Creación Vs IA

COMPARTIR EN REDES

Castillos de arena y algoritmos. Hay momentos que uno olvida casi al instante de que ocurran, y otros, que, sin saber muy bien por qué, se quedan pegados a la memoria como un grano de arena escondido en el zapato. Y el otro día en la playa viví uno de estos momentos que, en principio, no tenía nada de extraordinario.

Junto a la orilla, un padre ayudaba a su hijo a construir un castillo de arena. El pequeño no tendría más de cinco años y el castillo era, objetivamente, un desastre. Las torres parecían derretidas, el foso no retenía el agua y una de las murallas tenía más agujeros que un queso suizo. Al poco tiempo, llegó una ola y redujo aquella obra de ingeniería infantil a un montón de barro húmedo.

El niño rompió a llorar y su padre, con una sonrisa, le revolvió el pelo y empezó otra vez desde cero, con sus manos y sin prisas. No para hacer un castillo perfecto, sino para hacerlo con él.

Y a un par de metros, otra escena: otro niño, de no más de diez años, reía mientras enfocaba con el móvil a sus padres, de mediana edad, ancha de matriz ella, él, presumiblemente aficionado al botellín y al buen comer y con un acusado proceso de deforestación capilar. No estaba haciendo una fotografía.

Estaba probando uno de esos filtros de inteligencia artificial que, en cuestión de segundos, transforman cualquier rostro en rostros de modelos, de esos que afinan la nariz, borra arrugas, coloca dentadura Profidén y cuerpos gym. El niño estalló en carcajadas al comparar la imagen con la realidad. Sus padres se partían de risa ante el resultado de ese juego inocente. Al menos, eso es lo que parece, inocente.

Pero, mientras los observaba, me asaltó una pregunta incómoda: ¿qué ocurrirá el día en que dejemos de divertirnos con esos filtros y empecemos a creer que esa versión artificial es la que realmente merece ser mostrada? Porque ya existe algo que se le parece mucho, el trastorno dismórfico corporal, o la vigorexia, o incluso el trastorno de la conducta alimentaria tan tristemente conocido por casos extremos de anorexia o la bulimia

¿Cuándo empezaremos a pedirle a la realidad que se parezca a la ficción, en lugar de agradecer que la ficción jamás podrá parecerse del todo a la realidad? En vez de quejarnos porque la vida no es como muestra la ficción, llámalo filtro de móvil, redes sociales, vida de famosos, etc, deberíamos valorar que la vida es tan extraordinaria y compleja que nada de la ficción puede reproducirla por completo.

Creo que el problema nunca ha sido la herramienta, en este caso, la IA. El problema aparece cuando acabamos mirando el mundo con los ojos de la herramienta, cuando observamos más el martillo que la mano que lo dirige.

Porque entonces empezamos a sospechar que todo lo imperfecto necesita ser corregido, incluido las personas. Y ahí el verano deja de ser una estación para convertirse en una parábola.

Mientras observaba aquel castillo de arena torcido pensé que una inteligencia artificial probablemente habría diseñado otro mucho más hermoso, simétrico, impecable, sin una sola grieta, pero estoy seguro de que jamás habría podido disfrutar haciéndolo con un hijo. Y es que el amor no consiste en fabricar resultados perfectos sino en regalar tiempo, y éste, éste no se automatiza. El Evangelio está lleno de esa lógica desconcertante.

Jesús nunca parece obsesionado por la eficacia sino que se detenía con quien todos consideraban una pérdida de tiempo, ya fueran publicanos, pecadores, leprosos, lisiados, etc…. Jesucristo es paciente, espera, escucha, pregunta, camina siempre al ritmo de los más lentos. Incluso sus milagros parecen tener más interés por la persona que por el prodigio en sí.

Dios no crea las cosas en serie, sino en Serio

La tecnología, en cambio, siempre nos promete otra cosa: más velocidad, mejor rendimiento, más precisión, más capacidad. Y todas esas promesas son legítimas… mientras no olvidemos una pregunta mucho más importante: ¿Más humanos?

En estos últimos meses, el papa León XIV ha insistido en que la inteligencia artificial constituye uno de los grandes desafíos morales de nuestro tiempo precisamente porque obliga a responder de nuevo quién es el hombre. No basta con admirar lo que las máquinas son capaces de hacer, sino que debemos evitar que el criterio tecnológico termine convirtiéndose en el criterio para valorar también a las personas, porque entonces acabaremos creyendo que vale más quien produce más o quien responde antes, calcule mejor o quien nunca se equivoca. Y esa nunca ha sido la mirada de Dios.

La primera página de la Biblia no presenta al Creador como un ingeniero optimizando procesos sino a un artesano, trabajando con sus manos, moldeando, esperando, soplando vida. Dios no fabrica una serie, sino que crea un rostro, concreto, como el tuyo, como el mío. No produce unidades sino que nos llama por nuestro nombre. Nos conoce por nuestro nombre como el buen pastor conoce su rebaño.
Esa diferencia que parece pequeña es lo que cambia todo.

Una inteligencia artificial puede generar mil imágenes de un niño jugando en la playa, pero solo un padre puede reconocer cuál es su hijo sin verle siquiera la cara, únicamente por la forma de correr hacia el agua.

Una inteligencia artificial puede escribir el mejor poema sobre el amor, pero nunca esperará despierta toda la noche junto a la cama de alguien que sufre.

Puede imitar casi cualquier cosa, pero no puede amar, lo que convierte al ser humano en algo infinitamente más valioso que cualquier algoritmo pues nuestra dignidad no nace de lo que hacemos ni siquiera de lo que pensamos. Nace de Alguien que nos ha querido antes de que existiéramos, somos hijos antes que usuarios, criaturas antes que consumidores, personas antes que perfiles. Esa es la verdadera dignidad, ser hijos de Dios.

Quizá por eso la escena que más me impresionó aquella mañana no fue el castillo derrumbado sino ver al padre empezar otra vez, con paciencia y sin enfado, no buscando la perfección.

Mientras todos soñamos con inteligencias cada vez más artificiales, aquel hombre me recordó, sin pronunciar una sola palabra, que el futuro del mundo sigue dependiendo de algo mucho más antiguo, de unas manos, esas que sujetan cuando uno cae, las que abrazan personas y consuelan con una caricia. Porque Dios nunca ha trabajado en cadena, no creó al hombre en serie sino en serio.

Jucho.-

Asociación Cristianos en Democracia

¿Te ha gustado el artículo?

Ayúdanos con 1€ para seguir haciendo noticias como esta

Donar 1€
NOTICIAS RELACIONADAS

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Rellena este campo
Rellena este campo
Por favor, introduce una dirección de correo electrónico válida.

El periodo de verificación de reCAPTCHA ha caducado. Por favor, recarga la página.