¡Mi profesor es un máquina!

Educación

COMPARTIR EN REDES

Tiene su gracia, aunque no sea para reírse. La inteligencia artificial ya permite reproducir el rostro, la voz, los gestos y hasta las inflexiones de un profesor para generar vídeos en los que aparece impartiendo lecciones que nunca ha pronunciado personalmente.

No es ciencia ficción. En Georgia Tech, el profesor David Joyner ha desarrollado un doble digital para sus clases sobre inteligencia artificial generativa. En Harvard Business School también se experimenta con avatares docentes. El profesor puede multiplicarse, actualizar sus explicaciones sin volver a grabarse y aparecer en un «aula virtual» aunque probablemente se encuentre tomando un café en otra parte del mundo. Hasta aquí llega hoy la técnica y también aquí empieza la preocupación.

Puede resultar económicamente muy tentador imaginar un sistema educativo donde los profesores no enfermen, no se equivoquen —al menos en teoría—, no tengan días malos e incluso ni necesiten cobrar una nómina. Ya visualizo un profesorado disponible veinticuatro horas al día, siete días a la semana. El paraíso para cualquier gestor obsesionado con la eficiencia.

Pero ¿Qué es exactamente un profesor? ¿Alguien que transmite información o alguien que contribuye a formar una persona? ¿Se puede enseñar sin estar verdaderamente presente? ¿Y puede haber educación allí donde nadie se encuentra realmente con nadie?

Llegamos de nuevo al mal común: gestión rápida de información, alta eficiencia, rendimiento y resultados mensurables. ¿En qué nos estamos convirtiendo? Sabemos cuánto tarda un alumno en resolver un problema, cuántas palabras lee por minuto, tenemos indicadores y magníficas aplicaciones para comprobar si nuestros hijos progresan adecuadamente.

Tenemos todo supuestamente bajo control pero los problemas en el ámbito educativo son enormes y van en aumento.

La educación nunca ha consistido únicamente en introducir conocimientos en una cabeza, exige algo más que instrucción, requiere el cultivo de la inteligencia, la voluntad, la virtud y la libertad.

El hombre no se hace a sí mismo. No se construye en la soledad de una conciencia autosuficiente. Nacemos radicalmente necesitados y es en el rostro de quienes nos reciben, nos cuidan, nos educan y nos aman donde comenzamos a descubrir la Verdad y el asombro por la vida.

No llegamos a ser nosotros mismos prescindiendo de los demás, sino precisamente a través de ellos.

Podemos tratar el mundo como un conjunto de objetos disponibles para nuestro uso, pero la persona no puede ser reducida a esa categoría sería aniquilarla por completo. Un profesor no es una herramienta que satisface mis necesidades, ni una fuente de respuestas que puedo consultar cuando me convenga. Es una persona cuya existencia me interpela y me reclama y, muchas veces, me obliga a salir de mí mismo.

Una máquina puede simular un diálogo, pero no comparece ante nosotros como una persona que comparte nuestra condición humana.

Una máquina puede explicar extraordinariamente bien las ecuaciones de segundo grado, enseñarte latín o acompañar el estudio de un alumno con dificultades. Naturalmente, esto no significa que tales herramientas carezcan de utilidad. Puede incluso hacerlo mejor que bastantes profesores. Pero explicar no es lo mismo que educar, como mirar no equivale necesariamente a ver.

Pensemos por un momento en los profesores que recordamos de nuestra infancia. Curiosamente, no suelen permanecer en nuestra memoria por la cantidad de información que consiguieron introducirnos en la cabeza. Recordamos al profesor carismático, al que alentó nuestra capacidad donde nosotros solo veíamos torpeza, al que nos castigó por nuestro bien, al que nos exigió más de lo que creíamos poder dar. Recordamos incluso a aquellos que nos resultaban insoportables porque continuamente tiraban de nosotros.

El buen profesor no es un dispensador de respuestas, sino alguien que coopera en la maduración de una persona que todavía está aprendiendo a gobernarse.

¿Puede un algoritmo hacerlo? Puede proponer ejercicios, establecer rutinas y señalar errores. Pero ¿puede ser testimonio vivo de aquello que enseña?  ¿Puede enseñar la paciencia quien jamás ha tenido que dominar su irritación? ¿Puede mostrar el valor del perdón quien nunca ha necesitado perdonar?

