Alianza de generaciones, un privilegio para transmitir la fe

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Transmitir la fe a los hijos hoy en día, dentro de los hogares, a veces, no es nada fácil. Si partimos de la idea de que la fe no se hereda, sino que más bien se transmite, entenderemos que en aquellas familias cuyos padres quizá la han perdido, o quizá, por el devenir de la vida, están inmersos en una profunda tibieza espiritual, los hijos no pueden tener un ejemplo que imitar.

No obstante, existe una alternativa esperanzadora, muy próxima a esos hijos que les puede obtener el acercamiento a Dios. Esa posibilidad, que se manifiesta como un ventanal abierto para dirigirlos a los sacramentos, así como a todas las realidades transcendentes que miran al Cielo, y siempre orientadas para acoger la fe, es a todas luces el amor de los abuelos.

Seguramente, en nuestro círculo social, conoceremos alguna familia donde los padres han educado a sus hijos en la fe católica y, sin embargo, no han sabido, a la hora de casarse y formar su propia familia, compartirla con su prole descendiente.

Ciertamente, el tránsito y la evolución de la vida, unido al desarrollo personal y cultural en donde cada ser humano se desenvuelve, pueden alterar y contravenir la experiencia heredada en relación a la fe católica. La influencia de ciertos ambientes paganos, sumada a los respetos humanos que no en pocas ocasiones atenazan nuestra voluntad, pueden ser causas que incidan frontalmente en lo que podríamos denominar una “anestésica indiferencia” que conduce a la desgana espiritual al tiempo de hacer un apostolado fecundo y familiar.

A tal efecto, son los abuelos en muchas ocasiones quienes procuran para sus nietos, desde su más tierna infancia, el sabor del amor a Dios. Existen testimonios de nietos que describen una profunda satisfacción por haber sido instruidos, en la doctrina católica, de las manos de sus abuelos, recordando con cariño las enseñanzas de estos a base de cuentos y de lecturas apasionantes y escenificadas referidas tanto al Antiguo como al Nuevo Testamento.

Por tanto, no debe extrañar que donde conviven o se relacionan asiduamente varias generaciones, además de intentar transmitir la fe de padres a hijos, aunque a veces sin éxito, se intente de abuelos a nietos y en esta ocasión se logre.

Esta alianza intergeneracional es sin duda un caldo de cultivo para plantar esa semilla que habrá de germinar en el tiempo, abonada tantas veces con ese amor innegable y sensible que solamente saben dar los abuelos con tanto afecto. La fe no se puede disociar del auténtico amor, dado que los abuelos, en estos casos, tienen bien dispuestos sus corazones, y además dan credibilidad de la verdad. Por ello, son los mejores y los más ventajosos testigos para que sus nietos, en virtud de esa entrega abnegada y desinteresada vertida hacia aquellos, puedan acoger la fe.

Debemos ser conscientes de que recibir la fe es todo un regalo, y un privilegio transmitirla. Transformar, con la gracia de Dios y el soplo del Espíritu Santo, en general a las personas y en particular a unos nietos tan queridos y amados, es un gozo tan indescriptible como ilusionante. Además, avivar la fe, cultivarla y verla florecer es casi una responsabilidad asumida, no ya por ser los abuelos de unos familiares entrañables y cercanos, sino también por ser un compromiso que obedece al imperativo de “id por todo el mundo y predicar el Evangelio a toda criatura” (Mc 16, 15-18). Activar la fe en un mundo en crisis, y no en pocas ocasiones falto de esperanza, iniciándola en la familia y a través de la gratificante labor de transmitirla es, sin temor a error, una experiencia muy emotiva y valiosa.

Así las cosas, cuando los padres no creen o atraviesan una crisis de fe, pueden ser los abuelos quienes abran las ventanas a ese horizonte luminoso, diáfano e inagotable que hay más allá de las realidades más cotidianas y, a la postre, sean instrumento para que sus nietos lleguen a tener un encuentro con Dios que penetre en sus almas y en sus corazones.

La fe es una forma de vivir que se asimila viviéndola. De ahí que la familia sea el lugar idóneo para dar a conocer a Cristo, a pesar de las limitaciones personales, y donde se deban echar raíces para que, desde la perspectiva del amor a la Santísima Trinidad, sepa cada miembro de la misma enfrentarse a las dificultades de la vida, con la paz y el sosiego que únicamente se entienden y se sienten al saberse hijos de Dios.

Con todo, señalar que la fe nunca es ajena a la historia, que incluso en muchas ocasiones actúa por atracción. Por ello, cuando incide personalmente en la vida de cada cual, no es extraño que se abra un nuevo camino que transforme la propia vida y, quizá, las vidas de los que, por uno u otro motivo, convivan o se relacionen en ese mar tan inmenso y sin orillas que es la propia sociedad.

Concluyamos diciendo que ser colaboradores de Cristo en la evangelización es, de alguna forma, tocar el cielo desde la tierra, por ser esta una misión tan pura y anhelante que, sin lugar a dudas, avala y acrisola verdadera y consecuentemente nuestra santidad.

Recibir la fe es un regalo. Transmitirla, un privilegio. Los abuelos tienen una oportunidad única de acercar a sus nietos a Dios mediante el amor, la oración y el testimonio de su propia vida. Compartir en X

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