Democracia y virtudes; el discurso de Iván Redondo y la partitocracia

Editorial

Churchill dijo que la democracia es el menos malo de los sistemas políticos. Esta frase encierra un claro trasfondo en el sentido de que la democracia puede ser -es- en su práctica muy defectuosa. La cuestión es el por qué lo es y qué podemos hacer para evitarlo, porque la fractura de la democracia significa el hundimiento del sistema occidental de vida.

Hay una lectura posible, la más habitual, que encierra una gran parte de verdad: es la de la perspectiva institucional, el equilibrio entre instituciones, que el Ejecutivo no se convierta en un cesarismo como en España, que el Poder Judicial sea realmente independiente, que el sistema atienda a atraer y mantener a los mejores, que sea inclusivo y que no se den líneas rojas ni pretensiones de absolutismo moral que impidan el ejercicio de la libertad. Esto último es importante y vale la pena aclararlo.

Uno puede estar convencido de que posee la verdad y, en contra de lo que dice un determinada ontología liberal, esto no tiene nada de malo en sí mismo, como los propios liberales hacen cuando consideran que su sistema es el fin de la historia. El problema radica cuando este convencimiento se traduce en el menosprecio, la discriminación y la falta de respeto hacia el otro, y busca cancelarlo de la vida pública.  

Para que una democracia sea buena y cumpla con sus finalidades necesita de las virtudes para funcionar

Las virtudes, para Alasdair MacIntyre, vendrían a ser esas cualidades necesarias para distinguir y realizar el bien y aplicar las normas, tanto en el ámbito de las prácticas como en el del florecimiento de las personas. Definir el florecimiento como máximo bien y los bienes relativos a él, sólo es posible con las virtudes (1981) MacIntyre, define la virtud como “aquellas disposiciones que no sólo mantienen las prácticas y nos permiten alcanzar los bienes internos a las prácticas, sino que nos sostendrán también en el tipo pertinente de búsqueda de lo bueno ayudándonos a vencer los riesgos, peligros y distracciones que encontremos.

Necesita de políticos, no en el sentido profesional del término, sino en cuanto a que son personas poseedores de determinadas virtudes generales y específicas, que sienten la vocación de ponerla en práctica mediante el servicio a su comunidad para construir el bien común.

Ser político significaba en la antigua Atenas disponer de los suficientes recursos éticos en forma de virtudes para acudir a la Asamblea y asumir el servicio que ella quisiera asignarte. Por esta razón, el calificativo de apolítico era un insulto terrible porque significaba que aquella persona no tenía ningún valor moral para aportar a su comunidad.

Como en toda profesión deben existir unas virtudes específicas porque son particularmente necesarias para la misma. Por ejemplo, en la política se presupone que la honestidad es una de estas condiciones necesarias. Su práctica no debería nacer de las leyes, siempre vulnerables, sino del corazón del hombre. El problema radica en que la virtud, para que pueda ser ejercida antes necesita ser enseñada y practicada por una comunidad que la reconozca.

Y ese es el problema, porque nuestra sociedad, desde la enseñanza de los niños hasta la edad más avanzada, ha olvidado reconocer y valorar las virtudes. Cuando existe un déficit de virtudes hay, sin duda, una responsabilidad personal en ello, siempre la hay, pero también significa que hay una quiebra profunda de aquella sociedad. Pensar que pueda existir una democracia que funcione bien sin personas virtuosas que se dediquen a ella es otro grave error de nuestra sociedad desvinculada.

La democracia funciona mal porque los hombres que viven en ella no son virtuosos, esto puede verificarse claramente en sus prácticas, y también en el tipo de, digamos, formación que reciben los jóvenes en las organizaciones de los partidos. La verdad es que nuestra política está plagada de vicios y la prueba de ello es la baja calificación que alcanzan sus instituciones y sus profesionales en todas las encuestas de opinión.

Solo hace falta leer los artículos y escuchar las intervenciones de Iván Redondo, el hasta hace poco gurú político de Sánchez, para constatar que la política, tal y como la conciben,  y la ética de la virtud están en lados opuestos. Y lo peor es que el discurso de Redondo es comprado por muchos como un maitre a penser de la política.

Deberíamos tener la lucidez necesaria para asumir que vamos rodando por esta pendiente, la de la política como la entiende la partitocracia.

La cuestión es el por qué lo es y qué podemos hacer para evitarlo, porque la fractura de la democracia significa el hundimiento del sistema occidental de vida. Clic para tuitear
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1 Comentario. Dejar nuevo

  • ¿Y si el presidente pudiera ser revocado por grave incumplimiento de por lo menos una promesa importante hecha en campaña?
    ¿Y si a cada juez hay siempre otro que lo juzga y puede condenarlo a cumplir una pesada pena por prevaricación? (Sin importar a qué corte o tribunal pertenezca.)
    ¿Y si el presidente, los jueces de altas cortes y los parlamentarios no percibieran ningún ingreso por tales cargos?
    ¿Y si en lugar de que un candidato resulte elegido por mayoría de mitad + 1, sólo pueda resultar elegido con una mayoría de 2/3?

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