La educación también sucede por contagio, por admiración y por ejemplo. Aprendemos observando cómo viven aquellos a quienes reconocemos cierta autoridad. Y su imperfección, lejos de invalidarlos, son parte de la enseñanza. Un profesor que reconoce un error delante de sus alumnos les ofrece una lección de humildad que jamás olvidarán.

Deberíamos preocuparnos menos por «fabricar profesores perfectos» y más por conservar profesores verdaderamente humanos.

En 1909, E. M. Forster publicó «La máquina se para», una inquietante narración sobre una humanidad que vive aislada bajo tierra, atendida por un gigantesco sistema tecnológico que satisface todas sus necesidades. Sus habitantes apenas tienen contacto físico, se comunican mediante pantallas y han terminado considerando «la Máquina» como una realidad imprescindible y casi sagrada. Lo terrible de aquella sociedad es que las personas han perdido progresivamente la necesidad de encontrarse.

La novela resulta hoy demasiado familiar.

El mundo se ha vuelto extraordinariamente accesible, mientras nuestra experiencia del prójimo corre el riesgo de empobrecerse.

Y ahora estamos a punto de dar otro paso todavía más inhumano: conservar la apariencia del otro prescindiendo de su presencia.

No creo que sea casual que cuanto más sofisticadas se vuelven nuestras tecnologías para reproducir el rostro humano, más prescindible parece considerarse el rostro verdadero.

¿Qué sucede con nuestra humanidad cuando sustituimos progresivamente esa presencia por representaciones que no necesitan nada de nosotros?

Porque también nosotros nos educamos al descubrir que el mundo no está organizado exclusivamente para satisfacernos. Claro, es mucho más incómodo aceptar que el otro tiene voluntad propia, necesidades, límites y misterios, que no siempre está disponible, que a veces se equivoca o se enfada.

El encuentro humano requiere aceptar y abrazar esa resistencia, pues en el otro reside siempre la posibilidad de un bien. Y una de las grandes tentaciones tecnológicas consiste precisamente en eliminarla.

Una inteligencia artificial suficientemente complaciente puede convertirse en el compañero ideal de una persona y corre el duro riesgo de encerrarla todavía más en mí misma.

¿Estamos educando personas capaces de convivir con otros o meros consumidores?

Desde la educación católica no debemos de olvidar que somos la religión de la Encarnación, no de la simulación. Dios se hizo hombre y habitó entre nosotros. Su vida no separó jamás la verdad del encuentro personal.

Por eso, cuando pensamos en nuestros grandes profesores, ¡los verdaderos máquinas!, no pensamos en contenidos académicos, sino en que su existencia de algún modo iluminó la nuestra. Nos enseñaron a crecer y a mirar el mundo de otra manera.

 ¿Qué estamos dispuestos a sacrificar por la IA?

¿Queremos una educación que sólo transmita conocimientos o una educación que ayude a descubrir el significado de ser hombre?

Un profesor de carne y hueso, con sus entusiasmos y sus cansancios, sus aciertos y sus errores, que conoce el nombre de sus alumnos y que sabe que detrás de cada pupitre hay una historia irrepetible, es insustituible. Pues es alguien que no se limita a enseñar una asignatura, sino que participa, con toda la delicadeza y responsabilidad que ello exige, en la formación de una libertad con nombre y apellido.

Si para llegar a ser plenamente humanos necesitamos encontrarnos con otros seres humanos, ¿qué será de nosotros cuando hayamos conseguido que ya no nos hagan falta nadie?

El gran peligro no es que las máquinas terminen pareciéndose demasiado a nosotros, es más peligroso que nosotros acabemos conformándonos con parecernos demasiado a ellas. Porque entonces habremos conseguido una enseñanza extraordinariamente eficiente, con respuestas inmediatas, contenidos ilimitados y profesores disponibles a cualquier hora. Pero nos faltará saber a quién estamos educando. Y para qué.

¿Te ha gustado el artículo?

Ayúdanos con 1€ para seguir haciendo noticias como esta

Donar 1€
NOTICIAS RELACIONADAS

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Rellena este campo
Rellena este campo
Por favor, introduce una dirección de correo electrónico válida.

El periodo de verificación de reCAPTCHA ha caducado. Por favor, recarga la página.