La odisea de hacer un buen resumen

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Hace poco acudí a la Ciudad Universitaria de Madrid para asistir a una conferencia y, ya de paso, rememorar mis felices años estudiantiles. Cuando escuchamos a un sabio, como yo pretendía en aquel momento, ocurre lo mismo que al ver una película o al leer un libro: los frutos más ricos no son inmediatos, porque si el conferenciante, escritor o cineasta es de verdad bueno, planta una semilla que germinará después.

Esto es, da que pensar y dialogar durante días, pues más que ofrecer soluciones a las grandes cuestiones de la vida, desvela preguntas que llevamos escondidas sin ser conscientes de su potencial para dar sentido a nuestra existencia.

En esta ocasión, sin embargo, lo que me dejó perplejo e impuso en mi conciencia una serie de pensamientos algo turbadores no fue la conferencia, sino un cartel con el que me di de bruces, casi literalmente, debido al impacto que generó en mi mente el anuncio de una marquesina situada estratégicamente justo a la salida del metro.

Este anuncio pertenecía a una empresa, cuyo nombre no recuerdo, que anunciaba la siguiente genialidad: una aplicación que utiliza la inteligencia artificial para hacer resúmenes de libros y apuntes.

Consiste, según parece, en algo sencillo: se hace una fotografía del texto en cuestión a través del smartphone y, casi automáticamente, aparece en la pantalla una versión resumida y esquemática que “facilita” su estudio.

Reconozco que soy muy radical en mi animadversión hacia la IA, y que por ello tal vez mi reacción interior fue exagerada. De hecho, al llegar a casa después de la conferencia se me olvidó el anuncio.

Pero volví a recordarlo unos días después, cuando me di cuenta de que lo que para mí es una aplicación exótica y peculiar, para otros es una herramienta en proceso de normalización.

Así lo comprobé cuando una mujer me contó con alegría que su hija había descubierto una herramienta digital que le hacía los resúmenes, dándome a entender que por fin su dificultad para aplicar ciertas técnicas de estudio podía ser superada. No habían pasado ni tres días cuando un alumno me dijo lo mismo: me lo encontré en un pasillo del colegio y le interrumpí mientras estaba leyendo una novela de más de mil páginas, tarea a la que me dijo que podía entregarse en plenitud ahora que gracias a la IA ya no necesitaba esforzarse tanto para trabajar. Traté de explicarles por qué creo que este es uno de esos casos en los que la inteligencia artificial hace menos sabios a sus usuarios, y puesto que no conseguí hacerlo del todo, voy a tratar de exponerlo aquí con la ayuda de la Odisea.

¿Por qué con esta obra inmortal? Para empezar, porque ahora mismo tengo muy presente la gran epopeya griega, tanto por la película que en breve estrenará Christopher Nolan, como por el libro que, tomando como referencia el mismo tema, publicará Patrick Deneen. Ciertamente, espero lo primero con cierto temor -dado lo que se ha visto en algunos avances- y lo segundo con gran ilusión -pues este intelectual norteamericano nunca defrauda. En cualquier caso, julio se presenta como un mes homérico, y esto es muy importante porque, si al principio decía que las grandes obras son aquellas que dejan poso durante días, las obras maestras son las que lo mantienen durante generaciones.

Al leer la Odisea, una de las obras fundantes de la cultura occidental, resuenan en nuestro interior verdades universales que ninguna IA puede resumir.

En concreto una en la que, después de esta larga introducción, me voy a centrar por su valor educativo: el viaje (interior) como forja del carácter.

En términos generales, creo que esto es algo que todos entendemos. Por lo menos quienes no hemos caído en falacias como el emotivismo o el constructivismo, y que por ello aceptamos la existencia de la naturaleza humana. Una naturaleza humana en la que, como señalaba con insistencia Alasdair MacIntyre, la ética se presenta como un camino para cultivar mediante la virtud nuestra vocación y llevarla hasta su fin.

La virtud, por cierto, entendida en el sentido cristiano que Homero no pudo ver, aunque sí preparar con su genio. A saber: el combate para dominar las pasiones y canalizarlas desde la razón hacia la verdad, logrando mediante el hábito que nuestro carácter quede impregnado por ella como segunda naturaleza hecha cultura. No en vano, virtus es fuerza, y de ahí viene la palabra vir (“hombre”) indicando el lugar en el que radica la auténtica virilidad.

