La Real Federación Española de Fútbol ultima un acuerdo para facilitar a las jugadoras de la Selección Española la vitrificación de sus óvulos. La intención parece sencilla: que puedan preservar su fertilidad y retrasar la maternidad para no tener que interrumpir una carrera deportiva que alcanza su máximo precisamente durante los años de mayor fertilidad.
Pero Ana Peleteiro ha puesto sobre la mesa una pregunta incómoda: ¿y si esto no fuera tan feminista como nos quieren hacer creer? La atleta, madre y deportista de élite reclama algo bastante más revolucionario: que sea el deporte el que se adapte a la maternidad y no la mujer la que tenga que adaptar su maternidad a las exigencias del deporte.
Y hay una pregunta todavía más profunda: ¿por qué una mujer tiene que entregar al deporte precisamente sus años de mayor potencia física, vital y fecunda y no puede entregarlos a la maternidad?
Hemos aceptado con una naturalidad sorprendente que los mejores años del cuerpo de una mujer deben ponerse al servicio de una profesión, de una marca, de una medalla o de un campeonato, mientras que la maternidad puede esperar. Como si la maternidad fuese aquello que hacemos cuando ya hemos dado lo mejor de nosotras mismas a todo lo demás.
No se trata de enfrentar deporte y maternidad. Ni de decirle a una mujer cuándo debe ser madre. Se trata de preguntarnos qué sociedad estamos construyendo cuando consideramos normal que una mujer tenga que preservar artificialmente su fertilidad para poder entregar sus mejores años a una profesión.
La conciliación no debería consistir en subvencionarnos la congelación de la maternidad. La verdadera conciliación es que una mujer no tenga que elegir entre dar lo mejor de sí misma a su profesión y dar lo mejor de sí misma a sus hijos.
La vitrificación exige estimulación hormonal y extracción de los ovocitos. Cuando la mujer quiera utilizarlos, tendrá que descongelarlos y recurrir a técnicas de reproducción asistida para fecundarlos. No todos los ovocitos sobreviven al proceso ni todos terminarán dando lugar a un embarazo.
Y entonces aparece una realidad que suele quedar escondida detrás de la expresión «preservar la fertilidad»: ¿qué ocurre después?
En la fecundación in vitro pueden generarse varios embriones. Algunos serán transferidos al útero; otros quedarán crioconservados. Dependiendo de las circunstancias y del consentimiento otorgado, pueden permanecer almacenados, ser destinados a investigación o terminar siendo descartados. La Dignitas personae advierte de los riesgos que la congelación y descongelación pueden ocasionar a estos embriones y de la situación de vulnerabilidad en la que quedan.
Sin olvidar que algunos estudios han señalado determinados riesgos asociados a la fecundación in vitro, especialmente en relación con los embarazos múltiples, que pueden incrementar el riesgo de aborto, prematuridad y alteraciones del crecimiento fetal.
Pero la cuestión no termina en los riesgos médicos.
Cuando se generan varios embriones y después se decide cuáles serán transferidos, aparece inevitablemente la selección. Unos continúan adelante; otros quedan congelados, son destinados a otros fines o son descartados.
Amor versus producción
El cardenal Caffarra lo explica de una manera especialmente lúcida: «Normalmente, quien produce algo se siente después con derecho a juzgar el resultado de su producción. Y, de hecho, si el embrión obtenido en un laboratorio no se considera sano, puede ser descartado. Esta es la lógica de la producción: quien fabrica se atribuye el poder de valorar el producto y decidir sobre su destino».
Además, arrebatamos al niño las relaciones que constituyen su propia historia. Un niño necesita saber de dónde viene, necesita unas relaciones que no son intercambiables y que forman parte de su propia identidad.
La actualidad nos muestra hasta qué punto esta separación puede llegar a producir situaciones paradójicas. Es el caso de una mujer mexicana que fue gestante subrogada para un ciudadano español y que ha sido condenada judicialmente a pagar una pensión de alimentos al menor que ella misma dio a luz.
Por eso resulta tan necesario recordar la verdad, que es solo una, por mucho que queramos inventar otra realidad. Para tener un niño se necesita que Dios lo haya concedido primero en su corazón y que un padre y una madre cooperen con Él.
El cardenal Caffarra lo explicó de una manera preciosa: la mejor cuna no la ha inventado un laboratorio.
La mejor cuna la creó Dios: el amor entre un hombre y una mujer.










