Mucho cuerpo y mucho brillo

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Sábado noche, vas a un concierto, hay voz, hay canciones, hay trap, hay hip-hop, hay baile y hay espectáculo. Pero, sobre todo, hay cuerpo. Mucho cuerpo.

No es una exageración. Basta con ver los últimos conciertos masivos de la cartelera española (Nathy Peluso, Rosalía, Bad Bunny, Aitana…) y darse cuenta de que nada está dejado al azar. Cada gesto, cada mirada, cada cambio de ropa, cada movimiento de cadera es intencionado. Hemos llegado a una situación en que los artistas no se presentan únicamente como cantantes; todos y cada uno han pasado a ser un personaje.

Si hablamos del caso femenino, más brillo, más curvas, más maquillaje, más gesto, más dramatismo. Todo sube de volumen.

¿Esto qué es exactamente? ¿Libertad? ¿Negocio? ¿Arte? ¿Provocación? ¿Una mezcla de todo?

La música seria siempre ha sido la de la cabeza y el corazón. El cuerpo siempre ha estado presente y solía parecer cosa menor. Bailar, mover las caderas, sudar, provocar, disfrutar del ritmo… todo eso quedaba como en segunda categoría.

Hoy el pop urbano, el reguetón, la música latina y buena parte de la cultura actual han cambiado las reglas. Han puesto el cuerpo en mitad de la plaza.

Pero cuidado, porque el mercado es muy pillo. Y más viejo que el hambre. Frente a aquel canon de los noventa —delgadez extrema, palidez, aire casi enfermizo— aparece ahora otro modelo: fuerte, curvo, musculado, sensual, voluptuoso, exuberante, «de barrio», poco fino y descarado. Gesto desafiante y presencia viral. Cambia el canon, pero no siempre desaparece la esclavitud.

Por eso este fenómeno no se puede despachar con un “qué vulgaridad” ni con un “qué moderna y libre”. Ambas respuestas se quedan cortas. Hay vulgaridad, sí, demasiada, mucha. Hay provocación calculada. Y sexualización más que evidente.

Lo que más me preocupa de todo esto es la señal de fondo; nuestra época no sabe qué hacer con el cuerpo. Lo idolatra y lo maltrata a partes iguales.

Fabrice Hadjadj, en La profundidad de los sexos, recuerda que el cuerpo humano no es una cosa disponible sin consecuencias, sino un lugar de misterio, encuentro y vulnerabilidad. La sexualidad, el deseo y la belleza no son juguetes neutros. Tocan lo más profundo de la persona. Por eso no basta con decir: “cada uno hace con su cuerpo lo que quiere”. El cuerpo no es una propiedad cualquiera, es la forma visible de una persona irrepetible.

La era de los festivales y conciertos masivos habla mucho de nosotros, de una sociedad a la que le atrae mucho ver artistas sobre el escenario. Porque en ellos se condensa algo que todos de alguna manera vivimos, el deseo de ser vistos, la necesidad de gustar, el miedo a no bastar o la tentación de convertirnos en personaje para que nos quieran.

Nos estamos indigestando de una cultura que grita “mírame” cuando en realidad está pidiendo algo tan esencial como: “quiéreme”.

Por eso conviene mirar este fenómeno sin tragárnoslo entero. Con ojos limpios, con cabeza despierta y, como diría cualquier persona sensata, con un poco de Dios y otro poco de sentido común.

Hemos llegado a una situación en que los artistas no se presentan únicamente como cantantes; todos y cada uno han pasado a ser un personaje. Compartir en X

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