Podríamos bromear al decir que el cristianismo es el secreto peor guardado del mundo, pero ¿acaso no hay algo de cierto en ello? ¿Acaso no obtienen respuesta todos los que llaman a la puerta de la Iglesia? ¿Acaso no se invita a todos a entrar?
Sin embargo, si pasamos, tras salvar la impresión inicial que suscitan las altas columnas y las bóvedas estrelladas, nuestra mirada acaba, tarde o temprano, por posarse en una cajita adornada desde cuyo interior Alguien nos pide compañía…
A esta compañía la llamamos oración y solo a través de ella se nos revela realmente el motivo que nos empujó a entrar: que el cristianismo, en realidad, no es un secreto que ansíe ocultarse, sino un misterio que desea darse a conocer.
Un misterio encarnado. Un Hombre, tan familiar como misterioso, al que conocemos mediante el único monólogo que en realidad es diálogo: la oración.
Un diálogo que atraviesa, arrodillado, la paradoja de un yo que se presenta ante un Tú que solo quiere hablar de nosotros. Asimismo, este nosotros se descompone en una criatura y un Creador al que le hace más ilusión formar parte de ese nosotros que a nosotros mismos.
Es algo así como el jardinero que se complace más en regar sus plantas que estas en ser regadas.
Pero ¿por qué?
Porque el hombre, en su dependencia divina, confunde la independencia con la libertad, alejándose del Único capaz de liberarle de su condición caída. Y Dios, en su divina independencia, escoge depender de la libertad de ese hombre que cruza frente a una iglesia; esperando que entre, repare en su Amigo que le llama, y le acompañe.
Porque la oración se vuelve necesidad para el hombre cuando comprende que también es necesidad para un Dios que no puede —porque no quiere— amar solo.









