La tragedia ferroviaria que ha golpeado a España nos ha situado, una vez más, ante el abismo de nuestra propia fragilidad.
Y llega Halloween, sus muertos de mentira, sus cadáveres de plástico, sus niños disfrazados de zombis y la grotesca frivolización de la muerte.
Más allá de la terrible realidad espiritual que Halloween representa ¿De verdad nos quedan ganas de celebrar la muerte?
La manera de vivir esta tragedia dice y mucho de nosotros mismos. ¿Dónde queda la disposición a dejarnos interpelar por la realidad?
Un amigo me compartía su reflexión:
Hay un primerísimo instante ante el drama en el que uno queda completamente desnudo. Solo existe el hecho y nuestro yo desarmado.»
Todavía no importan las causas, los culpables, las consecuencias ni las responsabilidades. Todo queda suspendido ante la brutal evidencia de lo sucedido.
La realidad irrumpe sin pedir permiso y desbarata esa ficción de autosuficiencia sobre la que hemos construido buena parte de nuestra existencia.
En ese instante sucede algo extraordinariamente bello por humano: el dolor de otro se convierte, de alguna manera, en nuestro propio dolor.
No conocemos sus nombres, ignoramos sus historias, pero reconocemos inmediatamente la dimensión de lo perdido.
Porque aquello que ha sido arrancado es precisamente lo que todos reconocemos de forma natural como un bien, la vida, el amor, la compañía de los nuestros…
El drama nos desgarra porque contradice radicalmente aquello para lo que estamos hechos. No es poca cosa. Porque el drama pone en relieve lo más verdadero de nosotros mismos.
Hemos desarrollado una extraordinaria habilidad para escapar de ese instante, apenas se nos permiten unos segundos desnudos con nuestra interioridad ante la realidad. Pues según sobreviene una tragedia, nos precipitamos sobre las explicaciones, las acusaciones, los análisis y las consecuencias políticas.
Parece que necesitamos encontrar cuanto antes una categoría que nos permita domesticar o someter lo sucedido, reducirlo a algo comprensible y encerrarlo en los límites de nuestro razonamiento.
Podremos conocer las causas de un accidente, determinar responsabilidades y exigir justicia —y debemos hacerlo—, pero ninguna investigación podrá responder por completo a la pregunta que brota de lo más hondo de nuestra condición humana: ¿qué sentido tiene todo esto?
Ante el misterio, aparece el silencio. Aquel que nace del reconocimiento de que la realidad es infinitamente más grande que nosotros.
Luigi Giussani advertía que, si no se estimula y ordena constantemente la sensibilidad hacia nuestra propia humanidad, ningún acontecimiento, por resonante que sea, encontrará correspondencia en nosotros. Y describía esa «obtusa extrañeza» que podemos experimentar ante la realidad cuando nos hemos dejado arrastrar por las circunstancias sin comprometernos en el esfuerzo de comprender.
¡Qué terrible sería que también perdiéramos la capacidad de reconocer lo que una tragedia despierta en nuestro corazón!
La sensibilidad humana brota del esfuerzo de no reducir la existencia a la sucesión de estímulos, entretenimientos y acontecimientos que consumimos sin permitir que ninguno alcance el fondo de nuestra conciencia.
Me resulta paradójico que una sociedad empeñada en hiperproteger a los niños frente al sufrimiento, que les ahorra el contacto con la fragilidad humana les oculta la muerte y procura evitarles cualquier experiencia dolorosa, no encuentre inconveniente en disfrazarlos de cadáveres, pintarles heridas sangrientas o convertir el horror en una diversión colectiva.
Les escondemos la muerte verdadera mientras los invitamos a jugar con su caricatura.
¿No hay algo muy desordenado en todo esto?
No se trata de una disputa sobre tradiciones importadas. Halloween participa de una fascinación por lo macabro, lo demoníaco y lo oscuro que no se debería despachar con ingenuidad.
Existe una batalla espiritual real, aunque hayamos aprendido a reírnos de todo aquello que no comprendemos. Y trivializar los signos del mal no equivale a vencerlo.
Y además, hay una pregunta anterior: ¿qué estamos enseñando a nuestros hijos sobre el valor de la vida y sobre la realidad de la muerte? ¿Qué lugar ocupa la persona en nuestras celebraciones, en nuestra educación y, en definitiva, en nuestra manera de estar en el mundo?
Estas preguntas nos incomodan porque exigen detenernos.
Quiero un país que conserve la humanidad suficiente para mirar el drama a la cara antes de apresurarse a pasar página.
Un país que no utilice políticamente el sufrimiento, que no transforme a sus muertos en argumentos y que no pierda de vista que detrás de cada noticia hay personas irrepetibles.
Y después, sí, después vendrán las investigaciones, las responsabilidades políticas y las legítimas exigencias de justicia.
Pero no permitamos que todo ello nos dispense de afrontar la pregunta esencial.
La vida bien vivida no nos libra de este desgarro. Al contrario, nos permite experimentar con mayor profundidad el escándalo de una muerte que nunca debería resultarnos natural.
Cristo mismo lloró ante la tumba de su amigo Lázaro. No acudió al encuentro de aquel dolor con una teoría o un expediente, sino con lágrimas.
La fe no nos pide que dejemos de sufrir, sino que nos permite atravesar el sufrimiento con la certeza de que la muerte no tiene la última palabra.
Aprovechemos este año, ante la cercanía de Todos los Santos y de la conmemoración de los fieles difuntos, como una ocasión extraordinaria para recuperar el sentido de lo verdaderamente importante.
Para hablar a nuestros hijos de la muerte sin convertirla en una monstruosidad, pero también sin vaciarla de su gravedad. Para enseñarles que la vida es sagrada, que cada persona tiene un valor infinito y que nuestra esperanza no descansa en negar la muerte, sino en la promesa de vencerla.
Necesitamos urgentemente recuperar nuestra humanidad. Lo más grave que podría sucedernos, después de tanta muerte, sería que dejara de dolernos.
Es necesario permitir que ese estremecimiento nos devuelva a la vida, que despierte las preguntas que hemos aprendido a silenciar y nos obligue a mirar de nuevo aquello que verdaderamente importa.