En términos educativos, por el contrario, no se entiende tanto la importancia del viaje o camino, que aquí utilizo como sinónimos. Se buscan resultados cuantitativos y útiles, olvidando que la educación tiene como fin la forja del carácter que impregnará la naturaleza del estudiante, y que esto solamente se logra con el hábito.

Es decir, a través de un trabajo largo y constante, inteligente. Precisamente, Ulises era para los clásicos el paradigma de la astucia y de la inteligencia, y no es casualidad que Homero convirtiese su vida en un largo camino de retorno a casa. La palabra inteligencia apela al discernimiento paciente: inter es “entre” y legere “escoger” y “recolectar”. Remite al arte de separar el grano de la paja, en sentido literal y figurado, un proceso que es largo y requiere paciencia porque es de condición agrícola. Este es el motivo por el que Cicerón propuso la palaba cultura (cultura animi) como expresión de la paideia griega (la crianza de los niños, de donde viene la pedagogía). Utilizó una expresión que procede del latín cultus, “campo cultivado”, evidenciando que la cultura no se opone a la naturaleza, sino que la desarrolla tras un largo trabajo que la conduce hacia su fin.

Así entendemos la “virilidad” de Ulises, por qué Homero le hizo recorrer durante diez años su camino de vuelta a Ítaca. Era un destino que, como simple individuo, habría alcanzado en unos días de viaje desde Troya. Pero que requería de mucho más tiempo si quería forjarle como héroe a través del cultivo inteligente de sus virtudes y de la educación de sus instintos.

Exactamente lo mismo le ocurrió al pueblo de Israel tras la liberación de Egipto: solamente unas semanas de camino separaban la tierra de la esclavitud de la Tierra prometida de la libertad. Pero Yahavé pretendía educar a su pueblo, permitiendo que vagara por el desierto durante cuarenta largos años en los que aprendió a ser libre.

Únicamente después de esa experiencia de abandono en la Providencia, que les permitió reconocer sus límites y ejercitar sus virtudes, pudieron los hebreos tomar posesión de su patria. Conocieron la Verdad -de Dios, y también la de su naturaleza débil- y por eso fueron libres. Y a pesar de ello volvieron a pecar una y otra vez, pues la cultivación del alma nunca termina.

Por suerte, Dios se encarnó y nos ayuda con la Gracia, que siempre presupone la naturaleza en tanto que la eleva (así lo recordó Santo Tomás: Gratia non tollit naturam, sed perficit; esto es, “la gracia no destruye la naturaleza, sino que la perfecciona y eleva”).

De nuevo parece que me estoy desviando….Concluyamos volviendo al resumen. ¿Para qué sirve esta técnica? No para agilizar el trabajo, haciendo fácil lo difícil. Es para ejercitar las virtudes estudiantiles, que incluyen el discernimiento y la atención.

No se trata de memorizar poco, sino de entender mucho, sabiendo que atender y entender comparten un mismo fin que nos descubre su etimología común: tendĕre significa “estirar”, apuntar con la flecha de la inteligencia hacia el blanco del conocimiento.

Mientras se resume, cuando se hace el camino a Ítaca, se va ejercitando el intelecto, tensando el arco al modo que hizo Ulises para derrotar a quienes pretendían arrebatarle su patria y su esposa. Eso es lo que hace posible extraer lo esencial del texto, filtrar la sustancia que merece la pena saborear después. Y aquí, otra etimología más: sabiduría viene de sapere, “degustar”. Seguramente que después de retomar Ítaca y liberar a Penélope, Ulises saboreó su triunfo en Troya con más autenticidad de la que habría vivido si hubiese llegado nada más terminar la guerra. Lo disfrutó porque tenía un conocimiento mucho mayor de sí mismo, que le permitió valorar de verdad lo importante.

En definitiva, como dice el libro que irónicamente estaba leyendo el alumno que mencioné más arriba, “viaje antes que destino”. Es el Primer Ideal de los Caballeros Radiantes de El archivo de las tormentas (2010), una serie de libros de Brandon Sanderson que, como todas las grandes epopeyas, incluida la de nuestra propia vida, es deudora de las enseñanzas sobre la naturaleza humana que recogió la Odisea. Y si alguien no lo cree, que se ejercite leyendo las 5.000 páginas de esta saga de fantasía, imposibles de resumir si no se ha caminado entre ellas con atención y discernimiento. Así lo empezó a reconocer mi estudiante, pues gracias a ese lema pudo intuir cuál es la actitud virtuosa a la que está llamado todo aquel que quiera peregrinar hacia la verdad.

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