Vivir sin hacerse preguntas

Libertades

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Vivimos rodeados de respuestas, pero cada vez nos hacemos menos preguntas.

Preguntarse si estamos viviendo bien, si aquello que defendemos es verdadero, si nuestras decisiones son realmente libres o si estamos educando a nuestros hijos para que sean hombres y mujeres de criterio puede complicarnos considerablemente la existencia.

Mucho más cómodo resulta consultar la respuesta, asentir con cierta dignidad y continuar con nuestras ocupaciones.

Hemos conseguido algo muy incongruente como es vivir en la época con mayor acceso al conocimiento de la historia y desarrollar, simultáneamente, una notable resistencia al pensamiento. Tenemos respuestas para casi todo, explicaciones para cualquier acontecimiento y opiniones listas para ser consumidas, compartidas y olvidadas.

Lo que empieza a escasear es la disposición a preguntarnos si las cosas son realmente como nos las cuentan.

El hombre que deja de preguntarse por la verdad termina, tarde o temprano, aceptando la verdad que otros han preparado para él.

Nuestra sociedad, tan orgullosa de haber conquistado la autonomía individual, muestra una gran docilidad ante las corrientes dominantes. Desconfiamos de la tradición por considerarla una imposición del pasado, pero aceptamos sin demasiados reparos las imposiciones del presente.

Sospechamos de la autoridad de nuestros padres, de nuestros maestros y, por supuesto, de la Iglesia, mientras entregamos nuestro juicio a un algoritmo que ni siquiera sabemos quién ha programado.

Nos han intentado enseñar a desconfiar de la fe católica para terminar abrazando ideologías mucho menos razonadas, aunque adornadas con tecnología de última generación.

Hemos confundido la libertad de pensamiento con la posibilidad de elegir entre un catálogo de opiniones previamente confeccionadas.

No debemos tener miedo a las grandes preguntas. Al contrario, buena parte de su extraordinaria riqueza nace precisamente de haberlas formulado con radicalidad.

Hay una diferencia importante entre dudar para buscar la verdad y dudar por sistema para no comprometerse jamás con ella.

No todas las respuestas son equivalentes, ni todas las opiniones merecen idéntico crédito, ni la apertura mental consiste en dejar permanentemente las ventanas abiertas para que entre cualquier disparate.

Preguntar exige estar dispuesto a encontrar una respuesta y, lo que resulta todavía más comprometido, a vivir conforme a ella. Por eso hemos sustituido las grandes cuestiones por una infinidad de pequeñas consultas.

Sabemos resolver innumerables problemas prácticos, pero nos sentimos cada vez más desarmados ante el problema esencial de nuestra existencia: qué hacer con la vida que se nos ha dado.

La inteligencia artificial promete liberarnos de buena parte del esfuerzo de buscar respuestas. Pero si terminamos delegando también la capacidad de formular preguntas, habremos cedido nuestra conciencia crítica, nuestra interioridad y, en cierta medida, nuestra libertad.

Educar, por tanto, no es fabricar niños capaces de responder correctamente a los exámenes. Más bien es formar personas capaces de distinguir lo verdadero de lo verosímil, el bien de lo conveniente y la libertad del simple capricho.

Resulta significativo que Cristo, que conocía el corazón humano mejor que nadie, recurriera tantas veces a las preguntas. «¿Quién decís que soy yo?», preguntó a sus discípulos. «¿Qué quieres que haga por ti?», dijo al ciego. «¿Me amas?», insistió ante Pedro. Eran preguntas destinadas a despertar una respuesta personal que comprometiera la vida entera.

Estas son la clase de preguntas que necesitamos recuperar. Las que no pueden resolverse con una búsqueda rápida y las que, una vez formuladas, nos impiden seguir viviendo exactamente igual.

Porque, a fin de cuentas, ¿cuántas de las cosas que pensamos, deseamos y defendemos son verdaderamente nuestras y cuántas las hemos aceptado sin atrevernos siquiera a preguntar por qué?

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