El amor arregla los errores

Educación

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El otro día estaba sentado en una terraza comiendo con un amigo y antiguo compañero del colegio. Mientras charlábamos, escuchamos a una madre gritar a su hijo porque se había acercado demasiado a la carretera.

De su boca salían pocas palabras amables. Había perdido los nervios. Después le dio un cachete y ambos cruzaron la calle.

El niño, atónito, caminaba de la mano de su madre sin decir una palabra. Un silencio extraño los envolvía. Parecía que el tiempo se hubiera ralentizado, concediendo a aquella mujer unos instantes para tomar conciencia de lo que acababa de ocurrir.

Cuando llegaron al otro lado, la madre se agachó, habló con el niño, lo abrazó con fuerza y continuaron caminando. Unos metros más adelante se detuvieron y ella lo subió a caballito. Poco a poco, todo volvió a la normalidad.

Todo había sucedido en apenas cinco minutos.

Aquella escena me hizo reflexionar. Lo primero que pensé fue que no soy el único que puede equivocarse como padre.

En la paternidad y en la maternidad cabe de todo: la impaciencia, el cansancio, la sensación de no llegar a todo, una camisa sin planchar, una respuesta brusca, un mal día. Seguramente a muchos nos resulta familiar.

En esos cinco minutos parecía condensarse toda una experiencia humana. Primero aparece el miedo por el bien del hijo. Después llega una reacción desproporcionada. Más tarde surge la reflexión: uno toma conciencia de su límite, reconoce que no ha actuado de la mejor manera posible e intenta recomponer la relación mediante una palabra, un abrazo o un gesto de cariño. Y la vida sigue.

Lo que me impresionó no fue tanto el error de aquella madre como el hecho de que, incluso en medio de su fragilidad, permanecía intacto su deseo de bien para el niño. Su enfado nacía de un miedo real: la posibilidad de que le ocurriera algo grave. Su reacción fue imperfecta, pero el amor que la movía seguía ahí.

Quizá eso sea algo propio de toda experiencia humana. Somos capaces de equivocarnos precisamente allí donde más queremos acertar. Herimos a quienes amamos, no porque dejemos de quererlos, sino porque nuestra capacidad de amar es siempre limitada y necesita ser educada.

Vivimos en una época que suele mostrarnos vidas perfectas. Las redes sociales y los medios de comunicación nos presentan imágenes cuidadosamente seleccionadas, instantes congelados que parecen expresar una felicidad perfecta. Sin embargo, detrás de cada fotografía suele haber una historia mucho más verdadera: personas que luchan, que se equivocan, que sufren y que necesitan ser miradas con misericordia.

Aquella escena también me hizo pensar en algunos alumnos que he conocido a lo largo de los años. Algunos crecieron en circunstancias difíciles: separaciones, enfermedades, la muerte de un padre o de una madre, problemas económicos o afectivos. Y, sin embargo, la vida continúa. No porque el sufrimiento desaparezca, sino porque existe algo más fuerte que él.

Quizá lo que sostiene verdaderamente la vida no sea nuestra capacidad de hacerlo todo bien, sino la experiencia de ser queridos incluso cuando nos equivocamos. Como aquel niño que, después del grito y del cachete, pudo descansar de nuevo en el abrazo de su madre. Todos, de una forma u otra, necesitamos ese abrazo que nos permita descubrir que nuestro valor no depende de nuestros errores y que siempre es posible volver a empezar.

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