Entre los acontecimientos de este verano: incendios, invasiones y altas temperaturas, entre otros. Me dio que pensar una cosa de lo más habitual de esta temporada. Los campamentos. Sí, el lugar donde dejamos a nuestros hijos para que pasen unos días divertidos en vez de matar el tiempo en casa con pantallas, a veces, aburriéndose; lo que conlleva a posibles actividades delictivas domésticas como escalar cajones, pintar paredes, guerras de cojines cuyos objetos muy valorados de nuestro salón temen por su vida por algún «cojinazo». Pero, más allá de la diversión, ¿a qué tipo de campamento llevarías a tu hijo? ¿Cuál es la distancia que estarías dispuesto a recorrer para llevarles?
Este verano conocí a una familia que llevaba a sus hijos a un campamento que estaba a dos horas de casa. Dos horas de viaje para llevarlos y otras dos para recogerlos. Y lo hacían por dos razones.
La primera, tiene la fama por cómo se lo pasan los niños y la implicación de sus monitores. Algo que, sin duda, también es importante. Que nuestros hijos disfruten, que se sientan acompañados, que hagan amigos y que vuelvan a casa con un montón de historias que contar.
Pero había una segunda razón, y para esta familia era todavía más importante: los valores que se transmiten en ese campamento.
Y esto me hizo pensar.
Porque, independientemente de que una familia sea creyente o no, hay algo que todos los padres compartimos: nos preocupa qué reciben nuestros hijos de las personas y de los lugares en los que pasan tiempo. Qué aprenden. Qué ejemplos tienen delante. Qué mensajes escuchan. Qué valores van incorporando, incluso sin darse cuenta.
Evidentemente, la economía y la distancia son factores que cada familia tiene que valorar. No todos podemos hacer el mismo esfuerzo. Pero cuando pensamos en lo que realmente estamos invirtiendo, quizá deberíamos cambiar un poco la perspectiva.
No estamos pagando simplemente unos días fuera de casa.
Estamos invirtiendo en experiencias, en amistades, en aprendizajes, en autonomía, en buenos referentes y, sobre todo, en personas.
Porque nuestros hijos no solo necesitan pasarlo bien, sino que necesitan lugares donde puedan descubrir quiénes son, aprender a convivir, asumir responsabilidades, superar pequeñas dificultades y llevarse consigo algo que permanezca cuando el campamento termine.
Por todo eso, aquellas dos horas de coche dejan de parecer tantas.
Porque al final, no hay mejor inversión que aquella que ayuda a nuestros hijos a crecer. Y si además contribuye a su felicidad, entonces ha merecido la pena.











