fbpx

Cuando el silencio mata: una palabra puede salvar una vida

Familia

COMPARTIR EN REDES

En la madrugada del domingo al lunes me llegaba un WhatsApp que, ni por asomo esperaba. Un mensaje cuyo contenido ha condicionado toda mi semana.

Un compañero del colegio. Alguien con quien compartí aulas, risas, exámenes y juventud. Se había quitado la vida.

No entraré en detalles morbosos ni en las causas -solo Dios las conoce-, pero sí quiero aprovechar este hecho para reflexionar.

La noticia cae como un mazazo. No solo por lo sucedido, sino por todo lo que arrastra: preguntas sin respuesta, recuerdos que se reordenan, silencios que de pronto pesan demasiado.

Y una certeza incómoda: ¿nadie lo vio venir?, o quizá, ¿nadie supo cómo mirar?

Vivimos en una sociedad profundamente cansada. Saturada de estímulos, de ruido, de promesas constantes de felicidad, pero extrañamente vacía de sentido. Cada vez más personas caminan con una desesperación silenciosa, perfectamente disimulada tras una vida aparentemente normal.

El suicidio no suele gritar; suele susurrar en soledad.

Desde una perspectiva cristiana, esta realidad no puede analizarse únicamente en términos psicológicos o sociológicos, siendo ambos necesarios.

Hay una raíz más profunda: hemos expulsado a Dios de la vida pública y privada, y con Él se ha ido también la esperanza.

Cuando se elimina a Dios, no se gana neutralidad; se pierde horizonte. El hombre queda reducido a sus propias fuerzas, a su rendimiento, a su utilidad, a una búsqueda constante de un estado de felicidad idealizado. Y cuando falla, cuando sufre, cuando no puede más, cuando no alcanza esa felicidad prometida, ya no sabe para qué seguir viviendo.

La Iglesia es clara al afirmar que la vida humana es un don sagrado que debe ser protegido desde la concepción hasta la muerte natural. El Catecismo de la Iglesia Católica enseña que el suicidio es objetivamente contrario al amor a Dios, a uno mismo y al prójimo (cf. Catecismo, nn. 2280-2281). Pero añade algo decisivo, profundamente humano y misericordioso:

“Trastornos psíquicos graves, la angustia o el temor grave de la prueba, del sufrimiento o de la tortura pueden disminuir la responsabilidad del suicida” (Catecismo, n. 2282).

Y concluye con una afirmación que abre la puerta a la esperanza incluso en la noche más oscura:

No se debe desesperar de la salvación eterna de las personas que se han dado muerte” (Catecismo, n. 2283).

El sufrimiento, por tanto, no tiene la última palabra. El cristianismo no niega el dolor, pero lo ilumina. No lo elimina, pero lo redime. Como recordó san Juan Pablo II en la encíclica Evangelium vitae, la vida humana, incluso en la fragilidad, conserva una dignidad inviolable, y toda cultura que normaliza la muerte termina convirtiéndose en una cultura contra el hombre (cf. Evangelium vitae, n. 66).

Benedicto XVI lo expresó con una profundidad serena en «Spe salvi»:

La redención nos ha sido ofrecida en el sentido de que se nos ha dado la esperanza, una esperanza fiable” (Spe salvi, n. 1).

Sin esperanza, la vida se vuelve insoportable. Con esperanza, incluso el sufrimiento puede ser atravesado.

Esta esperanza se hace especialmente visible en el testimonio de Fidel, tras la muerte de su madre en el accidente ferroviario de Adamuz. Cuando comunicó a su hermano -también implicado en el trágico suceso- que su madre había fallecido, este rompió a llorar, preguntándose cómo había logrado sobrevivir. Y, sin embargo, en medio de ese dolor desgarrador, surgía una afirmación que descoloca al mundo moderno: su madre, profundamente religiosa, estaba rezando el rosario en el momento del impacto.

“Estoy seguro de que ella ha hecho el milagro de que se la llevaran a ella y se quedaran su hijo y sus nietos”, decía Fidel entre lágrimas. No negaba el dolor. No lo edulcoraba. Reconocía que no podría volver a tocar a su madre. Pero añadía algo decisivo:

La vida a veces te da un vuelco y te dice: ‘Valora lo que tienes’”.

Dos hechos trágicos. Dos sufrimientos reales. Pero dos respuestas radicalmente distintas al dolor. En un caso, la desesperación absoluta. En el otro, el dolor atravesado por la fe, por la esperanza de que la muerte no es el final.

Aquí es donde los cristianos no podemos mirar hacia otro lado. Estamos llamados a ser luz, no con grandes discursos, sino con presencia, con escucha, con una palabra oportuna. A veces no se trata de ofrecer soluciones, sino simplemente de estar. De decir: “No estás solo”. De recordar que tu vida importa, incluso cuando tú ya no lo crees.

Una palabra puede no parecer gran cosa. Pero una palabra a tiempo puede evitar. Un gesto, una llamada, una pregunta sincera pueden romper el aislamiento mortal en el que alguien se encuentra atrapado.

En un mundo que ha perdido el sentido de la vida, el cristiano está llamado a testimoniar -con humildad y valentía- que el sufrimiento no es el final, que la cruz no es la última escena, que después del Viernes Santo llega la Pascua.

Hoy, más que nunca, necesitamos cristianos que no apaguen la luz. Porque cuando la oscuridad se hace total, cualquier chispa puede salvar una vida.

¿Te ha gustado el artículo?

Ayúdanos con 1€ para seguir haciendo noticias como esta

Donar 1€
NOTICIAS RELACIONADAS

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.

Rellena este campo
Rellena este campo
Por favor, introduce una dirección de correo electrónico válida.

El periodo de verificación de reCAPTCHA ha caducado. Por favor, recarga la página.