierra, a respirar, a sudar, a mirar a los ojos, a sentir el cansancio y la alegría de estar vivos.

La fe no desprecia el cuerpo. El cristianismo no es una espiritualidad desencarnada. El Verbo se hizo carne. Dios quiso salvar al hombre entero: cuerpo, alma y espíritu. Por eso el deporte, bien vivido, puede ayudar a recuperar una relación equilibrada con el propio cuerpo, no como objeto de culto, exhibición o consumo, sino como don recibido y responsabilidad confiada.

El verano, con sus días largos y su ritmo más amplio, puede ser un buen momento para salir de la pantalla y volver a la vida real.

3. El deporte nos enseña a perder

La tercera razón quizá sea la más profunda. El deporte no solo enseña a ganar; enseña también a perder. Y en una sociedad obsesionada con el éxito, la eficacia, la imagen y la victoria inmediata, aprender a perder es casi una revolución espiritual.

León XIV lo formuló con enorme realismo: en una sociedad competitiva, donde parece que solo los fuertes y los ganadores merecen vivir, el deporte nos enfrenta a nuestra fragilidad, a nuestros límites y a nuestras imperfecciones. Nadie gana siempre. Nadie corre sin cansarse. Nadie juega sin fallar. Nadie llega a ser campeón sin caerse antes muchas veces.

Pero ahí aparece una de las grandes lecciones cristianas del deporte: la perseverancia.

El Papa recordó que “los campeones no son máquinas que funcionan a la perfección, sino hombres y mujeres de verdad que, cuando caen, encuentran el valor para volver a ponerse en pie”.

Esta enseñanza vale para el campo, la pista o la piscina, pero también para la vida familiar, el trabajo, la oración y la fe. Caer no es fracasar definitivamente. Perder no es perderse. Fallar no significa quedar condenado al desaliento. Lo decisivo es levantarse, volver a empezar y descubrir que la esperanza nace precisamente cuando reconocemos que no podemos salvarnos solos.

4. El deporte educa en la disciplina y en la constancia

La cuarta razón nace de una verdad muy sencilla: nada importante se alcanza sin esfuerzo. El deporte enseña que los frutos no llegan de golpe, que el cuerpo no mejora sin entrenamiento y que la victoria no se improvisa. Hace falta disciplina, paciencia, repetición y humildad.

El deporte devuelve al ser humano a una pedagogía más verdadera: la del trabajo silencioso. Un niño que aprende a nadar, un adolescente que entrena cada tarde, un adulto que sale a caminar aunque no tenga ganas, todos ellos descubren algo esencial: la voluntad también se educa.

Esta dimensión tiene un profundo valor cristiano. La vida espiritual tampoco crece por impulsos pasajeros. La oración, la caridad, la fidelidad, la templanza y la entrega cotidiana exigen perseverancia. Igual que un atleta no se prepara solo el día de la competición, un cristiano no se forma únicamente en los grandes momentos, sino en la fidelidad humilde de cada día.

El deporte, por tanto, puede ser una escuela contra la pereza interior. Nos recuerda que el cuerpo y el alma necesitan hábitos buenos. Y que la libertad no consiste en hacer siempre lo que apetece, sino en aprender a elegir aquello que nos hace mejores.

5. El deporte enseña alegría y gratitud

La quinta razón tiene que ver con una palabra que a veces olvidamos: alegría. El deporte, vivido sanamente, no es solo competición, sacrificio o esfuerzo. También es juego, descanso, belleza, amistad y gratitud. Hay una alegría limpia en correr, nadar, jugar, caminar por la montaña o compartir una tarde deportiva con la familia.

Esa alegría también habla de Dios. Porque la vida cristiana no es una carga triste, sino una llamada a la plenitud. Cuando el deporte se vive sin idolatría, sin obsesión por el cuerpo y sin desprecio del rival, puede convertirse en una celebración sencilla del don de estar vivos.

El Papa León XIV ha recordado que el deporte puede ser un lugar de encuentro y humanidad. Y precisamente por eso puede ayudarnos a recuperar la gratitud: gratitud por el cuerpo recibido, por la salud, por los amigos, por la naturaleza, por la familia, por la posibilidad de comenzar de nuevo.

En verano, esta dimensión se hace especialmente visible. Un partido improvisado, una carrera al atardecer, una excursión con los hijos o un baño en el mar pueden convertirse en momentos donde el corazón reconoce, casi sin darse cuenta, que la vida es un regalo.

Por eso León XIV ha querido recuperar una imagen bellísima de san Juan Pablo II: Jesús es “el verdadero atleta de Dios”, porque venció al mundo no con la fuerza, sino con la fidelidad del amor.

Esta es la medida última del deporte cristiano: no la arrogancia del vencedor, sino la humildad de quien se entrega.

Cada vez que este verano nos calcemos unas zapatillas, salgamos a caminar, juguemos un partido, nademos en el mar o acompañemos a nuestros hijos en una actividad deportiva, tendremos delante una oportunidad sencilla y grande: entrenar también el alma.

Porque hacer deporte no es solo mover el cuerpo. Puede ser aprender a convivir, volver a la realidad, aceptar los límites, educar la voluntad y vivir con alegría agradecida. Y ese entrenamiento, como recuerda el Papa, merece la pena para toda la vida.

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