La revolución de la inteligencia artificial necesita una sociedad virtuosa

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La inteligencia artificial puede llegar a constituir la mayor disrupción positiva de la historia humana. La afirmación puede parecer desmesurada, pero deja de serlo cuando se comprende la verdadera naturaleza del cambio. Por primera vez, cualquier persona puede acceder, dialogar y trabajar con una parte inmensa del pensamiento acumulado por la humanidad.

La escritura preservó el conocimiento. La imprenta lo multiplicó. Internet lo hizo accesible. Pero la inteligencia artificial añade algo cualitativamente distinto: convierte ese conocimiento disperso en una síntesis navegable, dialogante y adaptada a cada usuario.

Ya no se trata solamente de encontrar un libro, una doctrina o un dato. Se puede comparar a Aristóteles con Tomás de Aquino, confrontar a Marx con la nueva economía institucional, recorrer las interpretaciones de un pasaje evangélico o examinar las objeciones formuladas contra una determinada tesis. Todo ello en pocos minutos y desde cualquier lugar.

La IA no garantiza la verdad, pero ofrece una posibilidad extraordinaria de aproximarse a ella. Es como si la biblioteca, el bibliotecario, el profesor y el interlocutor estuvieran reunidos en un mismo instrumento. La alfabetización universal democratizó la lectura.

La inteligencia artificial puede democratizar, en una medida hasta ahora impensable, la capacidad de interrogar el saber humano.

Sus limitaciones son evidentes. Los corpus de entrenamiento contienen sesgos ideológicos. Los modelos pueden reproducir el consenso dominante, practicar una falsa equidistancia, inventar datos o disimular sus incertidumbres. Y, sobre todo, la IA carece de phronesis: no posee prudencia, conciencia moral ni experiencia vital. No delibera; simula una deliberación.

Pero estos defectos, siendo graves, no invalidan el cambio histórico. Son límites corregibles, variables y dependientes del diseño. La imprenta también difundió errores, propaganda y falsedades junto con la Biblia y los clásicos. Eso no descalificó la imprenta. Hizo más necesaria la formación del lector.

Aquí se encuentra el verdadero problema. La inteligencia artificial multiplica las capacidades de quien la utiliza, pero no mejora por sí misma sus fines. Puede ayudar a buscar la verdad o a fabricar una coartada. Puede abrir el pensamiento o convertirse en una cámara de eco infinitamente complaciente. Puede servir al bien común o perfeccionar la manipulación.

Por eso su resultado dependerá de la calidad moral de la sociedad que la reciba.

Tomás de Aquino definía la virtud como habitus operativus bonus: una disposición estable que perfecciona la inteligencia y la voluntad y las orienta hacia su fin. La virtud no consiste en poseer información, sino en saber utilizarla bien. Exige prudencia para juzgar, humildad para reconocer el error, fortaleza para aceptar una verdad incómoda, templanza para no quedar sepultado bajo estímulos interminables y justicia para orientar el conocimiento al bien de los demás.

MacIntyre añadió una advertencia decisiva. Las virtudes no nacen en el vacío. Se aprenden dentro de prácticas, comunidades, relatos compartidos y tradiciones vivas. Cuando estas desaparecen, queda el individuo emotivista, incapaz de distinguir racionalmente entre bienes y reducido a proclamar sus preferencias.

Este es precisamente el problema de la cultura hegemónica actual. Ha vilipendiado la virtud, ha convertido los límites en sospechosos y ha hecho del deseo individual la medida de todas las cosas. Una sociedad así puede recibir una capacidad casi ilimitada de conocimiento sin poseer criterio alguno para ordenarlo. Tendrá más respuestas, pero no sabrá qué preguntas merecen ser formuladas.

La cuestión afecta especialmente a los políticos y a los expertos. Cuanto mayor sea su poder para aplicar la IA a la legislación, la educación, la economía, la seguridad o la comunicación, más necesarias serán su prudencia, independencia, honestidad y sentido del bien común. Un experto sin virtud puede poner su conocimiento al servicio del poder.

Un político sin virtud puede convertir la inteligencia artificial en un instrumento formidable de control.

La regulación es necesaria, pero no suficiente. Las normas complementan la virtud; nunca pueden sustituirla. Lo mismo sucede con el control y la confianza. La máxima atribuida a Lenin —«la confianza es buena, pero el control es mejor»— contiene un error devastador. Cuando desaparece la confianza, cada relación necesita contratos, verificaciones, supervisores, sanciones y nuevos supervisores que vigilen a los anteriores. Los costes de transacción crecen hasta hacerse insoportables y, pese a todo, el control continúa siendo imperfecto.

La IA puede explicar qué es la virtud, pero no puede formar por sí solas personas virtuosas. El hábito requiere tiempo, actos repetidos, ejemplo, responsabilidad y comunidades encarnadas. Requiere familia, escuela, Iglesia, universidad e instituciones intermedias capaces de educar el carácter y ordenar la libertad hacia la verdad y el bien.

La inteligencia artificial no decidirá por sí sola nuestro futuro. Lo decidirá la clase de seres humanos que la utilicen. Puede ser la mayor fuerza de liberación intelectual conocida o el gran acelerador de una civilización dispersa, manipulable y sin finalidad. La diferencia no estará principalmente en la máquina. Estará en la virtud de las personas, los expertos y los gobernantes que tengan sus extraordinarias capacidades en las manos.

La inteligencia artificial puede ser la mayor fuerza de liberación intelectual conocida o el gran acelerador de una civilización sin finalidad. La diferencia no estará en la máquina, sino en nosotros. #InteligenciaArtificial Compartir en X

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