Un hombre que confía, una oración que incomoda

Iglesia

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Hay palabras que adquieren una profundidad extraordinaria cuando se pronuncian ante la muerte. Y hay reacciones que nos dejan preguntándonos por qué nos cuesta tanto acompañarnos unos a otros. Con el dolor de la tragedia ferroviaria de Toledo todavía presente, hay dos escenas que no consigo quitarme de la cabeza.

En una, un hombre que cree estar muriéndose repite: «Dios es bueno». En la otra, durante un homenaje a las víctimas, un concejal habría reaccionado airadamente cuando algunos asistentes comenzaron a rezar un padrenuestro.

Me asombra el contraste. Que alguien encuentre esas palabras cuando parece perderlo todo. Y que a alguien le resulten intolerables las palabras con las que otros intentan acompañar el dolor. Y me pregunto qué queda de nosotros cuando el sufrimiento nos despoja de nuestras seguridades y qué somos capaces de ofrecer a los demás cuando la muerte se hace presente.

Según el testimonio publicado, Antonio García, farmacéutico de Urda, fue de los primeros vecinos en acudir al lugar del accidente. Entre los restos de los trenes encontró a Mario, que se despedía de su mujer y de sus hijos, y le oyó repetir: «Dios es bueno». Después supo que había sobrevivido: su mujer se puso en contacto con él para agradecerle que lo hubiera socorrido.

Lo que más me impresiona no es el desenlace, sino que Mario pronunciara aquellas palabras antes de saber cómo acabaría todo, cuando todo apuntaba a una muerte inminente.

Uno ha pronunciado muchas veces aquello de «Jesús, confío en ti» en el sosiego o como colofón a un rato de oración. Puede sentir incluso que cada respiración y cada latido de su corazón elevan silenciosamente esa jaculatoria al Cielo. Pero cuando llega el dolor, esas palabras adquieren un peso que quizá no habíamos alcanzado a comprender. Entonces descubrimos cuánto necesitamos que Dios sostenga también la confianza que tantas veces le hemos expresado. Quiero recibir esas palabras, pronunciadas en medio de la tragedia y escuchadas por quien acudió a ayudar, como una invitación de la Providencia a examinar mi propia fe. ¿Qué habría dicho yo? ¿Habría elevado también yo la mirada al Cielo para testimoniar la bondad de Dios cuando más puede parecer ausente?

No quisiera, por supuesto, que mi admiración se convierta en exigencia para quien sufre, tampoco para mí mismo. La fe conoce también el llanto, el desconcierto y la súplica. Cristo mismo clamó desde la Cruz: «Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?». No tenemos que elegir entre confiar en Dios y llorar ante Él.

«Dios es bueno» no significa que ese accidente sea algo bueno. Ni que lo sea la muerte de quienes no han regresado a casa.

Ni que podamos explicar a una madre por qué ha perdido a su hijo. Ante ese dolor, las palabras deben pronunciarse con temblor. A veces, lo primero será callar, quedarse cerca, ayudar en lo que haga falta. Como Antonio, que acudió a socorrer y terminó escuchando aquellas palabras entre los hierros.

Que Mario haya sobrevivido es motivo de gratitud. Pero nuestra esperanza no puede depender de que una historia termine como deseamos. Los cristianos creemos en un Dios que ha entrado en nuestro sufrimiento, no en un Dios que nos garantiza quedar a salvo de él. Podemos llevarle incluso lo que no comprendemos, confiando en que ninguna vida se pierde para Él.

La otra escena ocurrió en Sant Cugat del Vallès. Después del minuto de silencio en el homenaje a las víctimas, uno de los presentes comenzó a rezar un padrenuestro en catalán y otros se sumaron. Según las informaciones publicadas, un concejal reaccionó con indignación e increpó a quienes rezaban.

Si fue así, me cuesta comprenderlo.

Entiendo que un homenaje institucional es de todos y que nadie debe sentirse obligado a rezar. Pero entre imponer una plegaria y dejar que unos ciudadanos recen hay una diferencia que no deberíamos borrar. Quien no quiere rezar puede guardar silencio o acompañar desde sus propias convicciones. ¿Por qué no dejarles rezar?

Rezar por los muertos no equivale a reclamar el Ayuntamiento para una religión. Puede ser algo mucho más sencillo: encomendar a unas personas a la misericordia de Dios y pedir consuelo para quienes las lloran. No hace falta compartir esa esperanza para respetar a quien necesita expresarla.

Eso es lo que me desconcierta: que una oración nacida ante la muerte encuentre como respuesta el enfado. Que cueste tanto conceder al otro ese espacio para elevar a Dios su dolor.

Pero el padrenuestro también me obliga a examinar mi respuesta.

Podemos ganar una discusión sobre la libertad religiosa y perder la oportunidad de dar testimonio de Cristo.

Podemos tener razón al criticar una conducta y equivocarnos en la manera de tratar a quien la protagoniza. «Perdona nuestras ofensas, como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden».

No puedo pronunciarlo contra nadie.

La fe cristiana no nos pide buscar el sufrimiento. Nos pide amar, también cuando amar cuesta, cuando ayudar duele o cuando perdonar parece injusto. No es el sufrimiento el que da valor al amor, sino el amor el que da sentido a la cruz.

Y la Cruz de Cristo no termina en el sepulcro. La Resurrección no borró sus heridas: el Señor resucitado seguía siendo el Crucificado. Nuestra esperanza no consiste en fingir que no hay dolor, sino en confiar en que el pecado y la muerte no tienen la última palabra. Por eso, «Dios es bueno» puede decirse entre lágrimas. No niega la herida. Expresa la confianza en que la herida no lo es todo.

«En el mundo tendréis aflicción; pero confiad, yo he vencido al mundo» (Jn 16,33). Jesús no prometió que comprenderíamos cada desgracia ni que nuestra fe sería siempre entendida. Nos pidió confiar en Él.

Pienso en Mario y en su familia. En quienes siguen hospitalizados. En las casas donde ahora falta alguien. En quienes acudieron a ayudar y llevan consigo lo que vieron. Por todos ellos quiero rezar. También por el concejal, por supuesto. Y por quienes puedan tener responsabilidad, directa o indirecta, en esta tragedia. Pedir que se esclarezca lo ocurrido y que cada cual asuma sus responsabilidades no los deja fuera del amor que Cristo nos manda tener.

De estas dos escenas me queda una petición: Señor, enséñame a confiar cuando tenga miedo y a amar cuando me sienta ofendido. Que defender tu nombre no me haga olvidar lo que me pides.

Y cuando me falten las palabras, que pueda acudir a las que Tú nos enseñaste:

Padre nuestro…

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