La natalidad, y la maternidad, su prima hermana, es una de las grandes preocupaciones, de las grandes preguntas, que ponen en jaque a nuestra sociedad actual. Muchos hablan de ella, la mayoría para denunciar su escasez, aunque no faltan los detractores del nacimiento de nuevas personas, “causantes de la terrible huella de carbono y consumidores feroces de la naturaleza actual”.
Veamos el caso de España, uno de los países que lleva la delantera, incluso entre los países de la Europa occidental.
En 1975, por ejemplo, nacían 677.456 niños, más del doble que en estos últimos años. Y en 1970 había 33 millones de personas, frente a los 48 de estos últimos años. Descenso vertiginoso, aunque la población ha aumentado notablemente. Con datos así es normal que muchos hablen de invierno demográfico, y otros, creo que con más razón, de desierto demográfico.
En torno al 17% de las parejas actuales atraviesan una situación de esterilidad o infertilidad; o quieren tener hijos y no se quedan embarazados, o se quedan embarazados, pero el niño no llega a nacer. Y además de este problema, cada vez son más los embarazos que terminan en un aborto provocado; casi 1 de cada cuatro.
Faltan niños, aunque hay muchos a los que no les dejamos crecer fuera del seno de la madre (más de 106.000 el año 2023). Y en un intento desesperado, que además suscita otros problemas económicos, de salud y existenciales, siguen aumentando los niños concebidos como resultado de una inseminación o una fecundación in vitro. En el 2023 fueron casi 40.000 (más del 12 %).
Coste económico porque estas técnicas son caras, muy caras, para conseguir una “eficacia” poco superior al 20%; o dicho al revés, 4 de cada cinco procedimientos (“ciclos”, si queremos usar el término técnico) no consiguen su objetivo.
Coste en salud, tanto para la madre como para los hijos. Las técnicas no son inocuas, ni para uno ni para el otro. Y cada vez crece más la evidencia de la fragilidad en la salud de los nacidos utilizando estas técnicas.
Y coste existencial, primero por el gran problema de los “embriones sobrantes” que se congelan. El último censo publicado, a 31 de diciembre de 2023, hablaba de más de 916.000 embriones (es el dato que da la industria de la fecundación in vitro en España, la “Sociedad Española de Fertilidad”).
Y coste existencial, sobre todo por la trivialización de la vida humana, la fabricación bajo las mismas reglas del control de calidad que rigen en cualquier proceso industrial. Se fabrica un producto, olvidando la dimensión trascendente de ese “producto” y la relación humana y amorosa de quienes engendran a ese niño.
¿Qué pasa en esta sociedad para que unos acaben con la vida del hijo antes de que salga del seno de su madre, y otros paguen tanto para que se les produzca un hijo (unos cuantos, habría que decir)? ¿Son compatibles estos extremos en una misma sociedad? ¿Qué nos está sucediendo? ¿Hacia dónde vamos? Quo vadis, España, Europa?
En un primer análisis del problema de la natalidad, se alude rápidamente a la situación económica, al encarecimiento de la vida, de la cesta de la compra y sobre todo de la vivienda. Se acusa al abaratamiento de los sueldos (hace 50 años una familia vivía con cierta normalidad con el sueldo del marido, y ahora malvive con el sueldo de ambos cónyuges). Muchos organismos cívicos y sociales reclaman también la escasa ayuda a la maternidad, mientras se derrochan ayudas al aborto y a una maternidad más problemática, la que procede de la fecundación in vitro.
Todas estas causas son serias, importantes. Son situaciones externas que dificultan, e incluso no favorecen la natalidad. Y es justo denunciarlo y luchar porque el Estado ayude al bien de sus mismos ciudadanos, el bien actual y el bien futuro. Desde hace más de 40 años se está repitiendo que las pensiones corren un serio peligro, que la pirámide poblacional está tan invertida que cada vez es más difícil que la clase trabajadora pueda mantener a los que han trabajado por el país más de 40 años. Ya desde 1984 el gobierno tenía informes alertando del serio problema de las pensiones.
Más allá de estas causas y estas justas reivindicaciones, mi análisis me lleva a una pregunta más existencial. ¿Qué pasa en el corazón del hombre, varón y mujer, para acercarnos a grandes zancadas a este abismo demográfico? “De la abundancia del corazón habla la boca”, y habla no solo pronunciando palabras, sino también tomando decisiones, haciendo o no haciendo ciertas cosas.
Creo que esta crisis de la natalidad refleja sobre todo una crisis existencial de futuro, una carencia de esperanza ante el futuro que se nos viene, o que no queremos que llegue. Es cierto que la economía tiene que ver con la natalidad, pero me llama la atención que en muchos países con una economía bastante por debajo de la española, el número de hijos y las familias con varios hijos sean muchas más. Incluso en España, uno de los años con mayor natalidad de las últimas décadas coincidió, curiosamente, con la crisis económica del 2008.
¿Es importante la economía, el dinero? Sí, pero creo que este iceberg tiene mucha más profundidad de la que pensamos, o de la que quieren que veamos. Las familias que tienen confianza en el presente y en el futuro buscan hacer crecer la familia, también numéricamente. Ese crecimiento puede suponer tener menos comodidades materiales, pero la vida no se vive solo en el reducido horizonte material. Y no me refiero solo al horizonte espiritual de la fe; hablo también del gran horizonte del amor entre padres e hijos, entre hermanos, entre primos.
Reducir al hombre a su mera dimensión material es animalizarlo, verlo como un perro o un gato, quizás un poco más sofisticado, pero sin ningún horizonte de trascendencia.
Reducir al hombre a su mera dimensión material es animalizarlo, verlo como un perro o un gato, quizás un poco más sofisticado, pero sin ningún horizonte de trascendencia. Compartir en X








