El amor, el mayor asertivo

“¡Sé asertivo!”, “¡No te dejes tomar el pelo!”, “¡Sé tú!”. Nos lo gritan con altas voces gentes que proliferan como hongos a nuestro alrededor, ahora que estamos en la era del egotismo, y con él, el egoísmo (Vid. en ForumLibertas mi artículo “La mejor historia”, entre otros). Parece como si debiéramos atiborrarnos de placer de todo tipo y color, como si todo girara en torno nuestro, como si nosotros fuéramos y debiéramos ser, porque nos lo merecemos, el centro del Universo. No es extraño, así, que el amor sea el gran ignorado de nuestra época, en que solo cuenta que cada uno tire por su lado, independientemente del bien o mal que pueda hacer a los demás y a las cosas. Porque –dicen- el primero al que debemos amar es a nosotros mismos. Y eso es así, porque, en realidad, el amor es hoy el mayor incomprendido. Por eso estamos –ya- atragantados de tanto glotonear.

Entonces, ¿no debo ser asertivo?, ¿es malo comer? ¡Es bueno, pero depende de qué y cómo y cuándo comas! Porque, desde esta perspectiva objetiva, debemos reconocer que tienen razón en que debemos ser asertivos. Aclaremos que el ser asertivo es, en realidad, simple y llanamente, tratar a nuestro prójimo como a nosotros mismos para entendernos, y así alcanzar juntos una vida más feliz y plena. Jesús María Silva Castignani tiene un  delicioso libro clarividentemente titulado Te amarás a ti mismo como Dios te ama (Ed.Palabra. Madrid. 2020). Y de eso se trata precisamente. Porque da la clave de lo que es la auténtica autoestima, que es amarse a uno mismo, sí, pero por delante está el amor a Dios, que es el que nos señala hacia el amor al prójimo. Y no el “¡sé asertivo!” que nos grita el mundo, totalmente enfocado a hacer lo que nos plazca y jugar con el otro.

¿Tengo, pues, que dejarme crucificar? Pues sí, si llega el caso. Pero eso no significa que debamos ser tontos. Una de las primeras premisas del tema que nos ocupa, el amor humano, es que sea equilibrado, y con ello, justo; pero no tiene por qué ser correspondido, aun siendo lo deseable. Lo explica muy bien C. Terry Warner en su extraordinario libro Ataduras que liberan (Ed. Palabra. Madrid. 2016). El amor dado con abnegación voluntaria puede llegar a ser una victimización portada con toda la dignidad del mundo… y con ella, merecedora del cielo. El camino que Dios nos señala a todos sus seres queridos es que llevemos, con abnegación, la cruz que Él nos manda, sin buscarla especialmente (sería fácil caer en la autocomplacencia), únicamente de acuerdo con la propia vocación y como podemos, porque Dios no nos pide imposibles. San Juan Pablo II hablaba de una “vocación a la cruz”, un eco del título del libro de santa Edith Stein, Ciencia de la Cruz, (Ed. Monte Carmelo. Burgos. 2000). Es importante señalar que la mejor victimización es cumplir la voluntad de Dios en cada momento, con las cosas ordinarias, las de cada día, día a día.

Lo resume bien san Josemaría en Camino: “¿Resignación?… ¿Conformidad?… ¡Querer la voluntad de Dios!” (Camino, n. 757. Ed. Rialp. Madrid). En eso está el juego. Porque debemos enfocar nuestra vida de modo que juguemos con deportividad, superándonos a nosotros mismos, independientemente de si superamos a los demás o no, cumpliendo fielmente la voluntad de Dios, que debe ser la nuestra. Deportividad, sin hacer trampas. Recordando que tenemos unos derechos, sí, pero también unos deberes, unas obligaciones. Unos y otras, como los tienen los demás. Y es por eso que a ellos, derechos y deberes, debemos atenernos. Para entregarnos a los demás.

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De ahí es de donde sale la auténtica asertividad, tratando de poner salsa y sentido del humor a nuestra lucha, para que sea agradable a nuestro paladar y al de nuestro prójimo, pero, ante todo y después de todo, a Dios. Por tanto, sin jugar con el prójimo, sino con las circunstancias. Y no olvidar jamás que el hacer trampas va contra nosotros, contra nuestro prójimo y contra nuestro Padre Dios. Porque la vida es, sí, visto así, un juego, pero un juego muy serio e importante. Tanto, que dependerá de cómo juguemos para que nos ganemos o no la felicidad eterna del Cielo. Entonces, podemos concluir que el amor dado por amor es imagen del Amor, que es Dios. Y ése es el que Él nos pide, no el que nos venga en gana.

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